domingo, 23 de agosto de 2026

Conectadas

<<La mayoría de las gestas se convierten en leyendas, pero en esta ocasión ocurrió justo al revés>>. 


Por ello, este cuento se lo dedico a mis compañeros del Certamen "Santoña... La mar". 

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Mar era una joven abogada madrileña de treinta y tres años, que soñaba cada noche con visitar la mar. Había visto más de mil veces aquella masa de agua azul cobalto en las películas y en los documentales, pero nunca había tenido la oportunidad de viajar y disfrutar en persona de su belleza e inmensidad.

    De pequeña, no entendía por qué su padre, un viejo lobo de mar, había dejado esa vida para adentrarse en la península, cambiando los cabos y los nudos marineros por el oficio de pescadero en un pequeño mercado de San Blas.

 ¡Laro, guárdame una Lubina para el martes, que viene mi hijo a comer y el tuyo es el mejor pescado de la ciudad! —Le pidió una clienta habitual, mientras cruzaba el mercado como una exhalación, de punta a punta.

¡Dalo por hecho, Ana! ¡Aquí la tendrás!

— Papá…

— Dime, anchoita mía.

— ¿Por qué dejaste de ser marinero? —Preguntaba la pequeña, Mar, a sus cinco añitos de edad, mientras observaba trabajar a su padre detrás del mostrador.

— Porque la mar te da tanto como te quita, vida mía —respondió con la mirada perdida y los ojos llenos de lágrimas.

— ¿Y por qué nunca me has llevado a ver el mar?

— La mar, pues es una mujer de armas tomar.

— Pues eso, la mar.

— Porque no. Y punto.

— Pero yo quiero verla.

— ¡Te he dicho que no! ¡Prométeme que nunca te acercarás a una costa mientras yo viva!

— ¿Por qué? —Preguntó la pequeña, asustada y confundida, mientras su padre la zarandeaba por los hombros con toda la delicadeza que su miedo le permitía.

— ¡Prométemelo! —Laro no quería hacerla daño, pero aquel miedo que Mar vio en sus ojos fue motivo suficiente para no contradecir a su padre y cumplir su promesa durante todos esos años.

— Lo prometo.

 

    De repente, un fuerte olor inundó las fosas nasales de Mar, devolviéndola al presente y al autobús en el que viajaba desde Santander. Había tardado menos de cinco minutos en hacer el trasbordo desde el tren al nuevo medio de transporte, por lo que no tuvo tiempo de pasear por la ciudad y disfrutar de aquella inmensidad.

    Aunque... ahora, las marismas le daban la bienvenida con su peculiar mezcla de humedad, fango, azufre y sal. Incluso los residentes debían lidiar con aquel aroma, de cuando en cuando, pues por muchos años que pasasen, el olfato nunca se terminaba acostumbrando.

— ¿La primera vez en Santoña? —Preguntó una mujer de pelo canoso y gafas con montura dorada, al ver la cara de asco que ponía su compañera de asiento, mientras cerraba la ventanilla.

— Si. Bueno..., mis padres eran de aquí, al igual que yo, pero cuando tenía unos meses nos mudamos a Madrid y no recuerdo nada de esto.

— Entonces, vuelves a casa. ¡Bienvenida!

— Gracias. ¿Siempre huele así? —Quiso saber Mar, mientras hacía malabares con el sándwich que se había comido en la estación para no vomitar.

— No, es que el tiempo anda revuelto y las marismas no se quedan atrás.

— ¡Qué bonito es!

— Sí, el pueblo es una maravilla. Nuestro pequeño paraíso en la tierra.

— Me refería al mar —respondió la joven con la mirada perdida y los ojos humedecidos.

— ¿No lo habías visto nunca?

No —e hizo una pausa antes de preguntar—. ¿Queda muy lejos la plaza del pueblo?

— Aquí queda todo cerca, hijo. En total tiene unos once kilómetros cuadrados, pero muy bien aprovechados.

— Ya, es más grande que mi barrio.

— ¿Ves el Buciero? Pues tira recto y encontrarás la plaza. Aquí nos guiamos más o menos así. Entre el monte, la playa de San Martín y Berria, no tiene pérdida. (Y sí, dijo hijo, pues allí tienen por costumbre no hacer diferencias de género en ese sentido).

— Gracias, otra vez.

— ¿Te quedarás mucho en el pueblo?

— No, solo unos días.

— ¿No tienes familia por aquí?

— Que yo sepa... no. ¿Por?

— No sé, tu cara me resulta familiar.

— Mi padre era marinero y se llamaba Laro. Trabajó mucho tiempo en un barco llamado Marina. Quizá le conociese.

— Pues ahora no caigo, pero le preguntaré a mi marido por si recuerda algo. También es marinero y él tiene mejor memoria que yo.

    El autobús se detuvo en la parada y Mar se despidió de la mujer —y su inmensa curiosidad—, rumbo al hostal que había en la plaza. Las calles estaban abarrotadas de gente, pues el carnaval era todo un acontecimiento turístico y a él acudían personas de todo el continente. El carnaval del norte, lo apodaban, o eso leyó nuestra protagonista en uno de esos programas de fiestas que habían dejado en un escritorio junto a su cama, en la habitación. 

     Al parecer, aquella noche se representarían el Juicio en el fondo del mar y el Entierro del Besugo, pero hasta ese momento podría visitar el lugar, comer en algún restaurante, e incluso pasearse en barco hasta el famoso Faro del Caballo; del que tanto hablar había escuchado. Por ello, se dio una ducha rápida, se cambió de ropa y fue directamente hasta la playa de San Martín, donde el olor a sal la dejó petrificada.

    Ni siquiera estaba viendo el mar abierto, aún —pues, para eso, tendría que haber ido caminando hasta el Fuerte de San Carlos y darse un buen paseo—, pero... al observar la Bahía... su corazón dio un vuelvo y sus pies se quedaron anclados al suelo. 

    Llevaba en una mano la carta arrugada de su padre, en la que, antes de morir, explicaba por qué había huido de aquel lugar tiempo atrás y la había prohibido acercarse al mar. ¿Acaso estaba delirando en sus últimos momentos? Que fuese adoptada y la hubiesen encontrado en alta mar, no quería decir que fuese una sirena o un ser mitológico, como afirmaba su padre. 

    <<La mar te da tanto como te quita, vida mía>>. Recordó las palabras que su padre siempre decía y sus ojos volvieron a empañarse. ¿A qué venía tanto misterio? Quizá sus verdaderos padres habían muerto en un accidente marítimo antes de que Laro la encontrase en aquella boya, a la deriva, y salvase su vida. Eso tenía más sentido que el hecho de ser una criatura sacada de un libro de leyendas marineras. Pero, entonces… ¿por qué no la dejaban acercarse al mar?

    En esos momentos comenzó a llover como si el cielo se hubiese partido por la mitad. Las gotas de lluvia se fundieron con las lágrimas que resbalaban por las mejillas de Mar, y fue, en ese preciso instante, cuando la joven se percató de que sus ropas estaban totalmente empapadas. ¿De dónde habían salido esas nubes? Ya le habían dicho que en Cantabria el tiempo era bastante caprichoso, a la par que cambiante, pero nunca se imaginó la rapidez con la que aquella tormenta la sorprendió esa tarde. 

    Corrió hacia el hotel, y tras llegar y cerrar la puerta de su habitación, el sol volvió a brillar.

— ¿En serio? —Se quejó, poniendo los ojos en blanco.

    No era la primera vez que le ocurría algo parecido. Sus amigos se reían de ella y le reprochaban siempre que hacía mal tiempo, pues pensaban que ella lo controlaba. 


— Toma, te he traído un regalo, a ver si así mañana estás contenta y no me cae una tromba de agua, que he quedado con mis primos para hacer una barbacoa en casa —le dijo en una ocasión un amigo, cuando fue a visitarla.


    Más tarde, y aprovechando que el sol brillaba con más intensidad que cuando se había bajado del autobús, decidió caminar por el paseo e ir hasta el mirador para hacerse la típica foto que todo turista se lleva de recuerdo. El restaurante del segundo piso estaba abarrotado, y había varios niños jugando por los aledaños. Incluso un hombre pescaba sentado en su banqueta, mientras el atardecer llenaba el cielo de colores rosas y violetas.

— ¿Mar? —Preguntó un hombre de pelo canoso y ojos castaños. Tendría unos setenta años y las manos llenas de callos.

— Sí. ¿Me conoce? —Respondió extrañada.

— Verás, no me recordarás, pero creo que a mi mujer sí —y señaló a una señora que esperaba a los pies del mirador y que Mar reconoció enseguida, como su compañera de autobús.

— Ah, sí. ¿En qué puedo ayudarle?

— Mi mujer me ha dicho quién eres y por eso hemos venido a buscarte. Yo conocí a tu padre y él me pidió, hace muchos años, que el día en que muriese te relevase toda la verdad acerca de quién eres.

— ¿Perdone? ¿Cómo sabe…?

— Porque estás aquí. Por eso lo sé. Jamás hubieses regresado si él siguiese con vida —Mar no podía creérselo.

— ¿Qué sabe exactamente?

— ¿Te apetece un café? —Y le hizo un gesto a su mujer para que se marchase a casa.

— ¿Cómo? —El hombre miró al cielo, que comenzaba a llenarse de nubarrones, justo antes que un trueno retumbase en el horizonte.

— Creo que será mejor ponernos bajo techo. Tiene pinta de que se acerca un temporal —Mar miró a su alrededor y vio cómo la gente que los rodeaba salía corriendo en busca de refugio—. Sí, será lo mejor. Además, creo que necesito sentarme, porque me tiemblan las rodillas.

    Caminaron hasta un pequeño bar de pescadores que estaba cerca del mirador. Estaba lleno de hombres barbudos, con sonrisas apagadas y sal en las miradas. Parecía que Mar desentonaba en aquel lugar con su vestido de lino color hueso y sus sandalias atadas a la pantorrilla al estilo romano. Llevaba el pelo castaño suelto hasta la cintura y ondulado, pero con unos mechones recogidos con un pasador. Sus ojos azules contemplaron aquellas caras que la observaban con curiosidad, mientras avanzaba hacia una mesa apartada en un rincón junto a la barra.

— ¿Qué vais a tomar, Bertu? —Quiso saber el camarero desde la barra.

— A mí me pones un orujo de café. ¿Tú qué quieres?

— Que traiga la botella y dos vasos, creo que voy a necesitar un lingotazo.

— ¿Has oído?

— Ya va —y tras dejar lo que habían pedido en la mesa, el camarero regresó a su lugar.

— Bueno, ya estamos a resguardo. ¿Qué puede contarme de mi padre?

    Bertu se llenó el vaso y se lo bebió de un trago, después volvió a llenarlo y lo sostuvo entre las manos antes de comenzar su relato.

— Si mi mujer se entera de que estoy bebiendo, me dará un puntapié. Verás, conocí a tu padre cuando entró de mozo de cubierta en el "Marina", el primer barco en el que nos enrolamos. Solíamos pescar bonito y bocarte, aunque no le hacíamos ascos a lo que se nos cruzase por delante. De algo teníamos que vivir —bebió un sorbo y Mar se sirvió un vaso, que dejó sobre la mesa reposando.

— Ese es el barco del que me habló mi padre.

— Es el único en el que estuvo, que yo recuerde. Con los años fuimos ascendiendo y haciéndonos amigos, casi familia. Ya sabes cómo somos los viejos lobos de mar. Tuvimos que lidiar con muchas tormentas y temporales de todo tipo, incluso hubo en más de una ocasión en la que estuvimos a punto de naufragar y acabar en el fondo del mar; pero tu padre era un gran marinero y siempre nos sacaba de todas las travesías ilesos. El capitán le tuvo como segundo al mando antes que a mí, que era un poco vago, lo reconozco.

— Mi padre era muy trabajador y siempre lo fue.

— Un día, hará unos treinta años, aproximadamente, estábamos navegando como siempre a la caza del bocarte. Ese año estaba siendo duro y tuvimos que adentrarnos más en el mar. Quien no arriesga no gana, ya sabes. De repente, y de la nada, nos sorprendió un temporal como no había visto en mi vida. Olas de nueve metros, lluvias torrenciales y truenos demenciales. Pensábamos que el barco se iba a pique —volvió a levantar el codo y vació el vaso que tenía entre las manos. Mar se lo llenó de nuevo sin rechistar y aguardó a que el hombre continuase con la historia, antes de perder el conocimiento y caer a plomo sobre la mesa del bar.

— ¿Fue el día en que me encontraron?

— Así es —y esta vez fue Mar la que bebió un trago de aquel licor oscuro que se deslizó por su garganta con gran dificultad, pues no estaba acostumbrada.

— De repente, tu padre vio algo. Había un bulto sobre una de las boyas que teníamos más próximas al barco. Cogió los prismáticos y te juro que se quedó blanco como la espuma.


— ¡Es un bebé! —Gritó a todo pulmón—. ¡Vira el barco!

— ¿Estás loco? ¿Cómo va a haber un bebé en medio de esta tormenta? ¡Si viramos estaremos a merced de las olas! ¿Quieres matarnos?

— ¡Es un bebé! ¡Míralo tú mismo! —y cogí los prismáticos para comprobar que estaba en lo cierto. Tú estabas llorando, agarrada a la boya, mientras la mar intentaba engullirte en un arrebato.

— ¡Vira el barco! —Dije, y tras mucho esfuerzo, sudor y lágrimas, te rescatamos. Cuando te subimos estabas temblando, pero en los brazos de Laro te calmaste y dejaste de llorar al instante. Lo miraste con esos ojillos azules que tenías y le robaste el alma de golpe.

— La adoptaré —dijo mi amigo, totalmente convencido.

— Tendrás que dar parte a las autoridades.

— Lo haré, pero si no tiene nadie que la reclame, me la quedaré. Sabes que mi mujer y yo llevamos muchos años intentando tener una familia y no hemos tenido suerte. El mar, no solo me ha dado una forma de ganarme la vida, sino que también me ha dado a una hija.

— No te encariñes mucho con ella por si acaso. Sabes que la mar nos da igual que nos quita. Esa niña debe tener parientes. Quizá sus padres saliesen a navegar, les pilló la tormenta... y solo tuvieron tiempo de ponerla a salvo en esa boya de ahí.

— No sé cómo explicarlo, pero creo que ha nacido del agua y por ello la llamaré Mar.

— ¿Es una sirena? ¿Y dónde están sus escamas y su cola de pescado? Amigo, estás delirando.

— No, no es una sirena, es la Diosa del mar —sus ojos no podían apartarse de los de la pequeña, que ahora sonreía de oreja a oreja; pues la tormenta había desaparecido y el sol había salido en su lugar.


— ¿La Diosa del mar? Mi padre hubiese valido para escritor, no solo para marinero —se rió Mar con pensar.

— Cuando escuches el resto de la historia, descubrirás que no todo era un cuento de hadas.

— ¿Por qué tuvimos que irnos de aquí?

— A eso mismo iba. ¿Alguna vez te has parado a pensar por qué el tiempo cambia tan rápido cuando tú estás cerca?

— ¿Disculpe?

— Si estás triste comienza una tormenta, pero si estás alegre luce el sol. ¿No te habías dado cuenta?

— La verdad es que sí, mis amigos dicen que me van a contratar como la mujer del tiempo, porque parece que mis estados de ánimo están atados al clima, o algo así. Pero es simple casualidad.

— La casualidad no existe, pequeña. Los marineros lo llamamos superstición.

— Quizá sea muy empática y sea mi estado de ánimo el que se adapta al clima, y no al revés. Como es lógico.

— Te contaré por qué os fuisteis de aquí y serás tú quien saque sus propias conclusiones —hizo una pausa, bebió otro sorbo de orujo y continuó con la historia, pues comenzaba a ponerse cada vez más interesante—. Desde que llegamos a tierra y los servicios sociales te apartaron de Laro, el clima cambió. Una tormenta se cernió sobre esta tierra y los barcos permanecieron anclados en el puerto durante más de un mes entero. Nadie se aventuraba a salir con aquel aguacero.

— Pero eso suele pasar.

— Sí, pero fue muy curioso que la tormenta cesara en el preciso momento en que tú regresaste a Santoña. Cuando tus padres lograron la adopción y apareciste en esta tierra, volvió a salir el sol.

— Casualidad.

— ¿Qué he dicho antes?

— Que las casualidades no existen.

— Así es. En los sucesivos días la gente volvió al mar, a la rutina. Los pescadores en el agua, las rederas en la tierra y las sobadoras de anchoas en las conserveras. Todo regresó a la normalidad, hasta que... tu padre pisó de nuevo el mar.

— ¿Por qué?

— No soportabas que se alejase de ti. Cada vez que salía de casa para ir a trabajar, llorabas sin parar y comenzaba un diluvio que no cesaba hasta que él regresaba. Cada lágrima tuya era un día menos que faenar.

— No lo entiendo.

— Eso nos pasó a todos los del pueblo, pero un día llegó una mujer muy hermosa y nos dio que pensar. Iba descalza, con la vela de un barco puesta sobre su cuerpo, como si fuese una túnica romana. Llevaba el pelo suelto y rizado, como el tuyo, pero el suyo era de un rubio claro, como la arena de la playa. Entró por esta misma puerta y se puso delante nuestra. Tu padre y yo estábamos tomando unos chatos, mientras intentábamos encontrar sentido a lo que estaba pasando. La mujer nos miró y dijo una frase, que jamás olvidaré.

— Devuélveme a mi hija o todos los aquí presentes sufrirán mi ira—. Acto seguido se giró y se marchó sin mirar atrás.

— ¿Y qué hicisteis? —Preguntó la joven, vaciando su vaso de un trago.

— Salimos corriendo detrás de ella, pero al cruzar el umbral había desaparecido. Eso sí, una ola de más de seis metros entró por la bahía y bañó medio pueblo con su espuma. Acabamos empapados.

— ¿Una ola de seis metros?

— Como te lo cuento.

— ¿Volvió a suceder algo parecido?

— Jamás, porque tu padre hizo las maletas y se marchó a Madrid contigo.

¿Y mi madre?

— Tu madre te tenía tanto miedo, después de aquello, que acabó ingresada en un sanatorio.

— ¿Se volvió loca?

— Eso creían los médicos. Decía que su hija era un monstruo y que acabaría con todo el pueblo si la dejaban. Por eso los del juzgado de menores le dieron la custodia a tu padre.

— No me lo puedo creer. ¿Cómo sabe usted todo esto?

— Porque seguí en contacto con tu padre durante todo este tiempo. Acordamos que él te mantendría alejada de este lugar hasta que muriese, por nuestra propia seguridad y por la tuya. Cuando eso ocurriese, si el de ahí arriba no me había llamado a filas a mí antes, te contaría la verdad si se daba la oportunidad.

— ¿Y qué fue de mi madre?

— Rehízo su vida. Tras salir del sanatorio en el que estuvo un par de años ingresada, se casó con un médico y se mudó al sur. Es lo único que sé de ella.

— Y nunca me buscó.

— Estaba asustada. Vio lo que eras capaz de hacer, nos avisó, y ninguno la hicimos caso; hasta que esa ola nos abrió los ojos de un plumazo.

— ¿Y quién soy yo?

— Tu padre te lo dijo en su carta.

— ¿Eso también lo sabes?

— ¿Quién crees que lo ayudó a redactarla?

— ¿Volvisteis a ver a esa mujer?

— Una vez, junto al Fuerte de San Carlos. Estaba paseando como hago cada mañana y la vi en lo alto del fuerte. Me miró, sonrió, y acto seguido se lanzó al mar.

— ¿Y no avisaste a nadie?

— No dejó ni rastro. Eso sí, de eso hará justo unas semanas. El mismo día en que murió tu padre.

— No puede ser cierto —Mar no daba crédito a lo que estaba escuchando.

— Ha vuelto a buscarte —la joven se echó a llorar y un trueno retumbó en el local—. Por favor, no llores, o al final inundarás todo el pueblo.

— No puedes contarme todo eso y esperar que me quede impasible.

— No, pero al menos sosiégate. Naciste del mar, por lo que tu poder es mucho más fuerte junto a él. Es a la conclusión que llegamos tu padre y yo durante estos años. En Madrid no tenías tanta fuerza como aquí.

— ¿Y ahora qué hago?

— Quizá debas darte un paseo por el fuerte y esperar a que tu verdadera madre acuda a resolver todas tus dudas.

— Estáis todos locos.

— Si piensas eso realmente… ¿para qué has venido?

— Para obtener respuestas cuerdas, no burdas leyendas marineras —Bertu apuró su vaso y se levantó de la silla—. No puedo hacer que me creas, pero sí puedes verlo por ti misma. Ve mañana a la puesta de sol al Fuerte de San Carlos, o incluso al Faro del Caballo o el del Pescador. Da igual, pero acércate al mar lo suficiente para que ella pueda encontrarte, y acudirá.

— ¿Y qué pasa con la playa? ¿No sería más sencillo bajar a ese lugar?

— ¿Has visto cómo está Santoña con el carnaval? Con tanta gente alrededor no se presentará. Busca una zona apartada y ella te encontrará.

    Mar pasó la noche dando vueltas sin parar y pensando en el mejor lugar al que acudir a esa llamada. Tanto el Fuerte de San Carlos como el Faro del Caballo debían de estar a rebosar de turistas, pero había un pequeño faro al que, según había escuchado, no solía ir tanta gente a visitarlo. El Faro del pescador llevaba años cerrado, pues ya no se utilizaba tanto como antes, pero se conservaba bastante bien. Había que darse un paseo hasta el Dueso, pasando por la playa de Berria, para poder acceder a él.

    Cuando a la mañana siguiente Mar se encaminó hacia aquel lugar, tuvo que atravesar medio pueblo, las Marismas, e incluso el camping atestado de veraneantes. Al llegar al cementerio, junto a la playa de Berria, se detuvo un instante a pensar en su padre. Quizá le gustase que sus cenizas acabasen junto al mar, del que tuvo que huir por su propia seguridad.

    Siguió caminando y ascendió por el Buciero, pasando por el Penal del Dueso hasta llegar al camino que bordea el monte y llega hasta el faro. Una hora después se encontraba a las puertas de la edificación. Se había tomado su tiempo para llegar hasta la atalaya, haciendo fotos y disfrutando del paisaje con total solemnidad. Incluso se había cruzado en el camino con un par de turistas y unos chicos montados en bicicleta, pero poco más. Ahora se encontraba ella sola, en la punta del islote, contemplando desde lejos el mar.

— Al fin estás en casa —dijo una voz a sus espaldas. Mar se giró y pudo ver a la mujer que había descrito Bertu en su relato. Una hermosa joven de cabellos claros y rizados, con una túnica hecha con la vela de un desvencijado barco. ¿No había envejecido nada? ¿Cómo era eso posible?

— ¿Quién eres tú?

— ¿Acaso no lo sabes? ¿No sientes que estamos conectadas por la sal que recorre nuestra sangre?

— ¿Perdona? No entiendo nada. Creo que me he unido a la locura colectiva.

— Mar, soy tu madre.

— Mi madre —repitió la joven con la mirada perdida.

— Hace treinta años que te arrebataron de mi lado y por fin te he encontrado.

— ¿Cómo es posible? ¿Somos sirenas?

— No —rió aquella mujer—. Somos diosas del mar.

— La mar, mi padre siempre decía que la mar era una mujer de armas tomar.

— El mar es diferente para cada persona. Algunos viven de él y otros para él. Los hombres suelen verla como una mujer con gran temperamento, capaz de darles sustento y arrebatarles la vida en un momento. Nosotras lo vemos como nuestro hogar, pues nos dio el color de nuestra piel gracias a los granos de la arena, el color de nuestros ojos gracias a las masas de agua y el plancton bioluminiscente. Y nuestros cabellos... son tan dispares como los diferentes corales. ¿Por qué te cambiaste tu color de nacimiento? El rojo te quedaba muy bien.

—  Mi padre decía que así destacaba menos y que me quedaba mejor; aunque empiezo a pensar que solo lo decía para que me mantuviese oculta, por si algún día venías a buscarme.

— Yo no puedo vivir en tierra firme, pero tú sí.

¿Yo? ¿Por qué?

— Porque yo soy la diosa de las mareas y tú la de las tormentas. Por eso tus emociones están ligadas al clima. Juntas tenemos una función, que es mantener el equilibrio de la vida marina. Los pescadores arrasan con todo lo que encuentran en el mar, ya sean peces, corales o las ofrendas que los marineros dejan en el fondo del mar, cuando su barco se hunde y su alma cruza al más allá.

— ¿Y por qué le arrebatamos la vida a los marineros? Eso no está bien.

— Como digo, debe haber un equilibrio. Ellos lo saben, y cuando el mar pone en una balanza lo perdido y lo ganado, se cobra otra pieza si no sale a cuentas. Así ha sido siempre y así será.

— La mar te da igual que te quita. Eso era lo que decía siempre mi padre.

— Por eso te alejó de mí, donde yo no pudiera seguirte.

— ¿Y por qué has vuelto?

— Porque sabía que se acercaba el día en que tú regresarías.

— ¿Cómo podías saberlo?

— Estamos conectadas. Las dos formamos parte de la misma moneda, dos caras enfrentadas que se complementan. Tu fuerza procede del mar, de absorber sus aguas y crear tempestades. La mía procede del cielo, pues las mareas se guían, en parte, gracias al influjo de la luna.

— Sigo sin creerme nada de lo que está pasando.

— ¿Quieres que te lo demuestre? —De repente, aquella mujer alzó las manos y el agua de la playa se retiró de golpe. La gente que estaba en la playa se asustó y comenzó a huir hacia los coches, pensando que un tsunami se cerniría sobre ellos en cualquier momento. Pero no sucedió lo que pensaban, pues el agua recuperó su posición original sin barrer la playa.

— ¿Cómo has hecho eso? —Preguntó Mar con los ojos abiertos como platos.

— ¿Cómo manejas tú el clima? Es igual. Lo hacemos sin pensar porque estamos unidas al mar.

— ¿Y ahora qué hago? ¿Qué será de mi? —Quiso saber la joven, que no salía de su asombro.

— Regresa conmigo al agua y todo volverá a ser como siempre debió ser.

— ¿Y arrebatarle la vida a la gente?

— A todos nos llega la hora, tarde o temprano.

— ¿A nosotras también?

— Sí. Algún día el mundo llegará a su fin y con él nosotras también pereceremos. Cuando la tierra surgió, el planeta se llenó de fuego y piedra, pero con el tiempo el agua lo relegó a las profundidades de la Tierra y nosotras surgimos gracias a eso.

— ¿Tan antiguas somos?

— Sí.

— ¿Y por qué no lo recuerdo?

— Llevas demasiado tiempo lejos del mar. En cuanto roces sus aguas, tus recuerdos regresarán.

    Mar estaba perpleja. Demasiada información que gestionar. Primero, la muerte de su padre y aquella misteriosa carta que el albacea de la familia le había entregado durante la lectura del testamento. Después, el viaje hacia el norte de España para descifrar la verdad. Y... ahora, todo su mundo se desmoronaba de la noche a la mañana.

    Si aquella vieja leyenda marinera era cierta, ¿qué otras historias también lo serían? ¿El Conde Drácula? ¿Frankenstein? Sabía que todos aquellos relatos habían surgido de pequeños fragmentos de la historia, entremezclados y adornados con mucha fantasía e imaginación. Pero… ¿y si solo había sido para despistar? ¿Y si todo había acontecido de verdad?

— Me duele la cabeza —se quejó Mar, llevándose las manos a las sienes.

— Acompáñame y el agua aliviará tu dolor.

— Yo…

— No tengas miedo. Has venido a por respuestas. ¿Qué te puede pasar por bañarte en sus aguas?

— Eso es cierto. Es solo agua con sal. ¿Verdad?

    La mujer misteriosa se deslizó por encima del muro bajo de piedra, que bordeaba la carretera, y Mar la siguió de cerca. Descendieron por la pendiente de la montaña con cuidado de no resbalarse y, al llegar al borde del acantilado, ambas se cogieron de las manos.

— ¿Confías en mí? —Preguntó aquella mujer con una sonrisa dibujada en los labios. Y, a pesar de saber que estaba a punto de cometer la mayor locura de su vida, Mar asintió, cerró los ojos y saltó.

    Al caer al agua sintió como si millones de agujas se clavasen en su piel, pues aquella masa de agua estaba helada. Sintió que se ahogaba, pues al precipitarse desde el acantilado había soltado la mano de su acompañante para taparse la nariz y evitar así que le entrase demasiada agua. ¡Estaba sola en medio del océano y aterrada!

    Pero entonces sintió que le faltaba el aire y, al intentar ascender a la superficie, recordó que no sabía nadar. ¿Cómo iba a salir de allí si nadie la había enseñado jamás? Siempre había tenido prohibido acercarse al agua, exceptuando la de la ducha de su casa. ¿Por qué había saltado? ¿Por qué se había dejado arrastrar hasta el fondo del mar?

    Entonces sintió que el aire se escapaba de sus pulmones y que un dolor intenso le recorría todo el cuello. Al llevarse las manos a la garganta, descubrió que le habían salido unas branquias y que podía respirar debajo del agua.

    Mientras caía hacia el fondo del mar, vio la silueta de la mujer misteriosa acercarse nadando desde las profundidades, con una sonrisa en los labios y los ojos tan brillantes como el plancton bioluminiscente.

— Y ahora me crees? —Mar recibió una sacudida. Eran los recuerdos que creía perdidos. Recordó de golpe todos los siglos que había vivido, las veces que había muerto y había renacido. ¿Y por qué? Porque cada vez que le arrebataba la vida a un marinero, ella dejaba su cuerpo como ofrenda en el lecho marino. Poco tiempo después volvía a renacer y, por ello, cada vez que el mar se cobraba la vida de un marinero, los sucesivos días permanecía el tiempo en calma, a modo de despedida, porque su diosa había dejado esta vida.

— Cuando te encontró ese pescador acababas de renacer unos años antes, aún no habías permanecido el tiempo suficiente bajo el agua para recuperar los recuerdos de tus otras vidas —le dijo la diosa de las mareas.

— ¿Eres mi madre, de verdad?

— Soy tu madre, soy tu hermana, soy tu amiga y tu otra mitad. Todos formamos parte de la misma energía que gobierna la vida y la realidad; e incluso en la muerte seguimos conectadas, pues fluimos juntas por toda la eternidad.


    <<Y hasta aquí llega este relato, pues por mi condición humana no se me permitió saber nada más. Solo espero que mi amiga haya aceptado quién era realmente y que esté feliz en su nuevo hogar. Mar, gracias por todos esos años en los que me diste tu amistad. Espero que algún día, cuando visite aquella hermosa tierra, nos podamos volver a encontrar>>.

 

FIN

 

domingo, 5 de julio de 2026

La maldición de las brujas. Capítulo 3

 

Alanna quedó deslumbrada por la magnífica propiedad de los hombres lobo. Aquella enorme mansión de tres pisos y cinco alturas, recordaba a la famosa casa de Pemberly, utilizada en la filmación de "Orgullo y Prejuicio". El lago frente a la casa, en cambio, era de forma circular y tenía una gran fuente justo en el centro. En él se podían ver decenas de carpas koi con diferentes colores y tamaños.

El olor de los pinos y robles, que rodeaban la propiedad, aportaba un aroma único al mezclarse con las diversas flores que crecían a las orillas del lago. Fresias, lilas, rosas y azucenas, sin olvidarnos de las peonias, tulipanes y madreselvas.

Alanna disfrutaba de aquel paisaje, pero al acercarse a la entrada de la mansión, de repente, sintió un peso invisible caer sobre sus hombros. Como si cientos de manos intentasen detener su avance, hacer que se alejase de aquel territorio. Le costaba dar un paso detrás de otro y, por ello, comenzó a sudar y a jadear.

¿Estás bien? —William la miró con preocupación, pues se había dado cuenta del cambio acontecido en la joven—. No te preocupes, no te harán daño. Espera aquí y yo hablaré con ellos antes. Si prefieres quedarte en el coche…

No es eso, es que me pasa algo extraño. Es como si algo me impidiese avanzar. Creo que las brujas que os echaron la maldición no quieren que yo me entrometa en sus asuntos.

¿Me lo dices en serio? Si no quieres hacerlo, no me enfadaré, puedes darte media vuelta y regresar a tu casa. Te has portado muy bien conmigo al acompañarme hasta aquí, y no puedo obligarte a nada.

¡No se trata de miedo! —Se apresuró a decir la joven —. Es algo sobrenatural. ¿Comprendes? Quiero entrar en tu casa, pero hay algo que me lo impide.

Creo que tengo la solución perfecta.

Se acercó a una de las estatuas con forma de lobo que había junto a la escalera del porche, metió la mano en la boca del animal, y sacó una llave de hierro bastante antigua. Acto seguido fue hasta Alanna, la cargó en brazos y, tras abrir la puerta con cuidado, cruzó el umbral con ella a cuestas, como si fuesen un matrimonio recién casado. El ama de llaves —que pasaba por allí— se topó con aquella escena y puso el grito en el cielo. Comenzó a llamar a todo el mundo, gritando a los cuatro vientos que el joven amo se había casado. ¿Un malentendido al ver aquella escena? Seguramente, pero la mujer no atendía a razones.

No es mi… —intentó decir William varias veces, pero aquella mujer menuda y bonachona se había lanzado a sus brazos y no tuvo tiempo de bajar a Alanna al suelo, que no daba crédito, por haber quedado atrapada en medio de aquella escena tan disparatada.

¡Qué delgado estás! ¿Tu mujer no te alimenta bien? ¡Señores, el hijo pródigo a vuelto a casa! ¡Y casado! —Gritaba la mujer sin parar.

Que no estamos casados, Marga —pero aquella mujer no lo escuchaba.

Poco después aparecieron en el hall de entrada los padres de William, y este, al ver que el ama de llaves le dejaba espacio, dejó que la bruja volviese a tocar suelo con los pies. Ella estaba colorada, como un tomate, por lo que agachó la cabeza e hizo una leve reverencia.

¡Hijo! ¡Has vuelto! —Y su madre se acercó para abrazarlo tan efusivamente, como había hecho antes que ella el ama de llaves. La mujer tenía el pelo rubio, recogido en un moño alto, y su figura quedaba estilizada gracias al traje a rayas grises que llevaba puesto. Aquel traje, compuesto por una falda y una chaqueta a juego, combinaba a la perfección con sus ojos, tan extraños como cautivadores.

Sí, he vuelto. Os he echado mucho de menos.

¿Y a qué has venido ahora? Después de tanto tiempo. Te perdiste el entierro de tu hermano —recriminó el padre, que no se había movido ni un ápice desde que había hecho su aparición en escena.

Lo sé, pero no quería hacer daño a nadie más. ¿Por qué no me dijisteis que era verdad? ¿Que no se trataba de un simple cuento para niños?

Lo hicimos muchas veces, cariño, pero tu hermano y tú nunca nos creísteis —la madre le acarició la mejilla y después reparó en la presencia de la muchacha que lo acompañaba.

¿Quién es? ¿Tu esposa?

No, es… una amiga que ha venido a ayudarnos.

¿Ayudarnos cómo? Tu hermano está muerto —añadió el padre con semblante serio. Tenía el pelo canoso y ondulado. Los ojos de un azul oscuro tan profundo como el mar y un porte elegante y distinguido, que lo convertía en un digno líder de la manada. Fuerte y poderoso.

¿Te crees que no lo sé? ¡Lo maté yo! Por eso huí, porque no quería haceros lo mismo a vosotros. ¡No podía controlarlo!

¿Y por qué vienes ahora? ¿Acaso ya lo controlas?

Un poco, he aprendido a vivir con ello. Y no es la primera vez que regreso a casa desde que murió mi hermano. Hace un tiempo estuve a punto de cruzar este mismo umbral, pero os escuché hablar de la maldición a través de la ventana del despacho y, por miedo a perder el control, nuevamente, salí huyendo.

¿Y por qué ahora? Repito. ¿Por qué después de tantos años has regresado a casa? Y con esas pintas —insistió el padre, mirándolo de arriba abajo con desaprovación.

He permanecido todo este tiempo en mi forma lobuna, hasta que anoche caí en manos de esta joven, que me curó y ayudó sin conocerme. Ahí fue cuando descubrí que era bruja y que podía ayudarnos a librarnos de la maldición. Le pedí que me acompañase, y aquí estamos.

¿Estás loco? ¿Una bruja en casa? ¡Ni hablar! ¡Sácala de aquí si no quieres que le meta un tiro entre ceja y ceja! —El padre intentó amedrentarlo, pero no pudo.

¡Para! ¡No seas así! La maldición lleva muchas generaciones en nuestra familia, demasiadas. ¿No es hora de acabar con ella?

¿Y crees que no lo hemos intentado antes? ¡Ninguna bruja ha querido inmiscuirse y ayudarnos! ¿Por qué ella sí? ¿Qué le has prometido a cambio?

¡Nada! Ella es buena, solo quiere ayudar.

¡Mentira! ¡Las brujas siempre quieren algo a cambio!

Eso no es cierto. Tú, mejor que nadie, deberías saber que las apariencias engañan. ¿Quién podría decir que los licántropos son reales y que viven entre nosotros?

¡Y todos son unos asesinos!

¡Parad ya! Cariño, nuestro hijo, tu heredero, ha regresado a casa. La muerte de Oliver fue un accidente, no puedes echarle la culpa por eso —gritó la madre, que se debatía entre los dos hombres de su vida en aquel preciso momento.

¿Y a quién culpo? —Y las lágrimas inundaron sus ojos, mientras caía de rodillas al suelo y se cubría con las manos el rostro.

A la bruja que los maldijo y a la persona a la que iba dirigida en un primer momento la maldición. Pues las brujas no maldicen sin un motivo —y fue lo primero que se atrevió a decir Alanna desde la aparición de los señores de la casa.

¿Y por qué nos debemos fiar de una bruja? ¿De ti? —Preguntó aquel hombre, con rabia en la mirada.

Porque si una bruja los maldijo, solo puede liberarlos otra. O al menos intentarlo. Para eso estoy aquí. Quiero ayudarles. No soy mala gente, con el tiempo se darán cuenta de ello. No pido que confíen en mí sin motivo, de primeras, pero al menos conozcámonos y después ya decidirán ustedes si soy digna de confianza o no.

Dale una oportunidad, papá. ¿Tenemos otra opción?

La madre de William se arrodilló junto a su marido, levantó su rostro y besó sus mejillas húmedas. El hombre la miró compasivo, a la par que agotado. No podía más y se rindió ante el dulce tacto de su mujer.

Está bien, pero no quiero verla, ni hablar con ella. La casa es grande, intenta que no nos crucemos.

Así se hará. Aunque, si queremos acabar con la maldición, primero debemos saber todo lo que podamos acerca de cómo y por qué se lanzó —añadió el joven, que intentaba no romperse en aquellos momentos, demostrando la mayor entereza del mundo ante su padre y su líder.

Yo os ayudaré en lo que pueda —la madre de William se levantó del suelo y dio un paso al frente, demostrando valor y serenidad.

¿Tú? Me sorprende.

¿Que vaya a tratar con una bruja? Pues sí, pero por culpa de mis antepasados estamos en esta situación. No quiero volver a perder a uno de mis hijos, ni a mi marido.

¿Tus antepasados? Pensaba que eran los de mi padre.

No, la maldición recayó sobre una antepasada mía, creo que fue mi tatarabuela.

¿Y por qué solo afecta a los hombres?

Será mejor que descanséis hoy, estaréis cansados del viaje. Mañana os llevaré a la sección prohibida de la biblioteca y os mostraré todos los datos que tenemos sobre el tema.

¿La que está bajo llave?

La misma. Instalaros en tu antiguo cuarto. Y en la cena nos conoceremos un poco mejor. ¿Os parece bien? Disculpa la desastrosa bienvenida… ¿Cuál es tu nombre?

Alanna. Y si no es mucha molestia, mis animales esperan en el coche desde hace un rato y estarán un poco agobiados.

¿Animales? —Preguntó el padre de William.

Sí, una galga y una rana.

¡Qué raras sois las brujas! Lo del perro no está mal, nosotros solíamos tenerlos para cuidar de la propiedad, pero la rana… —Añadió el señor de la casa.

¿Esperaba varios gatos y que llegase en escoba? Lo siento, pero no soy una bruja convencional.

Eso parece —aquel hombre había comenzado a relajarse con la visita de la joven, tras ver que su mujer se mostraba atenta con la invitada. Quizá la pesadilla acabase de una vez por todas, gracias a Alanna.

Padre, en cuanto a lo de las habitaciones…

No hay problema, es tu vida, no me interesa opinar al respecto —y acto seguido se dio media vuelta y se marchó, dejando a su hijo y a las tres mujeres solas en la entrada.

Los animales dejadlos en vuestro cuarto, por favor. No quiero ver a una rana perdida saltando en mi cuarto de baño. ¿Y por qué vienes con esas pinta, hijo? —Se quejó la madre.

Se presentó desnudo en mi casa, por la transformación, y no tenía nada que prestarle que le pudiese valer a parte de mi túnica ceremonial. Es muy grande.

Sí, mi chico es todo un hombre ya. ¡Margarita, prepara un banquete! ¡Nuestro hijo ha regresado! —y tras decir eso, la mujer se marchó tras su marido, mientras Margarita se dirigía a la cocina y los dos jóvenes volvían al coche para sacar de allí a los animales y el equipaje.

Por cierto, eso de compartir habitación… Siguen pensando que estamos casados —preguntó Alanna con cierto reparo.

Bueno, en la cena lo aclararemos, tranquila. Prometo portarme bien si hemos de dormir juntos.

¿Juntos? ¿En una casa tan grande no tenéis habitación de invitados?

Sí, pero creo que a tus animales les gustará más mi habitación. Ya verás por qué. Es una corazonada.

Y vaya si tenía razón. La habitación de William estaba en el último piso y tenía una terraza tan grande que abarcaba casi por completo toda la planta, a excepción de la hermosa habitación cristalizada, de enormes ventanales, repleta de libros, una gran cama y un diván. Había también un escritorio con un viejo ordenador y mucho material deportivo repartido por cada rincón.

En la terraza había varios sillones, una mesa de café, muchas plantas y enredaderas, incluso una pequeña piscina olímpica.

Cuando los animales vieron aquel lugar, se lanzaron directos a la piscina. La rana estaba en su salsa, aunque la galga le iba a la zaga.

— ¡Chicas, no! ¡Salid de ahí! Disculpa, por favor

— No seas tonta, deja que disfruten. Al fin y al cabo yo también soy un lobo que adora nadar —y William se echó a reír, mientras que Alanna no sabía cómo reaccionar a su comentario—. Deja que disfruten, tú y yo tenemos que hablar. Pero antes, querrás refrescarte un poco. Ahí, junto al escritorio está el baño y al otro lado está el vestidor. Puedes guardar tus cosas ahí de momento, hasta que te adjudiquen un nuevo cuarto o me vaya yo a otro lado, pues me da pena arrebatarle la piscina a esas dos pequeñas fieras —. Y señaló a los dos animales que estaban disfrutando con sus juegos acuáticos.


Continuará...

miércoles, 14 de enero de 2026

La maldición de las brujas. Capítulo 2

— ¿Estás segura de que no tienes nada más que pueda usar? —Preguntó el licántropo, tras ver en el espejo su reflejo.

 Lo siento. Sé que no es mucho, pero es lo único que te vale —respondió la bruja, al comprobar que la túnica ceremonial que le había prestado al joven William, el licántropo, le quedaba algo corta y estrecha —. Eres muy corpulento.

 Gracias de todas formas. Prefiero ir así vestido que presentarme en casa de mis padres desnudo y con una bruja a mi lado.

 No te olvides de Shadow y Apple.

 ¿Quiénes?

 Mis espíritus familiares. No pretenderás que las deje abandonadas a su suerte —y Alanna miró en dirección a la galga y a la rana, que siempre la acompañaban.

 Está bien, nos iremos todos de excursión hasta mi casa. Solo espero que a mi madre no le de un ataque de histeria al ver a esa pequeña cosa verde que lleva la perra a cuestas.

 ¿No le gustan las ranas?

 No es eso, pero digamos que mi hermano y yo tuvimos una iguana de pequeños en casa y a mi madre casi le dio un ataque cuando la vio por primera vez. De hecho, fue la excusa perfecta para que no entrase nunca en nuestra habitación. Éramos adolescentes y nuestra intimidad era sagrada.

 Ya veo. ¿Queda muy lejos tu casa?

 A unos cuantos kilómetros de aquí. Por cierto. ¿Tienes coche?

 Sí, un pequeño escarabajo de color rojo que me compré hace no mucho. Aún lo estoy pagando, así que nada de arañarme la tapicería, lobito.

 Tranquila brujita, que me he limado las uñas hace poco —y ambos se echaron a reír.

El escarabajo era rojo, como Alanna había dicho, pero además tenía un fénix dibujado en el capó y un dragón azul dibujado en el maletero que a William le llamó la atención.

 ¿Por qué tan llamativo? ¿Qué representan para ti estos animales?

 El fénix es mi animal de poder, me acompaña y me cuida. Es como Shadow y Apple, solo que trabaja desde mi interior.

 ¿Y qué hay del dragón? ¿Por qué ese color precisamente?

 No lo sé, desde pequeña llevo soñando con un dragón azul cada noche y no sé lo que significa. El fénix, mi animal de poder, y el dragón se unen en un círculo sin final, como un Uróboros, o la pescadilla que se muerde la cola. El caso es que, una vez que se crea ese vínculo, los dos se ponen a girar sin parar, como si danzaran, hasta que comienzan a emitir una luz tan potente que me acaba despertando de madrugada. Siempre a la misma hora, las tres de la mañana. Ni mi madre ni mi abuela supieron encontrarle sentido al sueño. Teorizaban sobre la magia draconiana, pero jamás logré despertar a mi dragón interior. Logré verlo una vez y era de ese color, azul, igual que en mis sueños, pero nada más.

 Curioso, así que un fénix y un dragón cohabitan en tu interior.  

 Eso parece. ¿Por qué lo preguntaste?

 ¿El qué?

 El color del dragón.

 Verás, ese dragón me recuerda mucho al escudo de mi familia.

 ¿Perdona?

 ¿Qué? ¿Pensaste que al ser licántropos tendríamos un lobo de imagen familiar? Demasiado obvio.

 No, pero…

 Pues sí, también tenemos un lobo en el escudo, pero se agregó tras sufrir la maldición. Al principio nuestro escudo estaba formado por un dragón azul escupe hielo, sobre un castillo y con una corona con una estrella en la cabeza. Después se añadió el lobo a los pies del castillo, aullándole a la luna y al dragón, por el tema de… ya sabes.

 Qué curioso.

 ¿El qué?

 Ahora que lo dices, hace unas noches el sueño que suelo tener cambió.

 ¿Cómo?

 No estoy segura, pero en medio de esa luz brillante que siempre veo al acabar y me despierta, pude descubrir que provenía de la luna llena. ¿Estaremos conectados de algún modo?

 Si no viviese en un mundo donde las criaturas de los cuentos son reales, te diría que no, pero… habiendo experimentado en mi propia piel la transformación en lobo, ya me creo cualquier cosa. Siempre pensé que la leyenda de mi familia era una invención para asustarnos a mi hermano y a mí de pequeños, pero ya he podido comprobar que es muy real.

 Pongámonos en marcha cuanto antes, tengo la sensación de que hallaremos las respuestas a todo esto tras conocer más a tu familia.

Y pusieron rumbo al norte, a la guarida de los licántropos. ¿Aceptarían la ayuda de una bruja? ¿Tendrían prejuicios por culpa de la maldición? Era algo muy probable, pero a la vez entendible. ¿Correrían peligro? Seguramente, pero no podían ignorar las señales. Algo había unido a la bruja con el licántropo, un lazo mágico, y si querían entender a qué se debía, tendrían que tirar de él hasta llegar al otro extremo.

 ¿Crees que aceptaran mi ayuda o se lanzaran a mi yugular nada más verme? —Preguntó Alanna algo temerosa.

 Puedes estar tranquila, yo te protegeré.

 ¿Por qué no me cuentas algo más de tu familia?

 Pues… A ver. Mi padre se llama William, al igual que yo. Pertenece a la nobleza húngara y, además, es un gran empresario.

 ¿Es un noble? ¿Lo eres tú también?

 Podría decirse que sí. Antiguamente eso significaba mucho más que ahora, pero bueno. Mi madre se casó con él interés, le gusta mucho el lujo y pasa grandes temporadas visitando París, Londres, y demás puntos clave de la moda. Se gasta el dinero de mi padre y eso a él le hace feliz. Le gusta mucho trabajar y, mientras que ella esté contenta, no se inmiscuye en sus asuntos.

 Ya veo.

 Mi hermana…

 ¿Tienes una hermana?

 Bueno, en realidad era la mujer de mi difunto hermano. Es un hada.

 ¿Un hada? ¿En serio? ¿En una familia de licántropos?

 Sí, mis padres no suelen tener problemas con otras criaturas, siempre y cuando no sean brujas.

 Ya, vamos a tener un problema con eso.

 Yo me encargaré de todo, tú espérame en la entrada y te avisaré cuando puedas entrar sin peligro.

 Me parece justo.

 Pues… Rita, el hada, la última vez que hablé con ella manejaba una protectora de animales y buscaba un hogar a los perros y gatos abandonados. La verdad es que es un cielo y siempre se ha portado muy bien conmigo. Al menos cuando estaba vivo mi hermano. Ahora… No lo sé.

 Al menos me hago una idea de con quién trato.

 Y ahora te toca a ti contarme algo acerca de tu vida. ¿No crees?

 Supongo… Pues me llamo Alanna, soy una bruja buena y suelo vivir apartada del mundo, pues me gusta poco tratar con gente. Disfruto más de la compañía de mis espíritus familiares y de los libros. Escribo de forma ocasional, bajo un seudónimo, y me gusta elaborar recetas de postres y guisos. Poco más.

 ¿Qué hay de tu familia? ¿Y de los animales que te acompañan?

 Shadow es mi abuela y Apple es mi hermana gemela. Bueno, son sus reencarnaciones. De ahí que sean mis espíritus familiares. Me cuidan y eso.

 ¿Tenías una gemela?

 Sí, nació muerta.

 Lo siento. ¿Y qué hay de tus padres?

 Están bien, pero viven en la ciudad. Nos vemos poco, como ya te he dicho, no salgo mucho.

 Pensaba que estabas sola en el mundo.

 No es eso, pero disfruto de la paz que me da el bosque. Tras morir mi abuela, dejé la gran ciudad y me trasladé a su cabaña. Al principio solo se trataba de una temporada, para catalogar las cosas y venderlas más tarde, pero me enamoré de esta vida y decidí dar el paso hacia un cambio radical.

 Ya veo. La verdad es que es un sitio muy acogedor.

 Gracias.

 ¿Estás lista? Ya estamos llegando —dijo George tras olfatear el ambiente —. Gira por ese camino y continúa hasta llegar a una verja de hierro.  

El camino de tierra se adentraba en otro bosque, parecido al que rodeaba la cabaña de Alanna, pero mucho más denso. Y unos metros más tarde, tras dejar la carretera principal, se alzaba una impresionante verja de hierro de dos metros y medio de altura —color azabache —, con una puerta en la que estaba forjado el famoso escudo familiar. La casa aún ni se vislumbraba. ¿Tan grande era la propiedad?

Continuará…

viernes, 31 de octubre de 2025

La maldición de las brujas. Capítulo 1

En un pequeño rincón del norte de España, en la noche más mágica del año, una joven bruja vestida de negro —de pies a cabeza —, intentaba hacerse una tortilla para cenar en la vieja y abollada sartén, que —habiendo sido heredada, hará ya más de una década —, parecía estar gritando a los cuatro vientos el final de los buenos tiempos.

La joven, llamada Alanna, echó una fugaz mirada a sus dos inseparables compañeras; aquellas que siempre cuidaban de ella. La primera era una galga negra de ojos pardos y mirada penetrante, la mejor amiga de las brujas, según su abuela — y quizá por ese motivo, la anciana se reencarnó en ella—. Y la segunda, pero no menos importante, era una pequeña ranita de color verde manzana, que —si las cartas del tarot habían sido lo suficientemente claras —, contenía el alma de su hermana gemela —nacida unos segundos antes que Alanna —, pero muerta.

El viento soplaba con fuerza y amenazaba con tormenta a la pequeña cabaña en las montañas donde vivían la joven bruja y sus dos espíritus familiares. Las velas del porche no aguantarían mucho más encendidas —aunque estuviesen resguardadas en el interior de las calabazas —por lo que debería meterlas dentro de casa hasta que arreciase la tormenta, para alimentar a las almas en pena que vagaban por el mundo de los vivos en esas fechas.

La noche de Halloween, o Samhain —pues ambas se celebran al mismo tiempo —, se considera la más mágica del año, pues el velo que separa nuestro mundo del espiritual se vuelve más fino y a los espíritus les cuesta menos energía cruzar al otro lado para contactarnos.

No es raro que sientas la presencia de algún fantasma que te resulte familiar o que la gente se vuelva loca de atar. Total, el velo lo cruzan tanto espíritus de luz como de oscuridad. De ahí que las velas se enciendan en los hogares para servir de guía a los espíritus familiares, al igual que la luz de los faros alumbraba el camino a los barcos extraviados.

De pronto se escuchó un leve aullido y Alanna pensó que sería cosa de la televisión, pues la galga estaba viendo una película —de serie B —en la que la versión japonesa de Terminator acababa con un grupo de samuráis tuertos. No seré yo quien critique los gustos tan raros del pobre animal.

La bruja se relajó, pero al volver a escuchar aquel aullido —y comprobar que provenía de una arboleda cercana —, retiró la sartén del fuego y salió a echar un vistazo al porche. Tanto la galga, Shadow, como la rana, Apple —que iba a lomos del estilizado animal —, escoltaron a la bruja en medio de la oscuridad, pero, de pronto…

— ¿Qué ocurre Shadow? —Pues el animal se había puesto en guardia, alzando las orejas y tensando cada músculo de su estilizado cuerpo.  

La perra mostró los dientes y, con la mirada fija en la arboleda, comenzó a gruñir con todas sus fuerzas. Entonces Alanna se percató de las dos luces amarillas que destacaban en medio de la oscuridad. Un rayo iluminó la escena y la joven, gracias a su fulgor, se topó con un imponente lobo gris que la acechaba tras un arbusto cercano.

En un primer momento Alanna se asustó, pero después ordenó a Shadow que permaneciese en el porche, junto a Apple, y ella se encaminó hacia el bosque con paso seguro, pero lento. Ambos animales obedecieron y… —hablando de manzanas. ¿Sabíais que se usaban en la antigüedad para crear círculos mágicos, entre otras cosas, por la forma de estrella de cinco puntas que tiene su corazón? —, quedando a unos pocos metros del lobo, la bruja se detuvo, pues el animal estaba mostrando los dientes en señal de aviso.

El lobo intentó retroceder en lugar de atacar, pero como tenía una pata herida y estaba encajonado entre el arbusto y un gran árbol, su huida se vio interrumpida al chocar con el tronco y caer de costado.

 No huyas, no te haré daño —dijo Alanna con una dulce sonrisa —. Si me dejas acercarme, podré ayudarte y curar tu herida.

Shadow gruñó desde la distancia, aunque no se movió, jamás incumpliría una orden de su protegida. El animal salvaje mostró nuevamente los dientes, pero Alanna retomó el paso hasta quedar a pocos centímetros del lobo.

 No te haré daño, te lo prometo —e hincó las rodillas en el suelo, puso las manos en la tierra e hizo una reverencia.

El lobo salió de su escondite y, poco a poco, se acercó a olfatear a la bruja. Ella no se movió ni un ápice. Unos minutos después, el animal estaba tumbado en la alfombra junto a la chimenea, en la casa de Alanna, y con Shadow y Apple observando cada uno de sus movimientos desde la distancia.

     Tranquilas chicas, no nos hará daño —dijo para calmar los ánimos, aunque sus dos espíritus familiares no se separaban de ella ni un instante.

La joven se arrodilló junto al lobo y éste puso su inmensa cabeza sobre las rodillas de la muchacha, que, con mucha delicadeza, limpió la herida y vendó la pata para que no se infectara.

Justo al acabar —y tras ponerle un cuenco con carne y un poco de agua —, recogió el material utilizado para los primeros auxilios y se perdió por la cocina. Pero, al volver al salón, descubrió a un hombre de ojos color miel y un musculoso cuerpo, que parecía haber sido esculpido en mármol por los mismísimos dioses del Olimpo, tapando sus partes pudendas con un cojín de flores frente a su chimenea.

    — Gracias por la ayuda —dijo aquel hombre, que tenía el brazo mal vendado, pues al cambiar de forma el vendaje se le había soltado.

     ¿Eres el lobo? Así noté algo extraño al tocarte.

     Sí, era yo. Siento haberte asustado, y si he sido algo brusco, pero llevo mucho tiempo sin hablar con un humano.

    — ¿Por qué? Espera, te colocaré mejor la venda —e hizo un gesto para que se sentara junto a ella en el sofá, a la par que le pasaba una manta que sacó de un armario para cubrirse.

º     Porque el ser humano destruye todo lo que toca, por eso. Hace años tuve un accidente y maté a mi hermano. Fue la primera noche que me transformé en lobo, me ocurrió sin más mientras iba conduciendo y no supe gestionarlo. Perdí el control por un momento. Por ello desaparecí del mapa, acepté mi parte lobuna y dejé la humanidad atrás para vivir en los bosques. Hasta hoy.

     Fue un accidente. ¿Ningún miembro de tu familia te habló de la licantropía antes de eso?

     No directamente. Hará unos años intenté regresar a casa, pero tenía miedo de las represalias, así que… mientras estaba a punto de regresar a mi forma humana, escuché una conversación a través de una de las ventanas del despacho, que se encontraba entreabierta.

     No tienes que contármelo si no quieres.

    — Quiero. Me has ayudado y creo que te debo una explicación. Verás, según escuché: lo que me sucede es debido a una maldición que arrastra mi familia desde hace siglos. Cada cien años, uno de los varones de mi linaje se convierte en licántropo y acaba con todos sus seres queridos, en la primera luna llena tras su transformación.

    — Pero lo tuyo fue un accidente y, aunque suene fuerte decirlo, no acabaste con todos tus seres queridos, solo con tu hermano.

     Comencé a transformarme en lobo en el coche y perdí el control. Sí, fue un accidente, pero si no hubiese sido por la maldición, mi hermano seguiría vivo. Y si no hubiese sido porque me alejé de mi familia, ahora estarían todos muertos.

     Lo siento mucho.

    — Gracias. ¿Podrías ayudarme?

     ¿Cómo?

     Quitándome la maldición.

     No es tan sencillo. Las maldiciones suelen ser casi imposibles de borrar, a menos que las quiten las propias brujas que las crearon. Si al menos tuviéramos constancia de cómo se llevó a cabo la maldición original, podría crear un contrahechizo o aprovecharme de la letra pequeña del contrato.

     ¿La letra pequeña? ¿Qué contrato?

     Sí, no puedes quitar una maldición como tal sin la bruja que la originó, pero puedes añadir algo a tu favor. Como las hadas de la película “La bella durmiente”, que no pudieron evitar que Aurora se pinchase en el dedo y cayese en coma, pero sí crearon la forma de hacer que se despertase del sueño con un beso de amor. Cursi pero efectivo.

     No soy mucho de ver películas de Disney.

     Pues tu vida daría para una saga entera de películas con ellos.

    — Visto así… Entonces no puedes ayudarme. ¿No?

     No he dicho eso. Te ayudaré, en la medida de lo posible, pero necesitaré más datos acerca de la maldición que afecta a tu familia.

     Pues solo hay una manera de saber más acerca del tema, y es que el hijo pródigo regrese a casa de una vez. ¿Me acompañarías? —Y tendió la mano hacia la bruja, esperando que ella quisiera embarcarse con él en aquella misteriosa aventura.

¿Lograrían vencer a la maldición? ¿Podría luchar aquel joven lobo contra sus instintos asesinos? Lo veremos en el próximo capítulo.

Continuará…


P.D. Mi comunidad me pidió, en esta ocasión, que escribiese un cuento en el que incluyese: Una galga negra y misteriosa (amiga de las brujas), una sartén vieja y abollada, una bruja, una rana y un robot samurái (made in USA).