<<La mayoría de las gestas se convierten en leyendas, pero en esta ocasión ocurrió justo al revés>>.
Por ello, este cuento se lo dedico a mis compañeros del Certamen "Santoña... La mar".
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Mar era una joven abogada madrileña de treinta y tres años, que soñaba cada noche con visitar la mar. Había visto más de mil veces aquella masa de agua azul cobalto en las películas y en los documentales, pero nunca había tenido la oportunidad de viajar y disfrutar en persona de su belleza e inmensidad.
De pequeña, no entendía por qué su padre, un viejo lobo de mar, había dejado esa vida para adentrarse en la península, cambiando los cabos y los nudos marineros por el oficio de pescadero en un pequeño mercado de San Blas.
—¡Laro, guárdame una Lubina para el martes, que viene mi hijo a comer y el tuyo es el mejor pescado de la ciudad! —Le pidió una clienta habitual, mientras cruzaba el mercado como una exhalación, de punta a punta.
—¡Dalo por hecho, Ana! ¡Aquí la tendrás!
— Papá…
— Dime, anchoita mía.
— ¿Por qué dejaste de ser marinero? —Preguntaba la pequeña, Mar, a sus cinco añitos de edad, mientras observaba trabajar a su padre detrás del mostrador.
— Porque la mar te da tanto como te quita, vida mía —respondió con la mirada perdida y los ojos llenos de lágrimas.
— ¿Y por qué nunca me has llevado a ver el mar?
— La mar, pues es una mujer de armas tomar.
— Pues eso, la mar.
— Porque no. Y punto.
— Pero yo quiero verla.
— ¡Te he dicho que no! ¡Prométeme que nunca te acercarás a una costa mientras yo viva!
— ¿Por qué? —Preguntó la pequeña, asustada y confundida, mientras su padre la zarandeaba por los hombros con toda la delicadeza que su miedo le permitía.
— ¡Prométemelo! —Laro no quería hacerla daño, pero aquel miedo que Mar vio en sus ojos fue motivo suficiente para no contradecir a su padre y cumplir su promesa durante todos esos años.
— Lo prometo.
De repente, un fuerte olor inundó las fosas nasales de Mar, devolviéndola al presente y al autobús en el que viajaba desde Santander. Había tardado menos de cinco minutos en hacer el trasbordo desde el tren al nuevo medio de transporte, por lo que no tuvo tiempo de pasear por la ciudad y disfrutar de aquella inmensidad.
Aunque... ahora, las marismas le daban la bienvenida con su peculiar mezcla de humedad, fango, azufre y sal. Incluso los residentes debían lidiar con aquel aroma, de cuando en cuando, pues por muchos años que pasasen, el olfato nunca se terminaba acostumbrando.
— ¿La primera vez en Santoña? —Preguntó una mujer de pelo canoso y gafas con montura dorada, al ver la cara de asco que ponía su compañera de asiento, mientras cerraba la ventanilla.
— Si. Bueno..., mis padres eran de aquí, al igual que yo, pero cuando tenía unos meses nos mudamos a Madrid y no recuerdo nada de esto.
— Entonces, vuelves a casa. ¡Bienvenida!
— Gracias. ¿Siempre huele así? —Quiso saber Mar, mientras hacía malabares con el sándwich que se había comido en la estación para no vomitar.
— No, es que el tiempo anda revuelto y las marismas no se quedan atrás.
— ¡Qué bonito es!
— Sí, el pueblo es una maravilla. Nuestro pequeño paraíso en la tierra.
— Me refería al mar —respondió la joven con la mirada perdida y los ojos humedecidos.
— ¿No lo habías visto nunca?
—No —e hizo una pausa antes de preguntar—. ¿Queda muy lejos la plaza del pueblo?
— Aquí queda todo cerca, hijo. En total tiene unos once kilómetros cuadrados, pero muy bien aprovechados.
— Ya, es más grande que mi barrio.
— ¿Ves el Buciero? Pues tira recto y encontrarás la plaza. Aquí nos guiamos más o menos así. Entre el monte, la playa de San Martín y Berria, no tiene pérdida. (Y sí, dijo hijo, pues allí tienen por costumbre no hacer diferencias de género en ese sentido).
— Gracias, otra vez.
— ¿Te quedarás mucho en el pueblo?
— No, solo unos días.
— ¿No tienes familia por aquí?
— Que yo sepa... no. ¿Por?
— No sé, tu cara me resulta familiar.
— Mi padre era marinero y se llamaba Laro. Trabajó mucho tiempo en un barco llamado Marina. Quizá le conociese.
— Pues ahora no caigo, pero le preguntaré a mi marido por si recuerda algo. También es marinero y él tiene mejor memoria que yo.
El autobús se detuvo en la parada y Mar se despidió de la mujer —y su inmensa curiosidad—, rumbo al hostal que había en la plaza. Las calles estaban abarrotadas de gente, pues el carnaval era todo un acontecimiento turístico y a él acudían personas de todo el continente. El carnaval del norte, lo apodaban, o eso leyó nuestra protagonista en uno de esos programas de fiestas que habían dejado en un escritorio junto a su cama, en la habitación.
Al parecer, aquella noche se representarían el Juicio en el fondo del mar y el Entierro del Besugo, pero hasta ese momento podría visitar el lugar, comer en algún restaurante, e incluso pasearse en barco hasta el famoso Faro del Caballo; del que tanto hablar había escuchado. Por ello, se dio una ducha rápida, se cambió de ropa y fue directamente hasta la playa de San Martín, donde el olor a sal la dejó petrificada.
Ni siquiera estaba viendo el mar abierto, aún —pues, para eso, tendría que haber ido caminando hasta el Fuerte de San Carlos y darse un buen paseo—, pero... al observar la Bahía... su corazón dio un vuelvo y sus pies se quedaron anclados al suelo.
Llevaba en una mano la carta arrugada de su padre, en la que, antes de morir, explicaba por qué había huido de aquel lugar tiempo atrás y la había prohibido acercarse al mar. ¿Acaso estaba delirando en sus últimos momentos? Que fuese adoptada y la hubiesen encontrado en alta mar, no quería decir que fuese una sirena o un ser mitológico, como afirmaba su padre.
<<La mar te da tanto como te quita, vida mía>>. Recordó las palabras que su padre siempre decía y sus ojos volvieron a empañarse. ¿A qué venía tanto misterio? Quizá sus verdaderos padres habían muerto en un accidente marítimo antes de que Laro la encontrase en aquella boya, a la deriva, y salvase su vida. Eso tenía más sentido que el hecho de ser una criatura sacada de un libro de leyendas marineras. Pero, entonces… ¿por qué no la dejaban acercarse al mar?
En esos momentos comenzó a llover como si el cielo se hubiese partido por la mitad. Las gotas de lluvia se fundieron con las lágrimas que resbalaban por las mejillas de Mar, y fue, en ese preciso instante, cuando la joven se percató de que sus ropas estaban totalmente empapadas. ¿De dónde habían salido esas nubes? Ya le habían dicho que en Cantabria el tiempo era bastante caprichoso, a la par que cambiante, pero nunca se imaginó la rapidez con la que aquella tormenta la sorprendió esa tarde.
Corrió hacia el hotel, y tras llegar y cerrar la puerta de su habitación, el sol volvió a brillar.
— ¿En serio? —Se quejó, poniendo los ojos en blanco.
No era la primera vez que le ocurría algo parecido. Sus amigos se reían de ella y le reprochaban siempre que hacía mal tiempo, pues pensaban que ella lo controlaba.
— Toma, te he traído un regalo, a ver si así mañana estás contenta y no me cae una tromba de agua, que he quedado con mis primos para hacer una barbacoa en casa —le dijo en una ocasión un amigo, cuando fue a visitarla.
Más tarde, y aprovechando que el sol brillaba con más intensidad que cuando se había bajado del autobús, decidió caminar por el paseo e ir hasta el mirador para hacerse la típica foto que todo turista se lleva de recuerdo. El restaurante del segundo piso estaba abarrotado, y había varios niños jugando por los aledaños. Incluso un hombre pescaba sentado en su banqueta, mientras el atardecer llenaba el cielo de colores rosas y violetas.
— ¿Mar? —Preguntó un hombre de pelo canoso y ojos castaños. Tendría unos setenta años y las manos llenas de callos.
— Sí. ¿Me conoce? —Respondió extrañada.
— Verás, no me recordarás, pero creo que a mi mujer sí —y señaló a una señora que esperaba a los pies del mirador y que Mar reconoció enseguida, como su compañera de autobús.
— Ah, sí. ¿En qué puedo ayudarle?
— Mi mujer me ha dicho quién eres y por eso hemos venido a buscarte. Yo conocí a tu padre y él me pidió, hace muchos años, que el día en que muriese te relevase toda la verdad acerca de quién eres.
— ¿Perdone? ¿Cómo sabe…?
— Porque estás aquí. Por eso lo sé. Jamás hubieses regresado si él siguiese con vida —Mar no podía creérselo.
— ¿Qué sabe exactamente?
— ¿Te apetece un café? —Y le hizo un gesto a su mujer para que se marchase a casa.
— ¿Cómo? —El hombre miró al cielo, que comenzaba a llenarse de nubarrones, justo antes que un trueno retumbase en el horizonte.
— Creo que será mejor ponernos bajo techo. Tiene pinta de que se acerca un temporal —Mar miró a su alrededor y vio cómo la gente que los rodeaba salía corriendo en busca de refugio—. Sí, será lo mejor. Además, creo que necesito sentarme, porque me tiemblan las rodillas.
Caminaron hasta un pequeño bar de pescadores que estaba cerca del mirador. Estaba lleno de hombres barbudos, con sonrisas apagadas y sal en las miradas. Parecía que Mar desentonaba en aquel lugar con su vestido de lino color hueso y sus sandalias atadas a la pantorrilla al estilo romano. Llevaba el pelo castaño suelto hasta la cintura y ondulado, pero con unos mechones recogidos con un pasador. Sus ojos azules contemplaron aquellas caras que la observaban con curiosidad, mientras avanzaba hacia una mesa apartada en un rincón junto a la barra.
— ¿Qué vais a tomar, Bertu? —Quiso saber el camarero desde la barra.
— A mí me pones un orujo de café. ¿Tú qué quieres?
— Que traiga la botella y dos vasos, creo que voy a necesitar un lingotazo.
— ¿Has oído?
— Ya va —y tras dejar lo que habían pedido en la mesa, el camarero regresó a su lugar.
— Bueno, ya estamos a resguardo. ¿Qué puede contarme de mi padre?
Bertu se llenó el vaso y se lo bebió de un trago, después volvió a llenarlo y lo sostuvo entre las manos antes de comenzar su relato.
— Si mi mujer se entera de que estoy bebiendo, me dará un puntapié. Verás, conocí a tu padre cuando entró de mozo de cubierta en el "Marina", el primer barco en el que nos enrolamos. Solíamos pescar bonito y bocarte, aunque no le hacíamos ascos a lo que se nos cruzase por delante. De algo teníamos que vivir —bebió un sorbo y Mar se sirvió un vaso, que dejó sobre la mesa reposando.
— Ese es el barco del que me habló mi padre.
— Es el único en el que estuvo, que yo recuerde. Con los años fuimos ascendiendo y haciéndonos amigos, casi familia. Ya sabes cómo somos los viejos lobos de mar. Tuvimos que lidiar con muchas tormentas y temporales de todo tipo, incluso hubo en más de una ocasión en la que estuvimos a punto de naufragar y acabar en el fondo del mar; pero tu padre era un gran marinero y siempre nos sacaba de todas las travesías ilesos. El capitán le tuvo como segundo al mando antes que a mí, que era un poco vago, lo reconozco.
— Mi padre era muy trabajador y siempre lo fue.
— Un día, hará unos treinta años, aproximadamente, estábamos navegando como siempre a la caza del bocarte. Ese año estaba siendo duro y tuvimos que adentrarnos más en el mar. Quien no arriesga no gana, ya sabes. De repente, y de la nada, nos sorprendió un temporal como no había visto en mi vida. Olas de nueve metros, lluvias torrenciales y truenos demenciales. Pensábamos que el barco se iba a pique —volvió a levantar el codo y vació el vaso que tenía entre las manos. Mar se lo llenó de nuevo sin rechistar y aguardó a que el hombre continuase con la historia, antes de perder el conocimiento y caer a plomo sobre la mesa del bar.
— ¿Fue el día en que me encontraron?
— Así es —y esta vez fue Mar la que bebió un trago de aquel licor oscuro que se deslizó por su garganta con gran dificultad, pues no estaba acostumbrada.
— De repente, tu padre vio algo. Había un bulto sobre una de las boyas que teníamos más próximas al barco. Cogió los prismáticos y te juro que se quedó blanco como la espuma.
— ¡Es un bebé! —Gritó a todo pulmón—. ¡Vira el barco!
— ¿Estás loco? ¿Cómo va a haber un bebé en medio de esta tormenta? ¡Si viramos estaremos a merced de las olas! ¿Quieres matarnos?
— ¡Es un bebé! ¡Míralo tú mismo! —y cogí los prismáticos para comprobar que estaba en lo cierto. Tú estabas llorando, agarrada a la boya, mientras la mar intentaba engullirte en un arrebato.
— ¡Vira el barco! —Dije, y tras mucho esfuerzo, sudor y lágrimas, te rescatamos. Cuando te subimos estabas temblando, pero en los brazos de Laro te calmaste y dejaste de llorar al instante. Lo miraste con esos ojillos azules que tenías y le robaste el alma de golpe.
— La adoptaré —dijo mi amigo, totalmente convencido.
— Tendrás que dar parte a las autoridades.
— Lo haré, pero si no tiene nadie que la reclame, me la quedaré. Sabes que mi mujer y yo llevamos muchos años intentando tener una familia y no hemos tenido suerte. El mar, no solo me ha dado una forma de ganarme la vida, sino que también me ha dado a una hija.
— No te encariñes mucho con ella por si acaso. Sabes que la mar nos da igual que nos quita. Esa niña debe tener parientes. Quizá sus padres saliesen a navegar, les pilló la tormenta... y solo tuvieron tiempo de ponerla a salvo en esa boya de ahí.
— No sé cómo explicarlo, pero creo que ha nacido del agua y por ello la llamaré Mar.
— ¿Es una sirena? ¿Y dónde están sus escamas y su cola de pescado? Amigo, estás delirando.
— No, no es una sirena, es la Diosa del mar —sus ojos no podían apartarse de los de la pequeña, que ahora sonreía de oreja a oreja; pues la tormenta había desaparecido y el sol había salido en su lugar.
— ¿La Diosa del mar? Mi padre hubiese valido para escritor, no solo para marinero —se rió Mar con pensar.
— Cuando escuches el resto de la historia, descubrirás que no todo era un cuento de hadas.
— ¿Por qué tuvimos que irnos de aquí?
— A eso mismo iba. ¿Alguna vez te has parado a pensar por qué el tiempo cambia tan rápido cuando tú estás cerca?
— ¿Disculpe?
— Si estás triste comienza una tormenta, pero si estás alegre luce el sol. ¿No te habías dado cuenta?
— La verdad es que sí, mis amigos dicen que me van a contratar como la mujer del tiempo, porque parece que mis estados de ánimo están atados al clima, o algo así. Pero es simple casualidad.
— La casualidad no existe, pequeña. Los marineros lo llamamos superstición.
— Quizá sea muy empática y sea mi estado de ánimo el que se adapta al clima, y no al revés. Como es lógico.
— Te contaré por qué os fuisteis de aquí y serás tú quien saque sus propias conclusiones —hizo una pausa, bebió otro sorbo de orujo y continuó con la historia, pues comenzaba a ponerse cada vez más interesante—. Desde que llegamos a tierra y los servicios sociales te apartaron de Laro, el clima cambió. Una tormenta se cernió sobre esta tierra y los barcos permanecieron anclados en el puerto durante más de un mes entero. Nadie se aventuraba a salir con aquel aguacero.
— Pero eso suele pasar.
— Sí, pero fue muy curioso que la tormenta cesara en el preciso momento en que tú regresaste a Santoña. Cuando tus padres lograron la adopción y apareciste en esta tierra, volvió a salir el sol.
— Casualidad.
— ¿Qué he dicho antes?
— Que las casualidades no existen.
— Así es. En los sucesivos días la gente volvió al mar, a la rutina. Los pescadores en el agua, las rederas en la tierra y las sobadoras de anchoas en las conserveras. Todo regresó a la normalidad, hasta que... tu padre pisó de nuevo el mar.
— ¿Por qué?
— No soportabas que se alejase de ti. Cada vez que salía de casa para ir a trabajar, llorabas sin parar y comenzaba un diluvio que no cesaba hasta que él regresaba. Cada lágrima tuya era un día menos que faenar.
— No lo entiendo.
— Eso nos pasó a todos los del pueblo, pero un día llegó una mujer muy hermosa y nos dio que pensar. Iba descalza, con la vela de un barco puesta sobre su cuerpo, como si fuese una túnica romana. Llevaba el pelo suelto y rizado, como el tuyo, pero el suyo era de un rubio claro, como la arena de la playa. Entró por esta misma puerta y se puso delante nuestra. Tu padre y yo estábamos tomando unos chatos, mientras intentábamos encontrar sentido a lo que estaba pasando. La mujer nos miró y dijo una frase, que jamás olvidaré.
— Devuélveme a mi hija o todos los aquí presentes sufrirán mi ira—. Acto seguido se giró y se marchó sin mirar atrás.
— ¿Y qué hicisteis? —Preguntó la joven, vaciando su vaso de un trago.
— Salimos corriendo detrás de ella, pero al cruzar el umbral había desaparecido. Eso sí, una ola de más de seis metros entró por la bahía y bañó medio pueblo con su espuma. Acabamos empapados.
— ¿Una ola de seis metros?
— Como te lo cuento.
— ¿Volvió a suceder algo parecido?
— Jamás, porque tu padre hizo las maletas y se marchó a Madrid contigo.
—¿Y mi madre?
— Tu madre te tenía tanto miedo, después de aquello, que acabó ingresada en un sanatorio.
— ¿Se volvió loca?
— Eso creían los médicos. Decía que su hija era un monstruo y que acabaría con todo el pueblo si la dejaban. Por eso los del juzgado de menores le dieron la custodia a tu padre.
— No me lo puedo creer. ¿Cómo sabe usted todo esto?
— Porque seguí en contacto con tu padre durante todo este tiempo. Acordamos que él te mantendría alejada de este lugar hasta que muriese, por nuestra propia seguridad y por la tuya. Cuando eso ocurriese, si el de ahí arriba no me había llamado a filas a mí antes, te contaría la verdad si se daba la oportunidad.
— ¿Y qué fue de mi madre?
— Rehízo su vida. Tras salir del sanatorio en el que estuvo un par de años ingresada, se casó con un médico y se mudó al sur. Es lo único que sé de ella.
— Y nunca me buscó.
— Estaba asustada. Vio lo que eras capaz de hacer, nos avisó, y ninguno la hicimos caso; hasta que esa ola nos abrió los ojos de un plumazo.
— ¿Y quién soy yo?
— Tu padre te lo dijo en su carta.
— ¿Eso también lo sabes?
— ¿Quién crees que lo ayudó a redactarla?
— ¿Volvisteis a ver a esa mujer?
— Una vez, junto al Fuerte de San Carlos. Estaba paseando como hago cada mañana y la vi en lo alto del fuerte. Me miró, sonrió, y acto seguido se lanzó al mar.
— ¿Y no avisaste a nadie?
— No dejó ni rastro. Eso sí, de eso hará justo unas semanas. El mismo día en que murió tu padre.
— No puede ser cierto —Mar no daba crédito a lo que estaba escuchando.
— Ha vuelto a buscarte —la joven se echó a llorar y un trueno retumbó en el local—. Por favor, no llores, o al final inundarás todo el pueblo.
— No puedes contarme todo eso y esperar que me quede impasible.
— No, pero al menos sosiégate. Naciste del mar, por lo que tu poder es mucho más fuerte junto a él. Es a la conclusión que llegamos tu padre y yo durante estos años. En Madrid no tenías tanta fuerza como aquí.
— ¿Y ahora qué hago?
— Quizá debas darte un paseo por el fuerte y esperar a que tu verdadera madre acuda a resolver todas tus dudas.
— Estáis todos locos.
— Si piensas eso realmente… ¿para qué has venido?
— Para obtener respuestas cuerdas, no burdas leyendas marineras —Bertu apuró su vaso y se levantó de la silla—. No puedo hacer que me creas, pero sí puedes verlo por ti misma. Ve mañana a la puesta de sol al Fuerte de San Carlos, o incluso al Faro del Caballo o el del Pescador. Da igual, pero acércate al mar lo suficiente para que ella pueda encontrarte, y acudirá.
— ¿Y qué pasa con la playa? ¿No sería más sencillo bajar a ese lugar?
— ¿Has visto cómo está Santoña con el carnaval? Con tanta gente alrededor no se presentará. Busca una zona apartada y ella te encontrará.
Mar pasó la noche dando vueltas sin parar y pensando en el mejor lugar al que acudir a esa llamada. Tanto el Fuerte de San Carlos como el Faro del Caballo debían de estar a rebosar de turistas, pero había un pequeño faro al que, según había escuchado, no solía ir tanta gente a visitarlo. El Faro del pescador llevaba años cerrado, pues ya no se utilizaba tanto como antes, pero se conservaba bastante bien. Había que darse un paseo hasta el Dueso, pasando por la playa de Berria, para poder acceder a él.
Cuando a la mañana siguiente Mar se encaminó hacia aquel lugar, tuvo que atravesar medio pueblo, las Marismas, e incluso el camping atestado de veraneantes. Al llegar al cementerio, junto a la playa de Berria, se detuvo un instante a pensar en su padre. Quizá le gustase que sus cenizas acabasen junto al mar, del que tuvo que huir por su propia seguridad.
Siguió caminando y ascendió por el Buciero, pasando por el Penal del Dueso hasta llegar al camino que bordea el monte y llega hasta el faro. Una hora después se encontraba a las puertas de la edificación. Se había tomado su tiempo para llegar hasta la atalaya, haciendo fotos y disfrutando del paisaje con total solemnidad. Incluso se había cruzado en el camino con un par de turistas y unos chicos montados en bicicleta, pero poco más. Ahora se encontraba ella sola, en la punta del islote, contemplando desde lejos el mar.
— Al fin estás en casa —dijo una voz a sus espaldas. Mar se giró y pudo ver a la mujer que había descrito Bertu en su relato. Una hermosa joven de cabellos claros y rizados, con una túnica hecha con la vela de un desvencijado barco. ¿No había envejecido nada? ¿Cómo era eso posible?
— ¿Quién eres tú?
— ¿Acaso no lo sabes? ¿No sientes que estamos conectadas por la sal que recorre nuestra sangre?
— ¿Perdona? No entiendo nada. Creo que me he unido a la locura colectiva.
— Mar, soy tu madre.
— Mi madre —repitió la joven con la mirada perdida.
— Hace treinta años que te arrebataron de mi lado y por fin te he encontrado.
— ¿Cómo es posible? ¿Somos sirenas?
— No —rió aquella mujer—. Somos diosas del mar.
— La mar, mi padre siempre decía que la mar era una mujer de armas tomar.
— El mar es diferente para cada persona. Algunos viven de él y otros para él. Los hombres suelen verla como una mujer con gran temperamento, capaz de darles sustento y arrebatarles la vida en un momento. Nosotras lo vemos como nuestro hogar, pues nos dio el color de nuestra piel gracias a los granos de la arena, el color de nuestros ojos gracias a las masas de agua y el plancton bioluminiscente. Y nuestros cabellos... son tan dispares como los diferentes corales. ¿Por qué te cambiaste tu color de nacimiento? El rojo te quedaba muy bien.
— Mi padre decía que así destacaba menos y que me quedaba mejor; aunque empiezo a pensar que solo lo decía para que me mantuviese oculta, por si algún día venías a buscarme.
— Yo no puedo vivir en tierra firme, pero tú sí.
—¿Yo? ¿Por qué?
— Porque yo soy la diosa de las mareas y tú la de las tormentas. Por eso tus emociones están ligadas al clima. Juntas tenemos una función, que es mantener el equilibrio de la vida marina. Los pescadores arrasan con todo lo que encuentran en el mar, ya sean peces, corales o las ofrendas que los marineros dejan en el fondo del mar, cuando su barco se hunde y su alma cruza al más allá.
— ¿Y por qué le arrebatamos la vida a los marineros? Eso no está bien.
— Como digo, debe haber un equilibrio. Ellos lo saben, y cuando el mar pone en una balanza lo perdido y lo ganado, se cobra otra pieza si no sale a cuentas. Así ha sido siempre y así será.
— La mar te da igual que te quita. Eso era lo que decía siempre mi padre.
— Por eso te alejó de mí, donde yo no pudiera seguirte.
— ¿Y por qué has vuelto?
— Porque sabía que se acercaba el día en que tú regresarías.
— ¿Cómo podías saberlo?
— Estamos conectadas. Las dos formamos parte de la misma moneda, dos caras enfrentadas que se complementan. Tu fuerza procede del mar, de absorber sus aguas y crear tempestades. La mía procede del cielo, pues las mareas se guían, en parte, gracias al influjo de la luna.
— Sigo sin creerme nada de lo que está pasando.
— ¿Quieres que te lo demuestre? —De repente, aquella mujer alzó las manos y el agua de la playa se retiró de golpe. La gente que estaba en la playa se asustó y comenzó a huir hacia los coches, pensando que un tsunami se cerniría sobre ellos en cualquier momento. Pero no sucedió lo que pensaban, pues el agua recuperó su posición original sin barrer la playa.
— ¿Cómo has hecho eso? —Preguntó Mar con los ojos abiertos como platos.
— ¿Cómo manejas tú el clima? Es igual. Lo hacemos sin pensar porque estamos unidas al mar.
— ¿Y ahora qué hago? ¿Qué será de mi? —Quiso saber la joven, que no salía de su asombro.
— Regresa conmigo al agua y todo volverá a ser como siempre debió ser.
— ¿Y arrebatarle la vida a la gente?
— A todos nos llega la hora, tarde o temprano.
— ¿A nosotras también?
— Sí. Algún día el mundo llegará a su fin y con él nosotras también pereceremos. Cuando la tierra surgió, el planeta se llenó de fuego y piedra, pero con el tiempo el agua lo relegó a las profundidades de la Tierra y nosotras surgimos gracias a eso.
— ¿Tan antiguas somos?
— Sí.
— ¿Y por qué no lo recuerdo?
— Llevas demasiado tiempo lejos del mar. En cuanto roces sus aguas, tus recuerdos regresarán.
Mar estaba perpleja. Demasiada información que gestionar. Primero, la muerte de su padre y aquella misteriosa carta que el albacea de la familia le había entregado durante la lectura del testamento. Después, el viaje hacia el norte de España para descifrar la verdad. Y... ahora, todo su mundo se desmoronaba de la noche a la mañana.
Si aquella vieja leyenda marinera era cierta, ¿qué otras historias también lo serían? ¿El Conde Drácula? ¿Frankenstein? Sabía que todos aquellos relatos habían surgido de pequeños fragmentos de la historia, entremezclados y adornados con mucha fantasía e imaginación. Pero… ¿y si solo había sido para despistar? ¿Y si todo había acontecido de verdad?
— Me duele la cabeza —se quejó Mar, llevándose las manos a las sienes.
— Acompáñame y el agua aliviará tu dolor.
— Yo…
— No tengas miedo. Has venido a por respuestas. ¿Qué te puede pasar por bañarte en sus aguas?
— Eso es cierto. Es solo agua con sal. ¿Verdad?
La mujer misteriosa se deslizó por encima del muro bajo de piedra, que bordeaba la carretera, y Mar la siguió de cerca. Descendieron por la pendiente de la montaña con cuidado de no resbalarse y, al llegar al borde del acantilado, ambas se cogieron de las manos.
— ¿Confías en mí? —Preguntó aquella mujer con una sonrisa dibujada en los labios. Y, a pesar de saber que estaba a punto de cometer la mayor locura de su vida, Mar asintió, cerró los ojos y saltó.
Al caer al agua sintió como si millones de agujas se clavasen en su piel, pues aquella masa de agua estaba helada. Sintió que se ahogaba, pues al precipitarse desde el acantilado había soltado la mano de su acompañante para taparse la nariz y evitar así que le entrase demasiada agua. ¡Estaba sola en medio del océano y aterrada!
Pero entonces sintió que le faltaba el aire y, al intentar ascender a la superficie, recordó que no sabía nadar. ¿Cómo iba a salir de allí si nadie la había enseñado jamás? Siempre había tenido prohibido acercarse al agua, exceptuando la de la ducha de su casa. ¿Por qué había saltado? ¿Por qué se había dejado arrastrar hasta el fondo del mar?
Entonces sintió que el aire se escapaba de sus pulmones y que un dolor intenso le recorría todo el cuello. Al llevarse las manos a la garganta, descubrió que le habían salido unas branquias y que podía respirar debajo del agua.
Mientras caía hacia el fondo del mar, vio la silueta de la mujer misteriosa acercarse nadando desde las profundidades, con una sonrisa en los labios y los ojos tan brillantes como el plancton bioluminiscente.
— Y ahora me crees? —Mar recibió una sacudida. Eran los recuerdos que creía perdidos. Recordó de golpe todos los siglos que había vivido, las veces que había muerto y había renacido. ¿Y por qué? Porque cada vez que le arrebataba la vida a un marinero, ella dejaba su cuerpo como ofrenda en el lecho marino. Poco tiempo después volvía a renacer y, por ello, cada vez que el mar se cobraba la vida de un marinero, los sucesivos días permanecía el tiempo en calma, a modo de despedida, porque su diosa había dejado esta vida.
— Cuando te encontró ese pescador acababas de renacer unos años antes, aún no habías permanecido el tiempo suficiente bajo el agua para recuperar los recuerdos de tus otras vidas —le dijo la diosa de las mareas.
— ¿Eres mi madre, de verdad?
— Soy tu madre, soy tu hermana, soy tu amiga y tu otra mitad. Todos formamos parte de la misma energía que gobierna la vida y la realidad; e incluso en la muerte seguimos conectadas, pues fluimos juntas por toda la eternidad.
<<Y hasta aquí llega este relato, pues por mi condición humana no se me permitió saber nada más. Solo espero que mi amiga haya aceptado quién era realmente y que esté feliz en su nuevo hogar. Mar, gracias por todos esos años en los que me diste tu amistad. Espero que algún día, cuando visite aquella hermosa tierra, nos podamos volver a encontrar>>.
FIN