— ¿Estás segura de que no tienes nada más que pueda usar? —Preguntó el licántropo, tras ver en el espejo su reflejo.
— Lo siento. Sé que no es mucho, pero es lo único que te vale —respondió la bruja, al comprobar que la túnica ceremonial que le había prestado al joven William, el licántropo, le quedaba algo corta y estrecha —. Eres muy corpulento.
— Gracias de todas formas. Prefiero ir así vestido que presentarme en casa de mis padres desnudo y con una bruja a mi lado.
— No te olvides de Shadow y Apple.
— ¿Quiénes?
— Mis espíritus familiares. No pretenderás que las deje abandonadas a su suerte —y Alanna miró en dirección a la galga y a la rana, que siempre la acompañaban.
— Está bien, nos iremos todos de excursión hasta mi casa. Solo espero que a mi madre no le de un ataque de histeria al ver a esa pequeña cosa verde que lleva la perra a cuestas.
— ¿No le gustan las ranas?
— No es eso, pero digamos que mi hermano y yo tuvimos una iguana de pequeños en casa y a mi madre casi le dio un ataque cuando la vio por primera vez. De hecho, fue la excusa perfecta para que no entrase nunca en nuestra habitación. Éramos adolescentes y nuestra intimidad era sagrada.
— Ya veo. ¿Queda muy lejos tu casa?
— A unos cuantos kilómetros de aquí. Por cierto. ¿Tienes coche?
— Sí, un pequeño escarabajo de color rojo que me compré hace no mucho. Aún lo estoy pagando, así que nada de arañarme la tapicería, lobito.
— Tranquila brujita, que me he limado las uñas hace poco —y ambos se echaron a reír.
El escarabajo era rojo, como Alanna había dicho, pero además tenía un fénix dibujado en el capó y un dragón azul dibujado en el maletero que a William le llamó la atención.
— ¿Por qué tan llamativo? ¿Qué representan para ti estos animales?
— El fénix es mi animal de poder, me acompaña y me cuida. Es como Shadow y Apple, solo que trabaja desde mi interior.
— ¿Y qué hay del dragón? ¿Por qué ese color precisamente?
— No lo sé, desde pequeña llevo soñando con un dragón azul cada noche y no sé lo que significa. El fénix, mi animal de poder, y el dragón se unen en un círculo sin final, como un Uróboros, o la pescadilla que se muerde la cola. El caso es que, una vez que se crea ese vínculo, los dos se ponen a girar sin parar, como si danzaran, hasta que comienzan a emitir una luz tan potente que me acaba despertando de madrugada. Siempre a la misma hora, las tres de la mañana. Ni mi madre ni mi abuela supieron encontrarle sentido al sueño. Teorizaban sobre la magia draconiana, pero jamás logré despertar a mi dragón interior. Logré verlo una vez y era de ese color, azul, igual que en mis sueños, pero nada más.
— Curioso, así que un fénix y un dragón cohabitan en tu interior.
— Eso parece. ¿Por qué lo preguntaste?
— ¿El qué?
— El color del dragón.
— Verás, ese dragón me recuerda mucho al escudo de mi familia.
— ¿Perdona?
— ¿Qué? ¿Pensaste que al ser licántropos tendríamos un lobo de imagen familiar? Demasiado obvio.
— No, pero…
— Pues sí, también tenemos un lobo en el escudo, pero se agregó tras sufrir la maldición. Al principio nuestro escudo estaba formado por un dragón azul escupe hielo, sobre un castillo y con una corona con una estrella en la cabeza. Después se añadió el lobo a los pies del castillo, aullándole a la luna y al dragón, por el tema de… ya sabes.
— Qué curioso.
— ¿El qué?
— Ahora que lo dices, hace unas noches el sueño que suelo tener cambió.
— ¿Cómo?
— No estoy segura, pero en medio de esa luz brillante que siempre veo al acabar y me despierta, pude descubrir que provenía de la luna llena. ¿Estaremos conectados de algún modo?
— Si no viviese en un mundo donde las criaturas de los cuentos son reales, te diría que no, pero… habiendo experimentado en mi propia piel la transformación en lobo, ya me creo cualquier cosa. Siempre pensé que la leyenda de mi familia era una invención para asustarnos a mi hermano y a mí de pequeños, pero ya he podido comprobar que es muy real.
— Pongámonos en marcha cuanto antes, tengo la sensación de que hallaremos las respuestas a todo esto tras conocer más a tu familia.
Y pusieron rumbo al norte, a la guarida de los licántropos. ¿Aceptarían la ayuda de una bruja? ¿Tendrían prejuicios por culpa de la maldición? Era algo muy probable, pero a la vez entendible. ¿Correrían peligro? Seguramente, pero no podían ignorar las señales. Algo había unido a la bruja con el licántropo, un lazo mágico, y si querían entender a qué se debía, tendrían que tirar de él hasta llegar al otro extremo.
— ¿Crees que aceptaran mi ayuda o se lanzaran a mi yugular nada más verme? —Preguntó Alanna algo temerosa.
— Puedes estar tranquila, yo te protegeré.
— ¿Por qué no me cuentas algo más de tu familia?
— Pues… A ver. Mi padre se llama William, al igual que yo. Pertenece a la nobleza húngara y, además, es un gran empresario.
— ¿Es un noble? ¿Lo eres tú también?
— Podría decirse que sí. Antiguamente eso significaba mucho más que ahora, pero bueno. Mi madre se casó con él interés, le gusta mucho el lujo y pasa grandes temporadas visitando París, Londres, y demás puntos clave de la moda. Se gasta el dinero de mi padre y eso a él le hace feliz. Le gusta mucho trabajar y, mientras que ella esté contenta, no se inmiscuye en sus asuntos.
— Ya veo.
— Mi hermana…
— ¿Tienes una hermana?
— Bueno, en realidad era la mujer de mi difunto hermano. Es un hada.
— ¿Un hada? ¿En serio? ¿En una familia de licántropos?
— Sí, mis padres no suelen tener problemas con otras criaturas, siempre y cuando no sean brujas.
— Ya, vamos a tener un problema con eso.
— Yo me encargaré de todo, tú espérame en la entrada y te avisaré cuando puedas entrar sin peligro.
— Me parece justo.
— Pues… Rita, el hada, la última vez que hablé con ella manejaba una protectora de animales y buscaba un hogar a los perros y gatos abandonados. La verdad es que es un cielo y siempre se ha portado muy bien conmigo. Al menos cuando estaba vivo mi hermano. Ahora… No lo sé.
— Al menos me hago una idea de con quién trato.
— Y ahora te toca a ti contarme algo acerca de tu vida. ¿No crees?
— Supongo… Pues me llamo Alanna, soy una bruja buena y suelo vivir apartada del mundo, pues me gusta poco tratar con gente. Disfruto más de la compañía de mis espíritus familiares y de los libros. Escribo de forma ocasional, bajo un seudónimo, y me gusta elaborar recetas de postres y guisos. Poco más.
— ¿Qué hay de tu familia? ¿Y de los animales que te acompañan?
— Shadow es mi abuela y Apple es mi hermana gemela. Bueno, son sus reencarnaciones. De ahí que sean mis espíritus familiares. Me cuidan y eso.
— ¿Tenías una gemela?
— Sí, nació muerta.
— Lo siento. ¿Y qué hay de tus padres?
— Están bien, pero viven en la ciudad. Nos vemos poco, como ya te he dicho, no salgo mucho.
— Pensaba que estabas sola en el mundo.
— No es eso, pero disfruto de la paz que me da el bosque. Tras morir mi abuela, dejé la gran ciudad y me trasladé a su cabaña. Al principio solo se trataba de una temporada, para catalogar las cosas y venderlas más tarde, pero me enamoré de esta vida y decidí dar el paso hacia un cambio radical.
— Ya veo. La verdad es que es un sitio muy acogedor.
— Gracias.
— ¿Estás lista? Ya estamos llegando —dijo George tras olfatear el ambiente —. Gira por ese camino y continúa hasta llegar a una verja de hierro.
El camino de tierra se adentraba en otro bosque, parecido al que rodeaba la cabaña de Alanna, pero mucho más denso. Y unos metros más tarde, tras dejar la carretera principal, se alzaba una impresionante verja de hierro de dos metros y medio de altura —color azabache —, con una puerta en la que estaba forjado el famoso escudo familiar. La casa aún ni se vislumbraba. ¿Tan grande era la propiedad?
Continuará…
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