Alanna quedó deslumbrada por la magnífica propiedad de los hombres lobo. Aquella enorme mansión de tres pisos y cinco alturas, recordaba a la famosa casa de Pemberly, utilizada en la filmación de "Orgullo y Prejuicio". El lago frente a la casa, en cambio, era de forma circular y tenía una gran fuente justo en el centro. En él se podían ver decenas de carpas koi con diferentes colores y tamaños.
El olor de los pinos y robles, que rodeaban la propiedad, aportaba un aroma único al mezclarse con las diversas flores que crecían a las orillas del lago. Fresias, lilas, rosas y azucenas, sin olvidarnos de las peonias, tulipanes y madreselvas.
Alanna disfrutaba de aquel paisaje, pero al acercarse a la entrada de la mansión, de repente, sintió un peso invisible caer sobre sus hombros. Como si cientos de manos intentasen detener su avance, hacer que se alejase de aquel territorio. Le costaba dar un paso detrás de otro y, por ello, comenzó a sudar y a jadear.
— ¿Estás bien? —William la miró con preocupación, pues se había dado cuenta del cambio acontecido en la joven—. No te preocupes, no te harán daño. Espera aquí y yo hablaré con ellos antes. Si prefieres quedarte en el coche…
— No es eso, es que me pasa algo extraño. Es como si algo me impidiese avanzar. Creo que las brujas que os echaron la maldición no quieren que yo me entrometa en sus asuntos.
— ¿Me lo dices en serio? Si no quieres hacerlo, no me enfadaré, puedes darte media vuelta y regresar a tu casa. Te has portado muy bien conmigo al acompañarme hasta aquí, y no puedo obligarte a nada.
— ¡No se trata de miedo! —Se apresuró a decir la joven —. Es algo sobrenatural. ¿Comprendes? Quiero entrar en tu casa, pero hay algo que me lo impide.
— Creo que tengo la solución perfecta.
Se acercó a una de las estatuas con forma de lobo que había junto a la escalera del porche, metió la mano en la boca del animal, y sacó una llave de hierro bastante antigua. Acto seguido fue hasta Alanna, la cargó en brazos y, tras abrir la puerta con cuidado, cruzó el umbral con ella a cuestas, como si fuesen un matrimonio recién casado. El ama de llaves —que pasaba por allí— se topó con aquella escena y puso el grito en el cielo. Comenzó a llamar a todo el mundo, gritando a los cuatro vientos que el joven amo se había casado. ¿Un malentendido al ver aquella escena? Seguramente, pero la mujer no atendía a razones.
— No es mi… —intentó decir William varias veces, pero aquella mujer menuda y bonachona se había lanzado a sus brazos y no tuvo tiempo de bajar a Alanna al suelo, que no daba crédito, por haber quedado atrapada en medio de aquella escena tan disparatada.
— ¡Qué delgado estás! ¿Tu mujer no te alimenta bien? ¡Señores, el hijo pródigo a vuelto a casa! ¡Y casado! —Gritaba la mujer sin parar.
— Que no estamos casados, Marga —pero aquella mujer no lo escuchaba.
Poco después aparecieron en el hall de entrada los padres de William, y este, al ver que el ama de llaves le dejaba espacio, dejó que la bruja volviese a tocar suelo con los pies. Ella estaba colorada, como un tomate, por lo que agachó la cabeza e hizo una leve reverencia.
— ¡Hijo! ¡Has vuelto! —Y su madre se acercó para abrazarlo tan efusivamente, como había hecho antes que ella el ama de llaves. La mujer tenía el pelo rubio, recogido en un moño alto, y su figura quedaba estilizada gracias al traje a rayas grises que llevaba puesto. Aquel traje, compuesto por una falda y una chaqueta a juego, combinaba a la perfección con sus ojos, tan extraños como cautivadores.
— Sí, he vuelto. Os he echado mucho de menos.
— ¿Y a qué has venido ahora? Después de tanto tiempo. Te perdiste el entierro de tu hermano —recriminó el padre, que no se había movido ni un ápice desde que había hecho su aparición en escena.
— Lo sé, pero no quería hacer daño a nadie más. ¿Por qué no me dijisteis que era verdad? ¿Que no se trataba de un simple cuento para niños?
— Lo hicimos muchas veces, cariño, pero tu hermano y tú nunca nos creísteis —la madre le acarició la mejilla y después reparó en la presencia de la muchacha que lo acompañaba.
— ¿Quién es? ¿Tu esposa?
— No, es… una amiga que ha venido a ayudarnos.
— ¿Ayudarnos cómo? Tu hermano está muerto —añadió el padre con semblante serio. Tenía el pelo canoso y ondulado. Los ojos de un azul oscuro tan profundo como el mar y un porte elegante y distinguido, que lo convertía en un digno líder de la manada. Fuerte y poderoso.
— ¿Te crees que no lo sé? ¡Lo maté yo! Por eso huí, porque no quería haceros lo mismo a vosotros. ¡No podía controlarlo!
— ¿Y por qué vienes ahora? ¿Acaso ya lo controlas?
— Un poco, he aprendido a vivir con ello. Y no es la primera vez que regreso a casa desde que murió mi hermano. Hace un tiempo estuve a punto de cruzar este mismo umbral, pero os escuché hablar de la maldición a través de la ventana del despacho y, por miedo a perder el control, nuevamente, salí huyendo.
— ¿Y por qué ahora? Repito. ¿Por qué después de tantos años has regresado a casa? Y con esas pintas —insistió el padre, mirándolo de arriba abajo con desaprovación.
— He permanecido todo este tiempo en mi forma lobuna, hasta que anoche caí en manos de esta joven, que me curó y ayudó sin conocerme. Ahí fue cuando descubrí que era bruja y que podía ayudarnos a librarnos de la maldición. Le pedí que me acompañase, y aquí estamos.
— ¿Estás loco? ¿Una bruja en casa? ¡Ni hablar! ¡Sácala de aquí si no quieres que le meta un tiro entre ceja y ceja! —El padre intentó amedrentarlo, pero no pudo.
— ¡Para! ¡No seas así! La maldición lleva muchas generaciones en nuestra familia, demasiadas. ¿No es hora de acabar con ella?
— ¿Y crees que no lo hemos intentado antes? ¡Ninguna bruja ha querido inmiscuirse y ayudarnos! ¿Por qué ella sí? ¿Qué le has prometido a cambio?
— ¡Nada! Ella es buena, solo quiere ayudar.
— ¡Mentira! ¡Las brujas siempre quieren algo a cambio!
— Eso no es cierto. Tú, mejor que nadie, deberías saber que las apariencias engañan. ¿Quién podría decir que los licántropos son reales y que viven entre nosotros?
— ¡Y todos son unos asesinos!
— ¡Parad ya! Cariño, nuestro hijo, tu heredero, ha regresado a casa. La muerte de Oliver fue un accidente, no puedes echarle la culpa por eso —gritó la madre, que se debatía entre los dos hombres de su vida en aquel preciso momento.
— ¿Y a quién culpo? —Y las lágrimas inundaron sus ojos, mientras caía de rodillas al suelo y se cubría con las manos el rostro.
— A la bruja que los maldijo y a la persona a la que iba dirigida en un primer momento la maldición. Pues las brujas no maldicen sin un motivo —y fue lo primero que se atrevió a decir Alanna desde la aparición de los señores de la casa.
— ¿Y por qué nos debemos fiar de una bruja? ¿De ti? —Preguntó aquel hombre, con rabia en la mirada.
— Porque si una bruja los maldijo, solo puede liberarlos otra. O al menos intentarlo. Para eso estoy aquí. Quiero ayudarles. No soy mala gente, con el tiempo se darán cuenta de ello. No pido que confíen en mí sin motivo, de primeras, pero al menos conozcámonos y después ya decidirán ustedes si soy digna de confianza o no.
— Dale una oportunidad, papá. ¿Tenemos otra opción?
La madre de William se arrodilló junto a su marido, levantó su rostro y besó sus mejillas húmedas. El hombre la miró compasivo, a la par que agotado. No podía más y se rindió ante el dulce tacto de su mujer.
— Está bien, pero no quiero verla, ni hablar con ella. La casa es grande, intenta que no nos crucemos.
— Así se hará. Aunque, si queremos acabar con la maldición, primero debemos saber todo lo que podamos acerca de cómo y por qué se lanzó —añadió el joven, que intentaba no romperse en aquellos momentos, demostrando la mayor entereza del mundo ante su padre y su líder.
— Yo os ayudaré en lo que pueda —la madre de William se levantó del suelo y dio un paso al frente, demostrando valor y serenidad.
— ¿Tú? Me sorprende.
— ¿Que vaya a tratar con una bruja? Pues sí, pero por culpa de mis antepasados estamos en esta situación. No quiero volver a perder a uno de mis hijos, ni a mi marido.
— ¿Tus antepasados? Pensaba que eran los de mi padre.
— No, la maldición recayó sobre una antepasada mía, creo que fue mi tatarabuela.
— ¿Y por qué solo afecta a los hombres?
— Será mejor que descanséis hoy, estaréis cansados del viaje. Mañana os llevaré a la sección prohibida de la biblioteca y os mostraré todos los datos que tenemos sobre el tema.
— ¿La que está bajo llave?
— La misma. Instalaros en tu antiguo cuarto. Y en la cena nos conoceremos un poco mejor. ¿Os parece bien? Disculpa la desastrosa bienvenida… ¿Cuál es tu nombre?
— Alanna. Y si no es mucha molestia, mis animales esperan en el coche desde hace un rato y estarán un poco agobiados.
— ¿Animales? —Preguntó el padre de William.
— Sí, una galga y una rana.
— ¡Qué raras sois las brujas! Lo del perro no está mal, nosotros solíamos tenerlos para cuidar de la propiedad, pero la rana… —Añadió el señor de la casa.
— ¿Esperaba varios gatos y que llegase en escoba? Lo siento, pero no soy una bruja convencional.
— Eso parece —aquel hombre había comenzado a relajarse con la visita de la joven, tras ver que su mujer se mostraba atenta con la invitada. Quizá la pesadilla acabase de una vez por todas, gracias a Alanna.
— Padre, en cuanto a lo de las habitaciones…
— No hay problema, es tu vida, no me interesa opinar al respecto —y acto seguido se dio media vuelta y se marchó, dejando a su hijo y a las tres mujeres solas en la entrada.
— Los animales dejadlos en vuestro cuarto, por favor. No quiero ver a una rana perdida saltando en mi cuarto de baño. ¿Y por qué vienes con esas pinta, hijo? —Se quejó la madre.
— Se presentó desnudo en mi casa, por la transformación, y no tenía nada que prestarle que le pudiese valer a parte de mi túnica ceremonial. Es muy grande.
— Sí, mi chico es todo un hombre ya. ¡Margarita, prepara un banquete! ¡Nuestro hijo ha regresado! —y tras decir eso, la mujer se marchó tras su marido, mientras Margarita se dirigía a la cocina y los dos jóvenes volvían al coche para sacar de allí a los animales y el equipaje.
— Por cierto, eso de compartir habitación… Siguen pensando que estamos casados —preguntó Alanna con cierto reparo.
— Bueno, en la cena lo aclararemos, tranquila. Prometo portarme bien si hemos de dormir juntos.
— ¿Juntos? ¿En una casa tan grande no tenéis habitación de invitados?
— Sí, pero creo que a tus animales les gustará más mi habitación. Ya verás por qué. Es una corazonada.
Y vaya si tenía razón. La habitación de William estaba en el último piso y tenía una terraza tan grande que abarcaba casi por completo toda la planta, a excepción de la hermosa habitación cristalizada, de enormes ventanales, repleta de libros, una gran cama y un diván. Había también un escritorio con un viejo ordenador y mucho material deportivo repartido por cada rincón.
En la terraza había varios sillones, una mesa de café, muchas plantas y enredaderas, incluso una pequeña piscina olímpica.
Cuando los animales vieron aquel lugar, se lanzaron directos a la piscina. La rana estaba en su salsa, aunque la galga le iba a la zaga.
— ¡Chicas, no! ¡Salid de ahí! Disculpa, por favor
— No seas tonta, deja que disfruten. Al fin y al cabo yo también soy un lobo que adora nadar —y William se echó a reír, mientras que Alanna no sabía cómo reaccionar a su comentario—. Deja que disfruten, tú y yo tenemos que hablar. Pero antes, querrás refrescarte un poco. Ahí, junto al escritorio está el baño y al otro lado está el vestidor. Puedes guardar tus cosas ahí de momento, hasta que te adjudiquen un nuevo cuarto o me vaya yo a otro lado, pues me da pena arrebatarle la piscina a esas dos pequeñas fieras —. Y señaló a los dos animales que estaban disfrutando con sus juegos acuáticos.
Continuará...