miércoles, 12 de abril de 2023

Cuento para stream 2. “La revolución chopera”

     

<<Continuación del cuento que estoy escribiendo con el chat en mis directos de Twitch. Creo que entenderéis por qué está quedando un cuento tan turbio. Gracias, polluelitos míos. Os quiero mucho.>> 


    Justo en la calle de al lado, en una pequeña casa de estilo victoriano y tétrico jardín, había una joven de cabellos dorados con un pequeño tejón mutante con alas y sombrero de copa, como mascota. Ella estaba sentada en un banco junto a una planta carnívora a la que cantaba dulcemente una siniestra canción.

    De repente, el mayordomo —con traje de neopreno y neones de colores —se acercó a la joven con una bandeja de marihuana, extraída de aquel mismo jardín. Llevaba, además, una boina bien calada y tenía los ojos grises, del mismo tono que Pequitas, el gato de la familia.

    La joven probó a oler el contenido de la bandeja y, de repente, su pelo cambió del dorado al negro más intenso, pues al fondo de aquella sala había un fantasma que le resultaba familiar. Stephen Hawking se apareció ante ella con un camisón blanco y sin su silla de ruedas; podía levitar, gracias a su condición fantasmal.

    De repente, llamaron al teléfono y la muchacha descolgó sin perder un momento; Echenique se había confundido de número al llamar al “coletas”.

    Stephen recordó su amada silla y, ésta, apareció de repente en forma de holograma en mitad del jardín. Las carreritas que habrían echado entre Echenique y él, si se hubiesen conocido estando los dos vivos. Entonces Stephen se aproximó a su silla y, con una mano espectral, acarició las suntuosas curvas de la misma.

      Te he echado de menos, amiga mía —susurró Hawkins con pesar.

    ¿Querías algo? —preguntó Leoncia Hermione Lucrecia Pascuala Ruperta María Ana Franciascana Segismunda Leovigilda Eusebia, que era la desgraciada joven de la casa.

    Solo quería ver mi antiguo hogar, se acerca Halloween y, por ello, se me permite vagar entre estos viejos muros de ladrillo y piedra —respondió el fantasma.

    Ah, es cierto. Mi tío me habló del antiguo dueño de esta casa, me dijo que era famoso. Él tampoco está entre nosotros. Descubrió un antiguo baptistero romano en uno de sus viajes y, gracias a ello, se hizo rico y compró esta mansión para nosotros. Era arqueólogo y al morir me la dejó en herencia.

    Vaya suerte que tuvo tu tío, maja.


    Mientras la joven dejaba de alimentar a la planta carnívora y se marchaba al salón, para tocar música tecno en su viejo piano de cola, a unos metros más allá… en la calle del asesinato, el inspector López seguía dándole vueltas al asunto de los zombis, los Gómez y el pizzero medio androide que había perdido la cabeza en el porche.

    Alfons recibió una llamada de la morgue. Kiara, la jefa de la científica, le pedía urgentemente que acudiese en su ayuda y fuese al laboratorio. ¿Para qué? No se lo dijo, por lo que tendremos que acompañarle, si queremos averiguarlo.

    Kiara no daba crédito a lo que estaba viendo, la familia Gómez intentaba comerles a todos el cerebro. La morgue estaba patas arriba y el pobre aspirante a Thor, luchaba con todas sus fuerzas contra los muertos vivientes; aunque no usaba un martillo, más bien un extintor.

    En uno de esos movimientos, el doble de Chris Hemsworth se tropezó con una mesa y cayó al suelo, pero antes de ser mordido por uno de los monstruos, Kiara llegó en su ayuda con un dildo en una mano y una sierra para abrir cráneos en la otra.

    En ese preciso momento hizo acto de presencia el inspector y comenzó a pegar tiros a diestro y siniestro, por lo que los zombis cambiaron de rumbo de inmediato y fueron directos a atacarlo.

    De repente, un olor nauseabundo comenzó a llenar la sala. Uno de los zombis se había tirado un cuesco, pues… se estaba descomponiendo. Todos se quedaron anonadados, incluidos los demás zombis, que se apartaban de su lado en cuanto aquel aroma les alcanzaba.

    Los no muertos continuaron su avance hacia el policía, mientras los dos de la científica por la puerta trasera se escabullían. López comenzó a disparar hasta quedarse sin balas, incluso tuvo que lanzarles la pistola, pero no sirvió de nada.

    Observó la escena, quería ver si encontraba algo con lo que poder defenderse, pero al no encontrar nada, decidió meterse dentro de la cámara en la que se guardan los cadáveres, hasta que llegase la caballería o alguien le rescatara.

    Allí dentro encontró un saquito de carbón dulce, de esos que los Reyes Magos dejan a los niños malos en la época navideña. ¿Qué hacía aquello allí? Seguramente sería el alijo secreto del doble de Chris Hemsworth, puesto que Kiara era más de pipas saladas.

    Alfons se dio cuenta que, en aquella cámara en particular, los médicos guardaban sus dulces y algún que otro alijo más: un roscón hecho de alubias, cosa que daría bastantes gases al que lo tomase y un montón de tabletas de chocolate. De repente, salió un pequeño fantasma de color verde con los morros llenos de cacao, asustando al inspector que dio un vuelvo y un grito desgarrador. ¿Había muerto por un empacho o se lo habría comido todo tras cruzar al otro lado?

    También había una caja de compresas marca “Vampiro” y un par de crucifijos, por si alguno de los muertos estaba muy vivo, cosa que ahora no sonaba tan descabellada. Por lo que Alfons, viendo que nadie iría en su busca, cogió uno de los crucifijos y salió empuñándolo, a la par que lanzaba chocolatinas a diestro y siniestro contra los escépticos zombis, que no podían creer lo que estaban viendo.

    Los no muertos eran golpeados por las chocolatinas, pero no sufrían ningún daño, aunque sirvió como distracción el tiempo necesario, para que Alfons saliese y se pusiera tras la puerta de cristal a salvo. Intentó bloquear aquel armazón de metal y cristal irrompible, pero no encontraba nada con qué hacerlo, hasta que se fijó en el mocho que había junto a la puerta del cuarto de las escobas y aquello le salvó el pescuezo.

    El pobre hombre se sentó en el suelo un momento para recuperar el aliento y se dio cuenta que, en la pared que tenía enfrente, había un calendario en el que salía Falete haciendo salto de pértiga y vestido con un traje de lentejuelas.

    Uno de los zombis estaba apartado en un rincón, lejos del barullo, pues se negaba a comer cerebros al ser fan de Crepúsculo. El no muerto vegano era tuerto y, además, tenía acento mitad vasco y mitad madrileño. ¿Lograría salir en la tercera entrega de ocho apellidos vascos? ¿Contratarían de director a Tim Burton?

 

    A la par que todo esto sucedía en la morgue, la joven de los mil nombres continuaba experimentando con sus plantas carnívoras; buscaba mejorar el suero que había convertido a los Gómez en muertos vivientes, por tener ADN alienígena corriendo por su torrente. Seguramente, lo que no sabréis sea que, ésta jovencita tan peculiar es la prima lejana de Miércoles Addams y, como ellos, tiene la mente un poco perturbada.

    En realidad, la chica de los mil nombres había estado buscando la cura contra las ladillas, pero al experimentar con sus vecinos sin saber que eran extraterrestres, les había convertido en aquella plaga que, lentamente, se extendía.

 

    En otro mundo, al mismo tiempo que se sucedían esos hechos en la Tierra, el pequeño Nicolás llegaba con Gladis a su planeta. El comandante Mendi del planeta Orion les dio la bienvenida en el hangar número dos.

    Al descender de la nave, Nicolasete —como le había apodado la extraterrestre —se quedó impresionado con la calidad del aire de aquel planeta, mucho más puro que el de la tierra. Mendi le pidió ayuda a Nicolás, porque en Orion habían dado los gatos un golpe de estado y se habían apoderado del planeta, en menos que canta un gallo.

    Los gatos querían dominar la galaxia y no había nada mejor que empezar por su casa. El gato Jr. Míguez se había proclamado líder supremo, príncipe de las areneras y dueño y señor de los cubos de basura. Los habitantes de Orion habían sido relegados a una vida de servidumbre y miseria, por lo que necesitaban a un héroe que les devolviese su dignidad y sus tierras.

    Nicolás era un experto charlatán y les convenció de que, si les ayudaba a recuperar su hogar, ellos deberían devolverle a la Tierra con un buen fajo de porros de la mejor calidad y un cargamento de chocolate, del que no se encuentra precisamente en los estantes. Además, tendrían que repartir la misma cantidad de fajos entre los vasallos, el día de su partida en la fiesta que le harían de despedida; si ganaban, claro.

    Comenzaba una nueva era para los habitantes de aquel planeta, la cual siempre sería recordada en los libros de historia como… “La revolución chopera”.

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    En Orión, mientras el pequeño Nicolás se asentaba en sus nuevos aposentos e ideaba un plan para ganar la guerra gatuna sin mover un dedo, el inspector López Camus intentaba erradicar la amenaza zombi en la Tierra, sin acabar convirtiéndose en la merienda de esas fieras.

    Lo que nadie sabía era que el príncipe de los gatos había empezado la rebelión, porque quería cazar a los habitantes del planeta Orion por tener forma de paloma y estar hechos de verduras frescas. ¿Cómo lograría convencer Nicolasete al rey de los gatos para que cambiase su dieta?

 

    En la Tierra, mientras los zombis hippies estaban contenidos temporalmente en el laboratorio de la policía, al otro lado de la ciudad, la ministra de igualdad llamada, Shakira, estaba dando una rueda de prensa frente a las puertas del Congreso. Se había filtrado en internet una colaboración con el presidente de su comunidad de vecinos y Bizarrap, para que los morosos se pusieran al día y pagasen la mensualidad.

    Uno de esos morosos era, ni más ni menos, que el pequeño Nicolás, que había desaparecido del mapa sin dejar rastro alguno. De repente, apareció la jefa de la policía, que no era otra que Carmen de Mairena. La mujer pensó que aquella rueda de prensa se debía a las fotos del trío que Carmen hizo con Leticia Sabater y Abascal unos días atrás, y que un paparazzi había filtrado en la prensa local.

   Perdone, señorita Mairena. ¿Algo que declarar sobre su supuesto romance con Leticia Sabater y Abascal? —Preguntó el reportero más dicharachero, Galindo.

   Te lo como toooodo, cariño, si dejas de decir tonterías. No tienes pruebas al respecto, pero si quieres te paso yo las fotos de mi teléfono —respondió Carmen, antes de sacar la lengua y hacer cosas turbias con ella.

   ¡Carmen, por favor! Cíñase a los acontecimientos relacionados con la desaparición del pequeño Nicolás —le pidió Shakira, algo nerviosa.

   Po zi, chiquilla —contestó Carmencita.

   Disculpe, ministra —comentó un reportero disfrazado de Espinete, montado en un patinete (ya que ese día tocaba colada y no le quedaba nada más que ponerse) —. Me gustaría saber por qué el pequeño Nicolás ha huido del país por una simple deuda con la comunidad de vecinos. ¿A cuánto asciende la cifra?

   La renta que debe serían, aproximadamente, unos mil euros.

   ¿Y cree que por esa mísera cantidad, sabiendo el dinero que tiene en paraísos fiscales, supuestamente, tendría que haber huido?

   ¿Puede estar en Masachuches con su hermano, Nick The Small? —Añadió otra reportera, disfrazada de Obi Juan Que No Ve, el primo español del famoso jedi.

   Podría ser —respondió la ministra y, acto seguido, se giró hacia la jefa de la policía para preguntarle si, en verdad, habían comprobado el círculo más próximo de amigos y familiares del moroso.

   ¿Creen que son ciertos los rumores que dicen que, en lugar de marcharse por la deuda, el pequeño Nicolás se fugó porque la gallina Caponata le había sido infiel con la prima del Monstruo de las galletas? —Quiso saber otro periodista, el mismo que hacía unos meses había salido en un anuncio de una estufa, llamada: The last of us, calienta en un plis plas. .

De repente apareció una furgoneta de reparto de pizzas y se estrelló contra una farola. La música de Daddy el de Barcelona sonaba a todo trapo y los periodistas dejaron la rueda de prensa, para ir corriendo a grabar el accidente que se había producido a escasos metros de la presidenta.

Para su sorpresa, al llegar y comprobar la cabina de la furgoneta, descubrieron que el conductor/pizzero, había perdido la cabeza, descubriendo un montón de cables en su interior, pues era un androide. Y sí, era uno de los robots que Gladis tenía repartidos por todo el globo terráqueo, pues al marcharse de la Tierra había desconectado el wifi, haciendo que se perdiese la conexión entre la nave nodriza y sus robots de última generación.

En la pantalla de la furgoneta se vio un mensaje que decía… “Conexión fallida con la nave nodriza”. Por ello, los periodistas empezaron a volverse locos con la noticia de una invasión alienígena y llamaron apresuradamente a sus respectivos jefes en las diferentes cadenas de noticias. Y no, esto no era un sueño como sucede en los Serrano, más bien era una pesadilla como las de mi amigo Freddy, el de “no me pinches, que te rajo”.

 

Mientras tanto, en casa de la niña de las plantas carnívoras, su secretario, Paolo —alias: Palomo, yo me lo guiso, yo me lo como —, estaba tecleando en su máquina de escribir las palabras que completarían la carta que, la niña turbia, le había pedido que le escribiese a su prima Miércoles. Estaban a jueves, pero no se lo tendríamos en cuenta por todo lo que estaba pasando en aquella región.

    Tras Paolo, había un gran tapiz hecho a mano por las Virgencitas Descalzas en el que aparecía Freddy Kurger arrancándose la cara y mostrando que, en realidad, era el difunto cantante, Freddy Mercury. Junto a él estaba Michael Myers sentado en un sofá y, éste, también se arrancaba la cara para revelar que su auténtico rostro no era otro que… el de Michael Jackson. Ambos estaban visualizando a Jason Statham en una pequeña pantalla de televisión de esas de antaño, con tubo de imagen y antena kilométrica.

La chica de los mil nombres estaba leyendo la versión del top manta de “el señor de los anillos” y, al llegar a la parte en la que los jobitos se encuentran con el tío de Aragón bailando la jota, se dio cuenta que le habían dado gato por liebre, porque aquello no lo había visto en la versión que hicieron para la televisión.

Por ese motivo se fue a su pequeño invernadero a crear un nuevo suero para vengarse del tipo que se lo había vendido. Aún tenía que dar con la cura de las ladillas y la del suero que había convertido a los Gómez en zombis; pero todo eso podía esperar, pues un apocalipsis zombi de vez en cuando, no viene del todo mal.

El agente López salió de la morgue junto a Kiara y al doble de Chris Hemsworth. De repente, escucharon que en las televisiones del Mediamarkt cercano estaban dando la rueda de prensa de Shakira y, al ver que todo el mundo estaba atento a lo que decían, tuvieron la ocurrencia de asistir a ella para dar la voz de alarma.

Al girarse para dirigirse al coche del inspector López, se toparon con Falete, que iba montado en un patinete volador como el de “Regreso al futuro”. López no daba crédito a lo que estaba viendo. ¿Por qué le perseguía por todas partes aquel sujeto?

En ese preciso momento, el doble de Chris Hemsworth se topó con la reina del atragantamiento. La señora turbia les ofreció uno de sus menús a cambio de un buen precio, así tendrían algo que llevarse a la boca en el trayecto hasta la rueda de prensa. El mundo se salva mejor con la panza llena.


A la par que la Tierra se veía envuelta en un suceso apocalíptico, el pequeño Nicolás disfrutaba de ser el salvador del planeta Orion. Le habían cedido un globo para desplazarse por los aires y evitar el ataque de los gatos airados, pero se habían equivocado en la central de Mendina y le habían dado una bicicleta con la bolsita de Glovo a cuestas, en lugar de un artefacto volador.

En la “Revuelta del Choped”, mientras las ratas se alimentaban con los restos de las pizzas que el pequeño Nicolás les había enseñado a preparar a los habitantes de Orion, los gatos revoltosos, encabezados por el dichoso Jr. Míguez —Miguelín para los amigos —preparaban la incursión al palacio real en donde Mendi practicaba squash.

Los gatos decidieron que entrarían por la puerta de atrás de la cocina y eso hicieron. Unos se entretuvieron arrasando la nevera, mientras que otros usaban los cuchillos más afilados como arma. Subieron lentamente la escalera con forma de tortuga, hasta que… los gatos que se habían dado el atracón en la cocina, les adelantaron y les derribaron al pasar a toda prisa.

   ¿Qué hora es? —Preguntó Miguelin.

   Más de las 12 de la noche, señor —respondió el gato subordinado.

   ¡Córcholis! No podemos comer más tarde de las 12, porque se nos cae el pelo y porque estamos en celo. ¡Se han convertido en Cats Queen!

    Entonces, al llegar al final de la escalera… se encontraron con sus camaradas bailando la Macarena. ¿Les habrían descubierto con el alboroto? ¿Lograrían hacerse con Mendi y el palacio presidencial? ¿Podría el pequeño Nicolás controlar la situación antes de escapar del planeta Orion?

 

    En la Tierra, la prima de Miércoles seguía en su laboratorio, creando un suero contra el vendedor del top manta que la había tangado. El suero, principalmente, se componía de: uñas de Pedro Sánchez, moquitos de zombi, sangre de virgen de la generación de cristal, pelos de gato terrestre, pelos de la coleta del indomable Frankie (mi amigo y moderador), trozos de cinta VHS (si es la de Heidi, mejor que mejor), cerveza kastell donker (extraída directamente de la nevera de 3Ormanowar), pis de saltamontes y otras perlitas.

    De repente llegó el mayordomo con el libro de las sombras de Leoncia Hermione Lucrecia Pascuala Ruperta María Ana Franciascana Segismunda Leovigilda Eusebia, para que recitase el hechizo que, no era otro que… la canción de David Bowie, Golden years.

    Un humo rosa chicle surgió del caldero e inundó la estancia de un olor almizclado. Al otro lado, en una mesa de gran tamaño, se encontraba un alambique en el que se estaba procesando el suero contra los zombis hippies, pero faltaba un ingrediente esencial para que la mezcla pudiese hacer efecto y… no era otro que la sangre infectada por Covid del ratón más famoso del mundo, Mickey Mouse.

 

    Al otro lado de la ciudad, mientras las pócimas se cuajaban en la antigua casa de Stephen Hopkins, Shakira y Carmen de Mairena vieron llegar al inspector López y a su séquito. López se acercó en su Twingo a Shakira, pero ésta, creyendo que era Piqué, salió por patas en su Ferrari y se acabó yendo a pique en un cenote por exceso de velocidad. Carmencita recibió a los agentes y cuando vieron que Shakira estaba en problemas, le pidieron a Galindo que la sacase del coche y la llevase a urgencias.

    De repente, los droides comenzaron a inundar la zona y el que estaba en la furgoneta salió de ella sin cabeza, pues habían logrado conectar con otra nave nodriza, que se dirigía a la Tierra en busca de cervezas. Manowar “el extraterrestre”, primo de Mendi y residente en el planeta Hocantaro, se dirigía a la Tierra a por un suministro de cerveza de lo más variado, ya que se había cruzado con un mensaje intergaláctico que decía:

    <<2x1 en cortes de pelo en la calle “Pollo, pollo” y un barril de la mejor cerveza a cambio de un buen rapado. >>

    Manowar decidió descender en las proximidades de aquella calle y buscar a alguien que le acompañase para raparse. ¿A quién escogería? Como salido de la nada apareció Falete con su patinete y el extraterrestre supo que sería el compañero perfecto para cortarse el pelo y salir de farra tras comerse al peluquero.

    Continuará…

viernes, 3 de febrero de 2023

Escribiendo microrrelatos improvisados con el chat. Parte 1

    En esta ocasión y para celebrar el día de... "leer en voz alta", le pedí a mi chat de Twitch que me dijesen algunas palabras para crear microrrelatos durante el directo. Yo me disfrazaría de aquello que me pidiesen y estuviese relacionado con el microrrelato que estuviese haciendo en cada momento y, esto, fue lo que creamos en esas dos horas. 

    Las palabras que me pidieron que utilizase están subrayadas y en cursiva dentro de las historias. 
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El deseo de un hada

    Cuando el universo no era más que una mota de polvo en el espacio vacío, una pequeña hada de los deseos le ofreció a Zeus aquello que más deseara, por supuesto, a cambio de darle a ella algo que amara. De repente, el dios de dioses se levantó de su trono y, con su poderoso rayo, lanzó una ráfaga que recorrió el vacío, creando las estrellas en las que hoy vivimos.

    Cuando el hada fue a preguntarle lo que él dios más deseaba, este le dijo que soñaba con ser adorado por todas las criaturas que él creara. El hada se quedó pensativa y le concedió lo que pedía, poco después, le preguntó por el ser que podría amar con toda su alma y que Zeus le había prometido en aquella antigua cháchara. El dios le respondió que podría elegir, de entre todos los animales que había creado, el que más le gustara.

    El hada paseó por cada mundo, intentando encontrar aquel ser con el que más se identificaba y, de repente, al llegar a la Tierra, encontró la paloma de la paz que con su vuelo y su cantar a todo el mundo alegraba.

    Y ambos fueron felices, el hada con su paloma y Zeus con la adoración que su nombre provoca.

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El vaquero

    Sentado en su pequeña mecedora de madera, un viejo vaquero de los que ya apenas quedan, observa el horizonte en el porche de su pequeño rancho a las afueras de Texas. De repente, un coyote aparece en lo alto de una de las elevaciones rocosas, que se encuentran a varios kilómetros de distancia y a aullar comienza.

    El vaquero estira el brazo y recoge su escopeta, pues aquella  es una señal clara de lo que le espera. Su familia se marchó de aquellas tierras, debido a los indios que las pueblan; pero él no dejará de luchar por la tierra que tanto sudor, sangre y lágrimas derramó para mantenerla.

    Se escuchan los gritos de guerra, los cascos de los caballos, y, el viejo vaquero morirá luchando, como siempre, con las botas puestas.

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El exorcista

    En las paradisiacas playas de Hawai, un joven exorcista residente en Bombai, se sienta en la arena con las manos manchadas de sangre, Su trabajo es muy duro y apenas gratificante. Por cada demonio que combate, surgen otros tres a los que exorcizar, como la Hidra de Hércules a la que fue casi imposible de matar.

    Si tan solo hubiese luchado un poco más, aquella joven seguiría con vida o, por lo menos, su alma en el paraíso descansaría.

    Una ola le golpea los pies y al mirar al horizonte, descubre que todo está en llamas a su alrededor; pues… la joven en el exorcismo, no fue la única a la que el demonio mató.

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La espada y el charcutero

    En un hermoso pueblo pesquero, vivía un charcutero que había perdido a su familia durante la guerra. La pandemia que llegó después arrasó con todos, dejándole a él solo en el mundo con su negocio.

    Una noche que regresaba a su casa en la montaña, se topó con una luz proveniente de una gruta cercana. Decidió acercarse a comprobar aquello que brillaba y se encontró con una espada en la piedra clavada.

    El hombre decidió cogerla para cortar la carne en su negocio, pues se notaba que la hoja estaba bien afilada y no tendría que comprar nuevos cuchillos en una larga temporada. De repente, al tocar el mango de la espada, sus peores pesadillas le llegaron a la mente  y le hicieron retorcerse; pues recordó la forma en que había despedazado a su familia, para vendérsela a los clientes.

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La escritora  y el fantasma

    Los dedos de la joven promesa de la literatura romántica, vuelan por el teclado de su vieja máquina de escribir. Es amante de lo clásico, le gusta el café recién hecho por las mañanas y sueña con ver al hombre tan apuesto, que vio en aquellas fotografías en blanco y negro, aparecer en su puerta con un buik negro.

    De repente escuchó el motor de un coche detenerse junto a su ventana y, al asomarse para ver quién llegaba a su morada, descubrió que era el mismo hombre que había visto en el museo, cuando lo visitó la semana pasada.

    ¿Cómo podía ser cierto? Aquellas fotografías tendrían varias décadas a sus espaldas. ¿Quién sería aquel caballero que la sonreía, apoyado en la carrocería de aquel auto clásico y que tan bien se conservaba? ¿Acaso era producto de su imaginación o se trataba de un auténtico fantasma?

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El laberinto

    Marisol miró hacia el cielo encapotado y pensó que sería imposible escalar el muro que tenía enfrente. Aquel laberinto en el que aquel hombre la había encerrado, se volvía más y más enrevesado con cada nueva trampa que lograba esquivar.

    De repente llegó a una intersección y descubrió un agujero en el suelo, el laberinto estaba en obras y aún no había sido construido por completo. ¿Cómo saldría de allí si la salida estaba al otro lado ¿Lograría atrapar el queso entre sus patas, sin morir en el intento?  Y si lo lograba, ¿la librarían del siguiente experimento?

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Elsa al cuadrado

    Cuando Elsa Pataky recibió la oferta de aquella nueva versión real de Disney, no podía creerse la suerte que había tenido al toparse con el director, días antes en el rodaje de su marido. No soportaba mucho el frío, pero por los millones que cobraría al hacer de Elsa —la de Frozen —en la película de acción real, merecía el esfuerzo.

    Pero cuando descubrió que sería David Bisbal quien haría la banda sonora, decidió declinar la oferta para seguir haciendo ejercicio con los canguros de la zona. Entonces, un balón le golpeó en la cara y se despertó del profundo sueño en el que se encontraba, en la espléndida terraza de su casa.

    Todo aquello había sido un sueño, al igual que le pasó a Resines en cierta serie que no mencionaremos.


FIN

Un milagro por Navidad

 

    Cuando Álvaro se despertó aquella mañana, unos días antes de Navidad, lo hizo con una gran sonrisa de oreja a oreja. Los demás niños revoloteaban a su alrededor sin parar, saltando de cama en cama y, rebuscando entre sus desvencijadas ropas, algo que poder ponerse encima del pijama; estaban deseosos por salir al jardín a jugar con la nieve, que no había dejado de caer en toda la noche.

    Soñaban con los manjares que podrían degustar en Nochebuena y los dulces que, en aquel lugar, solían escasear. La luz había subido demasiado y tan solo podían calentarse, mediante un par de estufas los días más fríos del invierno; por suerte para los pequeños, aquel era uno de ellos.

    Mientras Álvaro se vestía y se ponía las botas, observó a una de sus “hermanas” pequeñas llorando en un rincón junto a la estufa. El niño terminó de vestirse y se acercó a ella lentamente, para no sobresaltarla.

    ¿Qué pasa, María? ¿Por qué lloras? —Le preguntó con delicadeza, mientras se dejaba caer a su lado en el suelo.

    Echo de menos a mis padres —dijo la pequeña niña entre sollozos.

    Lo sé, pero nos tienes a nosotros.

    ¡Quiero a mis padres! —Se quejó y entonces, se echó a llorar en los brazos de su “hermano”.

    Tú al menos conociste a tus padres, yo era demasiado pequeño para recordar a los míos. También murieron en un accidente de coche o… eso me dijeron.

    ¿Por qué tuvieron que morirse?

    Buena pregunta.

    ¿Por qué nos dejaron solos?

    No creo que lo hiciesen a propósito. Seguramente nos estén cuidando desde el cielo.

    ¿Cómo lo sabes? —Preguntó la pequeña alzando la vista, mientras se limpiaba la nariz con la manga del pijama.

    Porque no estamos solos, nos tenemos los unos a los otros y… quién sabe, a lo mejor encontramos a una familia con la que poder pasar esta Navidad.

    ¿Cuánto tiempo llevas esperando a una familia nueva?

    Mucho tiempo, pero eso no te pasará a ti, porque eres una niña muy buena y seguro que te adoptan enseguida.

    Tú también eres bueno y siempre nos cuidas.

    Porque soy el mayor, es mi obligación. Ya tengo doce años.

    ¿Por eso no te adoptan?

    No es eso. Si yo me fuese… ¿quién cuidaría de vosotros?

    Las señoritas.

    Ya, pero les dais mucho trabajo y necesitan de mi ayuda.

    ¡No quiero que me adopten!

    ¿Por qué dices eso? —Preguntó el huérfano, pues aquella afirmación le había pillado por sorpresa.

    Porque no quiero alejarme de ti.

    No te preocupes, que iré a visitarte.

    ¿Me lo prometes?

    Lo prometo. Ahora ponte el abrigo y las botas, porque, mientras preparan el desayuno, vamos a fabricar un muñeco de nieve en el jardín.

    ¡Sí!

    ¡Corre! —Y la pequeña le hizo caso, pues aquello le había devuelto la ilusión; al menos por un rato.

La Navidad en un centro de acogida no era tan divertida como en una casa con una familia normal, regalos y una buena chimenea o calefacción; pero, aquellos huérfanos la disfrutaban al máximo. Las voluntarias que acudían allí casi todos los días —para ayudar a las monjas a cuidarles —intentaban hacerles olvidar todo lo malo que habían pasado en su corta vida.

Algunos habían perdido a sus padres en accidentes o graves enfermedades y otros habían sido rescatados por los servicios sociales, incluso más de uno había sido abandonado a las puertas del orfanato en un cesto o recogido de la basura. ¿Cómo puede alguien hacer algo así con sus propios hijos?

En aquel centro no había dinero para regalos caros, ni grandes comilonas de las que llenan el congelador de tupers durante meses, pero al menos estaban a salvo y tenían un techo bajo el que cobijarse. Cada año celebraban el amigo invisible por Navidad con mucha imaginación, cartulina y extra de purpurina.

Para comer solían tener las sobras que un restaurante cercano les proporcionaba cada Nochebuena y, de postre, un bastón de caramelo de la tienda de la esquina; pues aquel viejecito recordaba los días que pasó en aquella misma situación y el hambre que tenía.  

Álvaro era el mayor niño en adopción que quedaba en el centro. Nunca había tenido suerte. Nadie se había fijado en él. Siempre hubo un niño más guapo o más alto, con más carisma y desparpajo o incluso más listo que aquel niño abandonado; pero tan bueno era Álvaro, que procuraba esconderse a la hora de las visitas para que adoptasen a sus “hermanos” antes que a él. Tenía un corazón de oro, como decían las señoritas que le cuidaban en aquel orfanato, lo malo era que casi nadie se tomaba el tiempo de comprobarlo.

    ¿Dónde te metiste? Te has perdido la selección —le decía siempre Marta, la joven que más se preocupaba por él (una chica universitaria que colaboraba como voluntaria los fines de semana, siempre que su carrera de psicología le permitiese hacer una escapada).

    Estaba por ahí.

    ¿Por qué? ¿Acaso no quieres que alguien te adopte? ¿Tener una familia?

    ¡Claro que sí!

    Entonces… ¿por qué desapareces?

    Porque ellos lo necesitan más que yo.

    Eso no es cierto. Todos lo necesitáis. Ellos serán adoptados a su debido tiempo, cuando llegue una familia hecha a su medida. ¿Por qué tú no puedes correr la misma suerte?

    Llevo demasiado tiempo aquí, desde que tengo uso de razón y, si no me han adoptado ya… dudo que lo hagan.

    No tienes que perder la esperanza.

    Lo sé y no lo hago; pero… es difícil mantener la esperanza, sobretodo en estas fechas.

    Eres un niño muy bueno, te mereces una familia que te quiera, un gran árbol de Navidad y un montón de juguetes con los que poder jugar con la barriga llena.

    Y ellos también. Además, nuestro árbol está bien y los bastones de caramelo del viejo de la esquina están muy ricos —dijo, mirando a aquel pequeño trozo de azúcar que colgaba del árbol de plástico despeluchado y que estaba cargado de adornos viejos y medio desconchados.

Cada año, cuando se acercaba la Navidad, se producía esa misma conversación entre Marta y Álvaro; ya era incluso una especie de tradición. La joven estudiante hubiese adoptado al pequeño en más de una ocasión —de haber tenido los ingresos mínimos necesarios para hacerlo —, pero su solicitud siempre había sido rechazada en el último momento.

Se le partía el corazón cada vez que le veía despedirse de sus hermanos adoptivos a través de la ventana de su cuarto. Por allí pasaban muchos niños cada año, pero Álvaro parecía estar anclado al orfanato. 

De repente, cuando Álvaro y María salían por la puerta que daba al jardín, se toparon con un hombre alto vestido con una gabardina negra, que llevaba un paraguas en la mano. El pequeño alzó la vista y sus ojos se encontraron con dos esmeraldas que le observaban desde lo alto.

    Niños, tened cuidado; hace mucho frío ahí fuera.

    Vamos abrigados —respondió Álvaro.

    No del todo. Toma, ponte tú esta bufanda al cuello y dale a ella los guantes. Si va a jugar con la nieve, se le pueden quedar helados los dedos —le dijo al pequeño, entregándole las prendas.

    Me quedan muy grandes —respondió la pequeña, tras probárselos.

    Es cierto, pero al menos no se te congelarán los dedos.

    ¡Esperad! —Se escuchó decir a Marta, que venía a la carrera con un mandil lleno de manchas. Había escuchado la campanilla que había colgada en la puerta y salía a prisa para recibir a las visitas—. Toma los míos, creo que te quedarán menos grandes y, así, esos puedes devolvérselos al señor. ¿Cómo se dice?

    ¡Gracias! —Dijeron los dos niños a la par y salieron corriendo.

    No hay que darlas —respondió el hombre, pero los niños ya se habían perdido en la blanca espesura de la nieve, que cubría todo el patio delantero de la casa.

    Perdone, ¿quién es usted? —Preguntó Marta, quitándose el mandil y dejándolo sobre una silla del recibidor.

    Soy el nuevo director del centro, me llamo Jorge —respondió, mientras sonreía y le quitaba un pedazo de masa de galletas a la joven del pelo.

    Perdone, estaba haciendo galletas para los niños y no le había reconocido. Bienvenido, pase. Me llamo Marta y soy una de las cuidadoras voluntarias.

    Encantado de conocerte, Marta. Tutéame, por favor.

    Está bien. ¿Quieres que te enseñe todo esto?

    Sí, estaría bien.

    Por cierto, siento lo de tu padre. Adoraba a estos niños.

    Lo sé, por eso estoy aquí. Quiero continuar con su legado, aunque no sé cómo lo voy a lograr, pues he de compaginar mi trabajo con este otro —respondió y por poco se le quiebra la voz al hacerlo. Ocultaba algo y la joven se había dado cuenta.

    ¿A qué te dedicas?

    Soy abogado.

    Bueno, espero que encuentres la mejor manera de compaginar ambas cosas, por el bien de estos niños.

    ¿Comenzamos la visita? —Dijo Jorge, cambiando de tema.

    Claro.

Jorge trabajaba en uno de los mejores bufetes de abogados de la ciudad y, pese a querer cumplir la última voluntad de su padre y cuidar de los huérfanos, sabía que sería tremendamente complicado. Su padre era un ángel, o así le apodaban todos aquellos que le habían conocido en algún momento; pero las deudas que había dejado tras su muerte, ascendían a una suma tan grande que —sin un milagro navideño —, tendrían que cerrar el centro antes de llegar a Enero.

¿Qué podría hacer él para evitarlo? Llevaba semanas al teléfono intentando buscar una solución, pero solo se encontraba con un escollo tras otro. ¿Qué sería de todos aquellos niños, si se veía obligado a cerrar el orfanato?

Cuando llegaron al despacho de su padre, se acercó al escritorio de caoba y comenzó a acariciar la superficie de madera. Aquel tacto le resultaba familiar. Había pasado muchas horas correteando por aquellos pasillos, mientras su padre trabajaba y su madre le dejaba a su cargo, por lo que, aquello, se había convertido en su segundo hogar. Acto seguido llegó hasta la silla y, tras acariciar la tela deshilachada de color marrón, se sentó en ella y suspiró.

    ¿Qué sucede? —Preguntó Marta.

    Creo que tendremos que cerrar el orfanato a finales de año.

    ¿Qué? ¿Por qué?

    Mi padre lo dio todo por este lugar y estos niños. Hipotecó su casa varias veces, pidió miles de favores y, ahora que ha muerto, no sé cómo afrontar la deuda que ha contraído en todo este tiempo.

    ¿A cuánto asciende la deuda?

    Más de seiscientos mil euros.

    ¿Cuánto? ¡No me lo puedo creer!

    Así es. Llevo semanas encerrado en casa haciendo números y, aunque vendiese mi casa y pidiese un préstamo, cosa que pienso hacer, solo serviría para salvar la deuda; no puedo mantener esto abierto.

    ¿Cómo contrajo tu padre esa deuda?

    Un centro así lleva muchos gastos y jugó todas sus cartas antes de morir, para mantener a estos niños  a salvo el máximo tiempo posible; pero, ahora… y tras la muerte de mí madre un año antes, me toca pagar todo esto a mí y no sé cómo.

    ¿De verdad vas a vender tu casa?

    No me queda otra, por suerte tengo un buen trabajo y no necesito pagar a un abogado que me lleve los trámites. Puedo quedarme en casa de un amigo una temporada, pero tampoco quiero abusar. Aunque, como digo, eso solo sirve para pagar la deuda, no para mantener el orfanato.

    ¡Menuda casa debes tener! ¿Y los niños? ¿Qué será de ellos?

    Tendré que vender algo más que mi casa, por eso me quedo en la calle y estoy aquí. Tú los conoces mejor. ¿Crees que podríamos hacer algo para que adoptasen a la gran mayoría de niños antes de Año Nuevo? El resto tendrá que irse a otros centros de acogida.

    ¡¿Qué?! Es una locura.

    De los trámites me encargo yo y tengo contactos en adopciones, pero como organizador de eventos soy un desastre.

    ¿Cómo vamos a hacer que adopten a treinta niños antes de Enero?

    No lo sé, pero no podemos dejarles en la calle. ¿Me ayudarás a idear algún plan? Estoy por vender uno de mis riñones si es preciso, pero me gustaría conservarlo, sobretodo, ahora que tengo que dormir al raso.

    ¡Claro que te ayudaré! Y no pienso permitir que estos niños pasen la Navidad en a la intemperie y tú tampoco. Si de verdad vas a vender hasta tu casa para pagar la deuda que tu padre contrajo por ellos, lo menos que puedo hacer es pedirte que te quedes en mi apartamento.

    ¿Cómo? Si no me conoces de nada.

    Lo sé, pero alguien que hace algo así por unos huérfanos, no puede ser mala persona. Otro hubiese vendido el centro y hubiese echado a los niños a la calle en Navidad, sin contemplaciones. Tú quieres hacer lo posible porque encuentren un hogar y pienso ayudarte.

    No sé, yo…

    Mira, mi compañera de piso se ha ido hace poco, le ha salido un trabajo en Andalucía y yo estoy buscando un nuevo compañero de piso. ¿Por qué no? Tienes un buen trabajo y puedes pagarme un alquiler.

    ¿Dónde está tu piso?

    Cerca de la Universidad.

    Pues no me pilla lejos del bufete de abogados, podríamos probar una temporada a ver qué tal nos va.

    Me parece bien. Esta tarde, cuando salga de aquí, te ayudaré con la mudanza.

    No voy a poder llevarme muchas cosas, lo he vendido casi todo.

    Mejor, así no nos llevará mucho tiempo.

    No hay mal que por bien no venga, ¿no? —Y ambos se echaron a reír.

    ¿Cómo se lo vamos a decir a los niños?

    No lo hagamos todavía, esperemos a después de Navidad. No quiero chafarles las fiestas y, de todas formas, aún no tenemos ninguna solución al problema.

    ¡Lo tengo!

    ¿El qué? ¿Ya? ¡Qué rapidez!

    Podemos hacer una fiesta de Navidad e invitar a los posibles adoptantes para que estén con los niños ese día y vean lo bien que podrían estar si los adoptasen.

    ¿Una gala benéfica? ¡Es una idea estupenda! ¿Crees que podríamos organizarlo a tiempo? Solo faltan cinco días para Navidad.

    Ahora somos compañeros de piso, podremos echarle horas extra al asunto.

En ese momento en el que Marta y Jorge hablaban, el pequeño Álvaro estaba detrás de la puerta escuchando sin querer. Había ido a devolverle la bufanda a aquel hombre tan amable, para no mancharla a la hora de hacer ángeles en la nieve; pero… al escuchar aquella conversación, sus ojos se llenaron de lágrimas y permaneció inmóvil, sin decir una sola palabra.

¿De verdad tendría que despedirse de sus hermanos? ¿Qué sería de él? ¿Lo echarían a la calle después de Navidad? Nadie había querido adoptarle antes, ¿por qué iba a ser ahora diferente?

…………………………………..

 

Los días pasaron y llegó la mañana previa a la Navidad. Todos estaban ilusionados porque aquella noche se celebraría una gran fiesta en el orfanato y a muchos los podrían adoptar. Los niños prepararon sus mejores galas y las voluntarias, junto a las monjitas que los cuidaban, arreglaron la entrada con un montón de adornos que Jorge había logrado rescatar en la mudanza.

Tan solo había tres personas en aquel centro con el corazón en un puño: Jorge sentía no poder hacer más por aquellas criaturas, Marta estaba destrozada, aunque sonreía para que no se le notara y Álvaro, daba consejos a sus hermanos para que fuesen educados y así quisieran adoptarlos.

De repente, la pequeña María salió del centro gritando y llorando hasta la calle, pero solo Álvaro se dio cuenta y salió tras ella. No llevaba abrigo y fuera estaba nevando, pero si se entretenía buscándolo, perdería de vista a la niña que seguía corriendo sin parar.

Cruzaron varias calles hasta que, de repente, María se detuvo en medio de la calle.

    ¡María! ¿Por qué has salido sola del orfanato? ¿Qué sucede? —Preguntó el niño al llegar a su altura.

    Creí haber visto a mi mamá, pero no era ella.

    Tu madre murió.

    Lo sé, pero pensé que era ella. Vi a una señora con un abrigo como el de mi mamá y salí corriendo.

    Al menos tienes tu abrigo, hace mucho frío. Será mejor que regresemos al orfanato —pero, tras mirar a su alrededor… se dio cuenta que no sabía dónde se encontraban.

    ¿Nos hemos perdido?

    No, pero daremos una vuelta ya que hemos salido. ¿Te parece bien?

    ¿No tienes frío?

    ¿Yo? ¡No! —Aunque los labios morados del pequeño y la tiritona que recorría todo su cuerpo, decían todo lo contrario.

    Mientras tanto, en el orfanato…

    Marta comenzaba a impacientarse, hacía tiempo que no había visto a los dos pequeños y decidió revisar el centro de arriba abajo. Jorge, que no había podido apartar la mirada de ella desde que habían salido de casa —tras verla con aquel vestido negro ceñido —, sintió que algo andaba mal y fue tras ella.

    Marta, ¿estás bien?

    Sí, pero no encuentro a dos de los niños.

    ¿Cuáles?

    Los que te cruzaste el otro día a tu llegada. De Álvaro me lo esperaba, pues siempre se esconde para que adopten antes a sus compañeros, pero de María… ¡Le encantan los dulces y aquí hay para un regimiento!

    Quizás estén juntos escondidos.

    Si conocieses a María como yo, sabrías que no sería capaz de apartarse de la mesa de los dulces en toda la noche.

    Pues entonces busquémoslos. Tú mira por esta planta y yo bajaré a la otra, a lo mejor están en el jardín.

    De acuerdo —y eso hicieron.

    Jorge rebuscó por toda la planta baja, entre la multitud que no dejaba de llegar, mientras que Marta barría la planta de arriba con la mirada y buscaba hasta detrás de las plantas.

    Varios minutos después se encontraron nuevamente en la escalera y la hermana Asunción se acercó a ellos, porque intuía que algo no iba como debería.

    Hermana, nos faltan dos niños —dijo Marta.

    ¿Cómo es eso posible?

    El abrigo de María no está, pero el de Álvaro sí y la puerta está abierta; aunque puede que sea porque no deja de entrar y salir gente —añadió la joven.

    ¿Qué hacemos, Dios mío? —Rezó la hermana.

    Saldremos a buscarlos. ¡Coge tu abrigo, Marta, no deben andar lejos! —Y entonces Jorge tomó la mano de su compañera de piso y ambos salieron por la puerta del centro más rápido de lo que el mismísimo Flash lo hubiera hecho.

    Se patearon todas las calles cercanas al orfanato un par de veces y, al ver que no había ni rastro de los muchachos, comenzaron a pensar más a lo grande. ¿A dónde irían dos niños pequeños el día de Nochebuena?

    Quizás a ver el árbol del centro.

    O a patinar sobre hielo.

    ¿Sin abrigo?

    Quizás se llevó el de otro niño.

    No tienen dinero, ni forma de comunicarse con el centro. ¿Y si les ha pasado algo?

    Tranquila, seguro que estarán bien, Álvaro es un niño muy listo y cuidará de María.

    Lo sé, pero tengo miedo de que alguien pueda hacerles daño, contra eso poco puede hacer.

    Será mejor que sigamos buscando. ¿A dónde vamos primero? ¿Al árbol?

    No, mejor al lago, tienes razón. Hace mucho que los niños no salen solos del centro y pueden haberse perdido, pero el lago al que les solemos llevar a patinar cuando hace más frío, está cerca de aquí y puede que Álvaro se acuerde.

    Es una buena idea, si recuerda dónde está el lago, puede acordarse de cómo llegar al orfanato desde allí. ¡Vayamos!

Mientras tanto, en el lago…

    La pequeña María estaba muy triste, no podía dejar de llorar; por ello, cuando Álvaro vio aquel lago helado al que solían llevarles en los días más fríos, recordó la cara de felicidad de la pequeña al patinar sobre hielo por primera vez.

    ¿Sabes una cosa? Podemos jugar en el hielo un rato antes de volver a la fiesta. ¿Quieres?

    ¡Sí! Pero no tenemos patines.

    No nos hacen falta, podemos deslizarnos despacio y con cuidado, para no caernos y hacernos daño.

    ¡Vale! ¡Yo primera!

    ¡Espera! ¡Antes hay que comprobar el estado del hielo! ¡María!

Pero ya era tarde, el hielo comenzó a resquebrajarse bajo los pies de la pequeña y, en cuestión de segundos, desapareció por completo bajo las frías y oscuras aguas congeladas. Álvaro se lanzó a por ella y consiguió alcanzarla, antes que se perdiera para siempre bajo la superficie helada. Al salir a flote, intentó auparla para sacarla del agua, pero el hielo estaba muy débil y la niña no podía agarrarse a nada. 

De repente, Álvaro creyó escuchar una voz que le decía que aguantara. ¿Sería real o se la imaginaba? Entonces algo tiró de la pequeña, sacándola del hielo y unos fuertes brazos le agarraron a él del jersey, antes que las fuerzas le abandonasen por completo.

    ¡Están bien! ¡Están a salvo! —Gritó Marta, mientras era arrastrada de los pies por Jorge, a la par que ésta arrastraba a los dos niños, que no dejaban de tiritar.

    La joven pesaba menos, por lo que había sido ella la encargada de arrastrarse por el hielo hasta llegar a los pequeños. Habían escuchado los gritos de Álvaro cuando se acercaban al lago y, por ese motivo, habían llegado tan rápido.

    ¿Estáis bien? ¡Estáis helados! —Dijo Jorge, quitándose el abrigo y colocándoselo a Álvaro por encima, al igual que hizo Marta con María.

    Vayamos a casa y allí os calentaréis.

    ¿Al orfanato?

    No, mejor a casa. No queremos estropear la fiesta y, además, necesitáis un lugar donde descansar. Llamaremos al médico cuando hayais entrado en calor.

    Me parece bien. Os haré un chocolate caliente y comeremos pasteles. ¿Queréis?

 

Pocos minutos después los niños estaban acostados en la cama de Marta, durmiendo como dos angelitos, mientras los dos adultos les observaban desde el marco de la puerta.

    Duerme en mi cama, yo dormiré en el sofá —dijo Jorge.

    Ni hablar, puedo dormir en el sofá, no está tan mal.

    Es tu casa, qué menos que te ceda la cama.

    No es necesario. Además, pagas un alquiler.

    No me vas a hacer cambiar de idea.

    Tú a mí tampoco.

    ¿Qué vamos a hacer ahora?

    He hablado con la hermana Asunción y me ha dicho que la mayoría de niños han sido adoptados en la fiesta y de los que quedan, la mayoría ha recuperado a sus familias.

    ¿Cómo?

    Algunos fueron arrebatados a drogadictos o alcohólicos, pero se han rehabilitado y les han concedido de nuevo la custodia, por lo que volverán a casa bajo vigilancia.

    ¿Y ellos dos?

    No lo sé, he intentado adoptar a Álvaro en más de una ocasión, pero mis ingresos no son suficientes y me han rechazado como adoptante.

    Pero yo tengo buenos ingresos.

    Pero no una casa, al menos no una en propiedad.

    ¿Y si los adoptamos juntos?

    No somos familia.

    Podríamos… serlo.

    ¿Estás insinuando lo que creo que estás insinuando? —Preguntó Marta totalmente sorprendida.

    Sé que parece una locura, nos conocemos de hace unos días y vivimos juntos desde hace menos, pero… siento una conexión contigo como no he sentido por nadie. Recuerdo lo que me dijo mi padre el día en que le pregunté, cómo supo que mi madre era la indicada…

    ¿Qué te dijo? —Preguntó la joven, pues aquella pausa duraba demasiado.

    No se puede expresar con palabras, tan solo es algo que sabes en el fondo de tu corazón. Tienes la certeza de que tu vida no tiene sentido sin ella y eso, me está ocurriendo contigo en este momento. Yo…

    ¡Sí!

    ¿Perdona?

    Que sí, me casaré contigo. Yo siento eso mismo.  

    ¿Lo dices en serio? Pensaba que me tacharías de loco y me echarías de tu casa tan solo por insinuarlo.

    No sé lo que nos deparará el futuro, pero me gustaría comprobarlo contigo de la mano. Además, de ese modo podemos darles un hogar a esos dos angelitos. ¿No crees?

    ¡Sí, por favor! —Dijo Álvaro, levantándose de golpe al escuchar aquella afirmación.

    ¿Tú no estabas dormido? Es de mala educación escuchar las conversaciones ajenas —le recriminó Jorge, intentando aguantarse la risa.

    También lo es ponerse a hablar cuando alguien duerme justo al lado.

    ¿Qué pasa? —Preguntó la niña al despertarse.

    ¡Nos van a adoptar ellos!

    ¿Sí? —Y los dos niños se abrazaron.

    ¿Os parece bien? —Preguntó Marta.

    ¡Sí! —Dijeron los pequeños al unísono y saltaron de la cama para abrazar a sus nuevos padres adoptivos.

Lo que vino después os lo ahorraré, pero aparte de muchos trámites y deudas que pagar, al final pudieron celebrar los cuatro juntos, como familia, la siguiente Navidad.

 

FIN