viernes, 11 de marzo de 2016

The traveling worlds. Capítulo 4



...RECAPITULEMOS...


Me llamo Thomas Hardison y soy profesor de ciencia e historia en la distinguida Universidad de Oxford. Mi vida solía ser como la de cualquier persona de a pie, iba del trabajo a casa y de casa al trabajo, poco más, pero un día todo cambió. Un medallón, una tormenta eléctrica y voialà, toda mi vida se va al traste en cuestión de segundos. Ahora estoy viajando a través del tiempo y el espacio, por lo que parecen ser mundos paralelos. ¿Regresaré algún día a mi hogar? No lo sé. No hace ni una semana que me fui y ya comienzo a notar los efectos de viajar en el tiempo. Apenas he dormido unas horas desde hace días y estoy envejeciendo a pasos agigantados, temo no durar lo suficiente como para regresar a mi mundo y...  ¿Qué pasará si consigo regresar? ¿Cómo explicaré lo sucedido?


...EL ESPECTÁCULO DEBE CONTINUAR...


De pronto, noté un dolor intenso en el pecho. Sentía mi piel arder, lo que provocó que abriese los ojos y viese a mi captor. ¿Un extraterrestre? ¡Venga ya! Estaba realizándome una incisión con un láser, intenté escapar, pero estaba atado de pies y manos a una especie de camilla. Grité de dolor, las lágrimas me empañaban la vista y de repente, escucho un disparo y termino bañado de... ¿Esto es sangre azul? ¡Qué asco!


Lonergan: ¡Vamos, sal de ahí viejo!

Thomas: Gracias, pero... ¿Quién eres tú?

Lonergan: ¿Ya te olvidaste de mí? Te acabo de salvar la vida, ya estamos en paz. Aunque nunca pensé que los demonios regresaran tan pronto, después de la paliza que les dimos, hará unos meses.


Los dos hombres corrieron por los túneles, Thomas seguía a su salvador que se movía por aquél lugar como pez en el agua. Al parecer estaban bajo tierra, ya que a los extraterrestres, o demonios como Lonergan los llamaba, no les gustaba mucho la luz del sol. Al salir, los rayos de luz incidieron en el rostro de Thomas y tardó varios segundos en habituarse. ¿Cuánto tiempo llevaba allí metido?


 Echó un vistazo a su alrededor y lo primero que reconoció fue un terreno desértico y árido. Poco a poco, se fue habituando al terrible calor de aquél paraje y a cabalgar a lomos de un caballo de capa castaña, que Lonergan le había prestado. 


Los dos hombres, tras mucho cabalgar, llegaron a un pequeño campamento indio y allí les dieron la bienvenida con cánticos y un fuego.


Thomas: En serio, gracias por salvarme. No entiendo lo que pasa ni quién eres tú, pero gracias.

Lonergan: Puede que estés así un tiempo, a mí también me borraron la memoria cuando me apresaron. Tarde o temprano lo recordarás todo.


Thomas se llevó la mano al cuello, quería cerciorarse que el colgante seguía en su sitio, pero al hacerlo...


Thomas: ¡MIERDA!

Lonergan: ¿Qué ocurre?

Thomas: ¡Mi talismán no está! ¡He de recuperarlo!

Lonergan: ¿Tan importante es? Seguramente, si era de oro,  te lo quitarían esos demonios.

Thomas: He de regresar por él.

Lonergan: ¿Perdiste la poca cordura que te quedaba? Es imposible, esta vez no han venido solos. Están luchando en una guerra mucho mayor, con otros demonios como ellos y han escogido nuestra pequeña Arizona como campo de batalla.

Thomas: ¿De qué me estás hablando?

Lonergan: ¡Sígueme!


Thomas siguió a Lonergan hasta una colina a unos pocos kilómetros de allí, al otro lado parecía estar librándose una guerra épica, por lo que al llegar a la cima tuvieron que permanecer tirados en el suelo tras unos matojos, para no ser descubiertos.


Thomas no daba crédito a lo que veía.


Lonergan: Fíjate en ese grupo de demonios.


El profesor miró en aquella dirección y vio como los extraterrestres acababan hechos trizas en el suelo. ¿Pero cómo? Allí no había nadie más.

De repente, otro ser aún más tenebroso, saltaba sobre la nada y  clavaba su lengua negra dentada en ella. La nada comenzó a parpadear, al igual que un holograma defectuoso y pocos segundos después, un cuerpo cubierto de líquido fosforescente verde, caía al suelo inerte.
 

Thomas apartó la vista, se recostó sobre la espalda y entre suspiros dijo...


Thomas: ¿Qué demonios ha sido eso?

Lonergan: Tú mismo lo has dicho, son demonios y hay tres tipos diferentes.

Thomas: Es imposible luchar contra ellos.

Lonergan: Por eso no lo haremos, dejaremos que se maten los unos a los otros. Lo único que tenemos que hacer es camuflarnos y entrar por los túneles, aprovechando el calor de la batalla.

Thomas: ¿Por qué me ayudas?

Lonergan: No te ayudo a tí, tú me ayudarás a mí. Terminaremos con esos demonios y de paso, recuperaremos tu amuleto, pero debemos acabar con ellos antes que lo arrasen todo.


Regresaron al poblado indio y allí planearon el ataque. Al parecer, los apaches y ellos habían luchado anteriormente contra esos seres, con armas de fuego y  lanzas, obteniendo así la victoria. Thomas no daba crédito, pero estaba dispuesto a luchar contra el mismísimo Lucifer con un mondadientes, con tal de recuperar el amuleto que le devolvería por fin a su hogar.

Saldrían al amanecer para tener el sol de su parte, pero mientras caía la noche, los demonios planeaban una masacre sin precedentes. Cuando dieron las cinco de la madrugada, una hora antes de la salida del sol, un grito ensordecedor hizo que todos se levantasen en estado de alerta. Thomas vio como un apache que se encontraba unos pocos metros más allá, salía por los aires en miles de pedacitos. 


Thomas: ¡NOS ATACAN!


Lonergan enganchó de la solapa a Thomas y lo arrastró hacia los caballos, cabalgarían hacia la guarida de los extraterrestres mientras los demás luchaban contra esos seres, ellos dos serían los encargados de volar por los aires la nave espacial. 


Thomas: No creo que la dinamita consiga deshacerse de esa cosa.

Lonergan: La dinamita no, pero los brazaletes que llevan los demonios, sí. Ella me enseñó a usarlo.


Thomas: ¿Quién? Da igual, déjalo. – Tampoco se iba a enterar de quien era esa Ella, por mucho que se lo explicase, por lo que decidió  dejarlo pasar.-


Cuando llegaron a los túneles, ambos hombres entraron sigilosamente y para su sorpresa, no había nadie vigilando o al menos eso parecía.


Lonergan: ¿Qué es esto? – Aproximándose a una sustancia viscosa que había en el suelo.-

Thomas: No lo toques, tengo un mal presentimiento.


Lonergan cogió su pistola y tocó la sustancia viscosa con el cañón del arma, que se deshizo al instante.


Thomas: ¡Es ácido!


De repente, algo cayó del techo sobre Thomas. Era un monstruo negro, con la cabeza apepinada y cuerpo de hombre deformado. Emitía unos ruidos agudos muy estridentes y mientras Thomas luchaba por deshacerse del ataque de la bestia, que quería atravesarle el cráneo con su lengua dentada, Lonergan corría hacia él para socorrerle, pero algo le cogió de los tirantes y le lanzó por los aires.


Thomas a duras penas lograba contener al monstruo, hasta que por fin consiguió darle una patada para quitárselo de encima, justo a tiempo para que el otro ser pudiese dispararle y volarle la tapa de los sesos. Thomas pudo esquivar, no sin mucho esfuerzo, la sangre del monstruo, cuyo principal componente era un ácido tan corrosivo que todo lo que tocaba terminaba descomponiéndose.


Desde el suelo, medio atontado y magullado, Thomas miró a su salvador... ¿O quizás era su verdugo? El ser pasó por su lado sin apenas dirigirle un gesto con la cabeza y se marchó. ¿Por qué le había salvado la vida? Puede que fuese porque no era amenaza alguna para él o por ir desarmado, quizá fuese porque no tenía tiempo que perder con un insignificante humano o tuviese algo que le había gustado a aquél ser, lo importante es que estaba vivo y con el camino libre para recuperar el amuleto. 


Los dos hombres se miraron el uno al otro contrariados, antes de seguir corriendo por los túneles, hasta llegar a una sala o cueva como improvisada sala de operaciones. Allí, en una mesa auxiliar junto a una de las camillas, estaba el amuleto. A su lado había una especie de brazalete electrónico que Lonergan cogió entre sus manos, para teclear un código.


Lonergan: Sal de aquí, corre. A partir de ahora yo me encargo.

Thomas: No te dejaré solo.

Lonergan: Debes hacerlo, tú tienes un hijo, Percy y él te necesita. Estos malditos demonios se llevaron a las dos únicas mujeres que he querido en mi vida y pagarán por ello. ¡VETE!


Thomas abrazó a ese intrépido cascarrabias, se colgó el amuleto al cuello y salió de la cueva hacia los túneles sin mirar atrás. 


Los indios habían logrado deshacerse de la mayoría de los demonios. El monstruo negro había muerto a manos del invisible y el invisible había desaparecido.


Lonergan: Sé que estás aquí, maldito demonio. Ven por mí, tengo un regalito para darte.


El monstruo se hizo visible a unos 3 metros de Lonergan y éste lo miró fijamente a los ojos, a través de la máscara que el monstruo llevaba puesta y dijo...


Lonergan: Esto va por Ella.


Se escuchó una gran explosión, pero Thomas no se giró, no vio como la nave se destruía en mil pedazos, tampoco vio morir a su amigo en aquél lugar, cuando se quiso dar cuenta, ya no estaba en Arizona, sino en un lugar mejor. 


Leia: Han, despierta, tenemos cosas que hacer, no podemos quedarnos en la cama todo el día, perezoso.


¿Quién era esa hermosa mujer que estaba junto a él? 


Thomas: ¡El amuleto!


Aún sujetaba ese pequeño reloj de arena entre sus manos, con la explosión se había visto tentado a sujetarlo instintivamente, por miedo a perderlo de nuevo y él le había hecho saltar a otro mundo por cuarta vez. ¿Sería su último salto? ¿Qué le depararía aquella nueva aventura? No lo sabía, pero de lo que sí estaba seguro, era de haber recuperado su juventud. ¿El amuleto le había rejuvenecido? ¿Por cuánto tiempo?
Aunque era científico y estaba predestinado a averiguar la verdad, lo cierto era que ese medallón se había convertido en un verdadero dolor de cabeza. Lo bueno de todo eso, era que si aquella hermosa mujer que estaba tendida junto a él en la cama, tenía algo que ver con esa vida, puede que no fuese tan mala idea vivirla hasta el final, si era con ella.


Continuará...

miércoles, 2 de marzo de 2016

The traveling worlds. Capítulo 3



El avión volvió a dar un vuelco y Tom se dio cuenta que algo iba mal. 


Tom: No soy de viajar mucho en avión, pero juraría que esto no es lo habitual.
Asistente: Estaremos atravesando una zona de turbulencias, señor presidente.

Tom: Quiero ver a los pilotos. ¡Llévame a la cabina!

Asistente: Por aquí, señor presidente.


Tom cada vez estaba más contrariado. Había pasado de ser un humilde profesor de la Universidad de Oxford a viajar entre mundos paralelos convertido en un famoso arqueólogo o en un policía futurista, pero ahora, era el presidente de los Estados Unidos de América, eso sí que no podía ser nada bueno.


Siguió a la asistente, que comenzaba a extrañarse de no cruzarse con nadie más por el avión. ¿Dónde se habrían metido los guardaespaldas? ¿Y las azafatas? Algo iba mal y se notaba en el ambiente.


De pronto, el profesor escuchó algo que le hizo detenerse y frenar a su ayudante.


Tom: ¡Quieta!


Se escuchaban gritos y varios hombres hablando en una lengua extranjera, al otro lado de la puerta de una de las salas de reuniones del Air Force One.


Asistente: Señor presidente, creo que han tomado secuestrado el avión, otra vez.

Tom: ¿Cómo que otra vez, esto pasa muy a menudo o qué?

Asistente: ¿No recuerda el incidente de hace unos meses?

Tom: Créeme, ahora mismo no recuerdo ni quién soy. Debemos hacer algo, pero no sé el qué.


Retrocedió, llevando de la mano a la asistente que parecía un flan de lo nerviosa que estaba. Llegaron hasta la parte trasera del avión y allí abrieron una trampilla en el suelo que descendía hasta el compartimento de carga.


Tom: Muy bien, quiero que te quedes escondida y no hagas ruido. – Colocando a la joven asistente tras un compartimento repleto de maletas.

Asistente: Pero señor presidente...

Tom: Yo me encargaré de esto, aún no se cómo, pero lo haré.


Tom sabía que tenía que resolver la situación para poder utilizar el amuleto y salir de ese mundo, puede que así regresara por fin al suyo o puede que no, pero si no resolvía el problema en el que se encontraba, el amuleto no funcionaría. Quedaría atrapado allí para siempre, aunque en esas circunstancias, el para siempre no iba a ser un problema que durase demasiado tiempo, sobre todo si los terroristas daban con él.


Dejó a la atemorizada asistente, una joven becaria que no superaba los 25 años de edad y se dispuso a subir de nuevo por la escalinata, pero esas voces que había escuchado antes se aproximaban, por lo que se ocultó tras un panel eléctrico.

Dos hombres con un acento extranjero que no pudo reconocer, abrieron la trampilla para cerciorarse que el presidente no se encontraba escondido en aquella zona. Tom era un gran catedrático, pero nunca había salido de Oxford, excepto en ese preciso momento, claro está. ¿Qué haría? ¿Cómo saldría de esa situación? Por la cabeza le pasó una curiosa idea, que le hizo evadirse unos instantes. ¿Y si en verdad nunca había dejado Oxford? ¿Y si todo aquello era un sueño a lo Resines? Entonces notó como le sujetaban de las solapas y lo lanzaban al suelo. Uno de los hombres había dado con él y el otro lo apuntaba con un arma de asalto.


Le gritaban que no se moviese o le pegarían un tiro, pero la asistente que lo vio todo, no pudo reprimir un grito ahogado y aprovechando el despiste de los dos terroristas, Tom giró en el suelo, derribando con una de sus piernas a los dos terroristas al mismo tiempo. Golpeó en la nariz al que portaba el arma, rompiéndosela y haciendo que sangrase abundantemente. El otro terrorista se lanzó sobre él y comenzó a propinarle golpes en el rostro y en el costado, él se defendió del ataque lanzándole una patada a la entrepierna y de pronto, se escuchó un ruido y el terrorista cayó inconsciente sobre él. 

Cuando consiguió deshacerse de su abrazo, pudo comprobar que la asistente se encontraba golpeando al otro terrorista con un maletín metálico en la cabeza, mientras el hombre se defendía con los brazos cruzados delante de la cara. Tom le quitó el maletín de las manos a la asustadiza asistente, la cual había demostrado más coraje del que se esperaba en ella y le dio las gracias. Ataron a los dos terroristas y mientras la mujer apuntaba al hombre de la nariz rota con el arma, Tom se encargaba de interrogarle.


Tom: ¿Cuántos sois? ¿Dónde están los rehenes? ¿Qué queréis?

Asistente: Señor presidente. ¿Me permite?

Tom se quedó algo sorprendido. Si a él, que supuestamente era el presidente de los Estados Unidos, el terrorista no le contaba nada. ¿Cómo pretendía esa joven sacarle información?


La chica se acercó al hombre de la nariz rota cuando Tom se apartó.


Asistente: Me vas a decir lo que quiero saber o tendré que hacerte mucho daño. – Con un tono de voz bastante amenazador y apuntándole con una pistola.

De repente, la joven comenzó a propinarle un golpe certero tras otro. El terrorista comenzó a escupir sangre y a retorcerse. Tom estaba cada vez más impresionado.


Tom: ¿En verdad eres una asistente?

Asistente: Sí, además de trabajar para el servicio secreto y ser la agente más joven de los NAVY SEALS en su historia.

Tom: Ahora empiezo a comprender. ¿Pero por qué no me lo dijiste?

Asistente: Tenía que cerciorarme que no estaba implicado.


Tras obtener lo que querían, amordazaron al hombre de la nariz rota y subieron rumbo a la cabina de pilotos. Al parecer solo había cuatro secuestradores, eran los únicos que habían  logrado infiltrarse, ya que las medidas de seguridad desde lo del secuestro anterior, se habían incrementado considerablemente. El primer paso fue liberar a los rehenes, se encontraban encerrados en una de las salas de reuniones con uno de los secuestradores. La joven agente se hizo pasar por una incauta damisela que huía de sus captores y cuando el terrorista la amenazó con dispararla, Tom saltó sobre él y le arrebató el arma. La joven comenzó a luchar con el secuestrador y con un par de llaves de full contact, le dejó tirado en el suelo inconsciente. Los rehenes agradecieron al presidente y a la joven agente el rescate y se dispusieron a hacerse con el control del aparato. Fueron todos los agentes a la cabina de mandos mientras el presidente y el resto de asistentes se quedaban en la sala esperando su regreso. 

Pasados un par de minutos, algo debió de salir mal, ya que el avión dio un vuelco y todos cayeron al suelo. Poco después uno de los agentes llegó a informarles que los pilotos estaban muertos y el cuadro de mandos inutilizado, debían saltar.


Tom: ¿Saltar desde un avión de pasajeros? ¿Estás loco?

Habían conseguido reducir la altitud para poder lanzarse en paracaídas y por suerte se encontraban sobrevolando el océano, lo que evitaría que el avión cayese en una zona poblada.

Se dirigieron entonces a la cola del avión y descendieron a la zona de carga por una de las trampillas del suelo. Uno de los agentes les explicó el funcionamiento del paracaídas, para que al saltar no tuviesen problemas.


Tom: Esto no puede estar pasando, tengo miedo a las alturas. 

Intentó girar el amuleto en sus manos, pero nada sucedía, seguía estando al filo de la zona de carga del avión, sujeto a uno de las cargas del avión, viendo como el resto de la tripulación se lanzaba y atravesaba las nubes como si fueran cortinas de humo.

Se estaba colocando el paracaídas cuando alguien disparó, uno de los secuestradores se había soltado y le había quitado el arma a uno de los agentes. Con el revuelo, la gente corría a esconderse, pero Tom seguía intentando atarse correctamente el paracaídas cuando alguien fue empujado al vacío arrastrándole a él también. 


Mientras caía sin control, intentó sujetarse el paracaídas para poder tirar de la anilla de seguridad, pero al hacerlo, el paracaídas se enredó y no se abrió como debería.


Iba a morir, estaba seguro que ese sería su final, por lo que cerró los ojos y se dejó llevar, sujetando entre sus manos el amuleto que tantos quebraderos de cabeza le había causado. De repente, sintió que ya no caía al vacío y que se encontraba atado a una especie de camilla, abrió los ojos y una luz blanca le hizo desviar la mirada. Cuando consiguió ajustar su visión a la intensa luz, lo que vio ante él, le pareció como si su peor pesadilla acabase de tomar forma. 

Tom: ¿Y ahora dónde estoy?



Continuará...

martes, 23 de febrero de 2016

The traveling worlds. Capítulo 2



Allí estaba el profesor, en medio de una gran ciudad futurista, donde los coches volaban y algunos de los edificios eran tan grandes, que tenían forma de pirámides aztecas llenas de luces de neón. 

Al pasar junto a un puesto ambulante de comida china, uno de los cocineros comenzó a llamar a gritos a un tal señor Deckard y cuando el profesor se giró en aquella dirección, vio que se dirigía directamente a él.


Chino: Señol Deckard, cuánto tiempo. ¿Quiele tallalines?

Profesor: ¿Cómo me ha llamado?

Chino: Señol Deckard. Hace mucho usted no venir aquí. ¿Todo bien?


El profesor se grabó a fuego ese nombre en la memoria y tras disculparse con el anciano, siguió andando por las calles hasta dar con una cabina telefónica.


Profesor: ¡Vaya! Las modas siempre vuelven. Nunca imaginé que regresaran las cabinas de teléfono, pero sí lo hicieron las camisas de los 80, me espero cualquier cosa.


El profesor buscó en la guía de teléfonos el nombre que el asiático le había dado y arrancó la hoja con la dirección. Cuando llegó a aquél edificio, el portero le reconoció nuevamente como Deckard. Al parecer, ese tal Deckard vivía allí y había estado algunos meses sin aparecer por la zona.

Subió al piso que supuestamente era su hogar y antes de entrar, alguien le detuvo en las puertas del ascensor, introduciéndole nuevamente en él.


Gaff: ¿Quoi hacer you aquí, Deckard? Ho giocato the neck por ti al dejarte ir avec la Replicante and after si torna. – Hablando un argot llamado interlingua, una mezcolanza de francés, inglés, español e italiano, hablado por los policías y en especial por los Blade Runners.- 


Profesor: ¿Por qué me hablas en cuatro idiomas? ¿Y por qué dices que te jugaste el cuello por mí si regresaba? No entiendo lo que es un Replicante.

Gaff: Márchate de la ville, Deckard. Never hemos tenido questa conversazione. – Marchándose y dejando al profesor más contrariado de lo que ya estaba.


Cuando entró por fin al que parecía ser su apartamento, rebuscó por los cajones en busca de alguna pista, algo que le ayudase a volver a su tiempo. En su anterior aventura, tuvo que salvar a una mujer y a un niño para encontrar el medallón. ¿Tendría que pasar otra prueba de fuego para que el medallón volviese a funcionar? Era un estudioso, debería ser pan comido averiguarlo, o eso esperaba. Mientras revisaba unos papeles, sujetó el medallón con la mano derecha y comenzó a girar el pequeño reloj de arena, sin obtener ningún resultado, seguía estando en el mismo tiempo y espacio.


De repente, el teléfono sonó. 
 

Profesor: ¿Mi móvil? ¿Tiene cobertura aquí? Espera un momento, este no es mi móvil. – Mirando el pequeño aparato que había sacado del interior de la gabardina. - ¿Aquí… Deckard?

Rachel: ¡Deckard! ¿Dónde estás? Saliste a comprar y no has regresado, empiezo a preocuparme. ¿Estás bien?

Profesor: ¿Quién eres?

Rachel: ¿Rick, estás bien? ¿Qué sucede cariño, dónde estás?

Profesor: Estoy en la ciudad. Vine a recoger unas cosas de mi apartamento.

Rachel: ¿En la ciudad? No podemos aparecer por la ciudad, si te cogen…

Profesor: Tranquila, no lo harán. Ya voy para allá, pero hace tanto tiempo que no pisaba la ciudad que ahora no me acuerdo como volver. ¿Me ayudas?

Rachel: ¿Cómo puedo estar segura que eres tú? ¡Estás muy raro, Rick!

Profesor: Hazme una pregunta que solo yo sepa contestar.- Pensando que eso había sido una mala idea.-

Rachel: ¿Qué me contestaste aquella vez en tu piso, cuando te dije que no podía fiarme de mi memoria?


El profesor comenzó a tener un fuerte dolor de cabeza y tuvo que cerrar los ojos. Pequeños fogonazos en forma de imágenes le asaltaron de repente. Estaba recordando  de golpe toda una vida y no era la suya.


Rachel: ¡Rick! ¿Me oyes?

Profesor: ¡Dime que te bese! – Dijo medio gritando, aún con los ojos cerrados y su mano izquierda sobre la frente.


No sabía cómo, pero había acertado con la respuesta. La mujer del teléfono al fin tenía una cara y un nombre, ya no era una desconocida para él, sino el amor de su vida o al menos, de esa vida. 


Cuando Rachel le indicó el camino, salió a toda prisa del apartamento, pero cuando iba a coger el ascensor, descubrió que el vestíbulo estaba lleno de policías que querían darle caza. En lugar de bajar, subió a la azotea y atrancó la puerta. Miró por los alrededores de la cornisa, por si había alguna escalera de incendios, pero nada, estaba atrapado. 

Comenzaron a golpear la puerta y no se lo pensó dos veces, no tenía otra opción que saltar a la siguiente azotea y eso hizo. Antes que la puerta se abriese de golpe, saltó al edificio contiguo y descendió por la escalera de emergencia hasta la calle, por suerte, esos edificios no eran de los más altos de la ciudad y no tardó mucho en perderse entre la gente.


Siguió caminando varios minutos, hasta que un repartidor de pizzas dejó el coche abierto y se lo tomó prestado. Tenía las coordenadas que Rachel le había dado y las introdujo en el GPS, pronto resolvería el enigma que le permitiría regresar a casa. Sería todo un reto conducir ese tipo de vehículo, ya que tenía carnet de coche, pero no de avión.


Profesor: Vale, esto no puede ser muy difícil, no más que los dos doctorados que tienes, Tom. ¡Maldita sea! ¿Por qué no estudiaría más física en lugar de historia?- Se dijo a sí mismo, apresuradamente.-

Repartidor: ¡EH, AL LADRÓN!


Justo a tiempo, el profesor tiró de los mandos indicados y el coche comenzó a elevarse. Con muchas dificultades, se puso en camino hacia el lugar donde la replicante se encontraba. Una replicante, ahora todo tenía sentido. Él era un cazador y los replicantes sus presas, pero con lo que no había contado era enamorarse de uno de ellos. ¿Qué le diría al llegar? Tendría que deshacerse del coche y borrar los datos del gps para que no diesen con ella. Al fin y al cabo, él no tardaría en marcharse de ese mundo paralelo, pero ella debería continuar existiendo en él y no se perdonaría que la atrapasen por su culpa.


Pasadas más de dos horas, llegó a su destino. Consiguió deshacerse del coche volándolo en mil pedazos, pero no sin antes borrar todo registro que le atase a aquél lugar. 


Cuando llegó a la dirección indicada, una mujer hermosa de cabello castaño le dio la bienvenida con un recién nacido en los brazos, era ella. Al ver al pequeño, supo enseguida que se trataba de su hijo y una lágrima furtiva se deslizó por su mejilla, mientras desaparecía la escena difuminada ante sus ojos. ¿Qué había sucedido? 


Instintivamente, al ver al recién nacido, había llevado su mano al medallón y éste le había llevado nuevamente a través del tiempo y el espacio. ¿Por qué lo había hecho? No estaba seguro, pero puede que verse de repente a sí mismo con un hijo y una mujer, hubiese sido demasiado para él, ya que no era su vida la que tenía ante sus ojos, sino la de un extraño.


Profesor: ¿Y ahora dónde estoy? Me da a mí que esto tampoco es Oxford.

De pronto sintió una sacudida y tuvo que sujetarse a la mesa que tenía enfrente.

Profesor: ¿Estoy en un avión?- Al reconocer las turbulencias.-


Miró por la ventanilla y vio el escudo de los Estados Unidos en uno de los costados del aparato.


Asistente: Señor presidente, le traigo los papeles de la reunión de Bruselas para que los firme.


Profesor: ¿Quién, yo?



Continuará…