domingo, 6 de diciembre de 2015

El legado de las brujas. Capítulo 3



La caza de brujas llegaba a su “fin” y Helena sin saberlo, sería la joven bruja encargada de llevarlo a cabo. 

Habían pasado varios años desde que Helena había descubierto que era una joven huérfana y había sido salvada de morir a manos de la inquisición por Morgana. Fue la misma noche en la que había conocido a Ismael, el joven que día sí y día también, aparecía en la puerta de su casa con flores y regalos para las dos mujeres, que habían salvado la vida de su madre. 

Helena y Morgana estaban ayudando a la gente de las aldeas cercanas con sus remedios, y gracias a eso, su condición de brujas permanecía en secreto. La gente sabía que si las delataba ante la inquisición, terminarían con su buena racha y los remedios milagrosos que tanto Morgana como Helena preparaban, sin coste alguno. 

Cada mañana acudían varias personas a pedir ayuda y consuelo. Un remedio para la tos, otro para mejorar sus cosechas o quizás algún brebaje para aumentar la fertilidad. Los resultados eran muy buenos, por lo que la gente llegaba cada vez de más lejos. Ismael estaba aprendiendo mucho junto a Helena, no era un brujo, pero algunos remedios no requieren de ninguna magia especial, y la naturaleza es muy sabia. 

Una tarde en la que Helena recogía bayas en el bosque, escuchó como unos jinetes se acercaban.
Ismael: ¡Helena, buenas tardes!
Helena: ¡Buenas tardes, Ismael!
Gobernador: ¿Hijo, conoces a esta joven?

Helena sintió un escalofrío al verse reflejada en los ojos de aquél hombre, que descendió del caballo para estar a su altura.

Ismael: Sí, padre. Es mi amiga Helena, la joven que ayudó a madre aquella vez que estuvo tan enferma.
Gobernador: Por fin os conozco, joven Helena. Espero que los regalos de agradecimiento que les hemos estado enviando todos estos años, hayan sido de su agrado.
 
Entonces, el gobernador le tendió la mano a Helena.

Helena: Por supuesto,  señor gobernador. Aunque no era necesario, mi madre y una servidora lo hicimos de buen grado.

Cuando Helena cogió la mano del gobernador para besar su anillo, fue como si el tiempo y el espacio se detuviesen de golpe. Se vio a sí misma en el cuerpo de otra mujer, el de su verdadera madre. Vivió los peores momentos en primera persona, la cara del hombre que la violó se le quedó grabada, al igual que las torturas en las mazmorras, el lloro desconsolado de su familia materna y la hoguera, la horrible hoguera que acabó con ella

Cuando regresó de su viaje astral, apenas habían pasado unos segundos, pero estaba totalmente pálida y casi se desmaya. Para ella había sido muy duro sentir todo aquello, pero por suerte fue astuta y acusó su mal estar, a no haber almorzado nada aquella mañana.

Gobernador: No podemos dejar que esta jovencita desfallezca.

El gobernador subió a su caballo y le tendió la mano a Helena para que montase junto a él. A la joven le dieron arcadas de pensar que tendría que estar tan cerca del monstruo que le arrebató a su madre y se quedó paralizada. Por suerte para ella, Ismael le dijo a su padre que continuase con la cacería y él acompañaría a su amiga, le alcanzaría más tarde tras dejarla en casa. El gobernador accedió, aunque no de muy buena gana y se marchó mientras echaba un último vistazo a la joven de ojos claros con tanta lascivia, que no pudo evitar sonreír triunfalmente al imaginar las cosas que le haría. Al fin había encontrado una presa digna de él, Helena le recordaba tanto a alguien... ¿Pero a quién?

Ismael: He notado que has palidecido al conocer a mi padre. ¿Qué ha sucedido?

Helena: No puedo explicártelo, por ahora no. Tengo que saber si lo que he visto es real, debo hablar con Morgana, ella lo sabrá.

Ismael sintió como Helena se estremecía y se apretaba más y más contra su espalda, por lo que no quiso presionarla y permaneció el resto del camino en silencio. Ismael sentía algo muy fuerte por Helena, lo atraía tanto como la miel a las moscas, algo típico de las brujas, ya que tienen un magnetismo difícil de ignorar. Pero Ismael sabía que Helena no le miraba de la misma forma y eso le torturaba cada vez más.

Morgana se encontraba en la puerta de la cabaña, despidiendo a una mujer que había ido en busca de un remedio contra las picaduras de insecto y notó el estado de Helena cuando llegó. Su aura había palidecido estrepitosamente, por lo que al marcharse Ismael, le exigió que le contase todo lo ocurrido, inmediatamente.

Helena: Fue él. ¡Él mató a mi madre! - Le dijo tras contarle todo lo que había visto.
Morgana: Ahora entiendo la desesperación en sus últimas horas. Siento tanto todo esto, Helena. Nunca supe lo ocurrido realmente. Yo asistí el parto de tu madre en las mazmorras y no tuvimos tiempo de nada, solo seguí sus indicaciones y te saqué de allí. Ojalá hubiese podido hacer algo más. Lo siento mucho mi niña, pero le prometí que te mantendría a salvo. Debemos irnos de aquí, tenemos que huir lejos de ese hombre.

Helena: ¡No! No podemos marcharnos sin más. No pienso huir.

Morgana: Si descubre lo que pasó, que eres su hija, te matará.
Helena: Pienso vengar a mi madre.
Morgana: La venganza es un arma de doble filo, no trae nada bueno. Ya te lo he dicho muchas veces, toda acción conlleva sus consecuencias y en la magia eso es aún peor, mucho más peligroso.
Helena: No podemos huir, si lo hacemos sabrá que pasa algo malo y nos dará caza. He visto las atrocidades que le hizo a mi madre y debe pagarlo.
Morgana: El karma se encargará de ponerle en su lugar. No arruines tu vida por un ser despreciable, que no se lo merece.
Helena: No lo hago por él, lo hago por mi madre y lo hago por mí.

Helena se metió de lleno en la magia negra, se pasaba las horas muertas probando nuevos hechizos y brebajes. Con cada invocación que realizaba, su corazón se volvía más oscuro y tenebroso. Ismael había dejado de ir cada mañana, para visitarlas un par de veces a la semana, sabía que algo había cambiado en su amiga, lo notaba, pero ella se había cerrado en banda y no quería presionarla, cuando estuviese lista sabía que se lo contaría.

Una noche, mientras el caldero hervía y Morgana se encontraba dormida al otro lado de unas cortinas, al otro lado de la habitación, Helena se sentó junto al fuego con los ojos cerrados, para descansar  la vista y dejarse llevar por sus cavilaciones. De pronto, Niebla, su fiel lechuza llegó volando, se posó junto a ella en el brazo de la mecedora y Helena le pasó la mano por el plumaje.

Helena: Oh mi querida Niebla, estoy cansada. Creo que la ira no me hace ningún bien, estoy tan resentida que ya ni los minerales que hasta hace unos días me protegían, me calman la sed de venganza. No sé qué hacer. ¿Qué consejo me darías tú, querida amiga?

De repente, la lechuza se separó de Helena y alzó el vuelo hasta la repisa de la chimenea, donde unas pequeñas luces blancas que atravesaron el techo y cayeron sobre la lechuza, formaron un remolino de luz que poco a poco se dispersó, convirtiendo a la lechuza en una joven de cabellos dorados y ojos claros, con un intenso brillo que la rodeaba. Llevaba puesto un vestido blanco de seda hasta los pies e iba descalza. Helena al verla, supo sin lugar a dudas de quién se trataba.

Helena: ¡Madre! - Intentando acercarse para darle un abrazo, pero al hacerlo la atravesó como si fuese humo. Era un fantasma.
Sarah: Querida Helena, cuanto has crecido.
Helena: ¿Eres tú? No puedo creerlo. ¡Eres Niebla!
Sarah: Sí, soy tu espíritu guardián. Siento no haber estado contigo como madre, aunque Morgana ha sido mejor madre de lo que yo hubiese sido jamás, no pude haber escogido a nadie mejor para cuidar de ti. Dale las gracias cuando hables con ella.
Helena: ¿Por qué no se las das tú?
Sarah: Solo puedo hablar contigo y no siempre, en contadas ocasiones. Debes parar tu venganza, por eso estoy aquí. No quiero que te suceda lo mismo que a mí. Debes huir, el gobernador te ha puesto en su punto de mira y va a venir a buscarte.
Helena: Lo sé y le estaré esperando, estoy preparada.
Sarah: No lo entiendes, no puedes enfrentarte a él sin ponerte en peligro a ti y a todos nuestros seres queridos. Morgana, Ismael, mis hermanas y tu abuela. A ellas no las conoces, pero es mejor así, por su bien y por el tuyo. Si el gobernador se entera que eres su hija, aquella a la que creía muerta, correrá la sangre.
Helena: No será mi sangre la que se derrame. He practicado mucho y he mejorado bastante, estarías orgullosa.
Sarah: Eres una bruja muy fuerte, como lo presagié y estoy orgullosa de ti, pero la oscuridad te consumirá por dentro Helena. Deja que el karma se encargue de él.
Helena: Siempre decís lo mismo, que el karma se encargará de todo y por el momento no ha hecho nada en nuestro favor. Tú nunca le hiciste daño a nadie y mira cuanto daño te hicieron. Si eso es el karma, prefiero no tener nada que ver con él.
Sarah: No digas eso, querida. Todo ocurre por un motivo, mi muerte te dio la vida. Una vida en la que puedes ser tú misma, lejos de los juicios de la inquisición y de las muertes indiscriminadas. Si para ello tuviese que morir mil veces, lo haría encantada.
Helena: Pero no es justo. No te conocí, no tuvimos tiempo de estar juntas y siento que me haces mucha falta. Una parte de mi está incompleta sin ti.
Sarah: La vida no es justa, Helena. Pero por suerte, me tienes aquí, a tu lado. Da igual la forma que tenga, siempre estaré cuidando de ti, mi pequeña brujita. Eso es mucho más de lo que tienen otras personas. Ahora he de irme, pero prométeme que serás fuerte y no sucumbirás a la oscuridad, no dejes que se pudra ese corazón tan puro y valiente que tienes, ten fe en los dioses, ellos te guiarán.
Helena: No te marches, madre. No me dejes…

Las luces regresaron y envolvieron a Sarah hasta que desapareció y en su lugar regresó la lechuza, sutilmente reposando sobre la repisa de la chimenea.

Helena: Está bien, lo prometo. Volveré a ser la misma de siempre, lo haré por ti.


Continuará...


sábado, 7 de noviembre de 2015

El legado de las brujas. Capítulo 2



Cuando Morgana llegó a su casa, dejó a la pequeña Helena sobre la cama y puso el caldero en el fuego. La niña balbuceaba y al notar que estaba sola, comenzó a llorar. Morgana se acercó a Helena y la cogió entre sus brazos.

Morgana: No se qué voy a hacer contigo, pequeña. Tendrás que tener paciencia conmigo, soy nueva en esto.

La mujer colocó a la niña en una manta sobre una mesa de madera, apenas sabía cómo sostenerla. Comenzó a pelar unas zanahorias para hacer un guiso mientras cantaba una dulce nana. Helena sonrió y poco a poco el sueño se apoderó de ella.

Comenzaba un periodo de cambios para Morgana, en el cual, no solo aprendería a ser una gran madre, sino que además, aprendería a ser una gran maestra en las artes de la brujería. 

Para que quede claro, en la magia, no existen diplomas que otorguen un título por tus conocimientos o poderes, es algo trivial, como una fotografía que recuerda aquél momento pasado que ya no volverá. Además, la magia no es buena ni mala, es la bruja la que decide como utilizarla, ya que forma parte de ella y de todo lo que le rodea. Y eso Morgana lo sabía bien. 

Se quedó mirando a la pequeña que dormía plácidamente, intentando predecir los poderes que tendría en un futuro no muy lejano, pero eso no era tan sencillo de averiguar. Hay brujas más poderosas que otras y no todas desarrollan poderes. Además, el hecho de que dichos poderes se desarrollen, continuamente, a lo largo de la vida de una bruja, hace casi imposible pronosticar el tipo de bruja que será.


Morgana: Muchas brujas y pocos dones, querida. Sé que tú serás una de las grandes, lo presiento, pero tengo miedo de no estar a la altura. Morgana… en qué lio te has metido.

La mujer se dio cuenta de algo, no estaba preparada para tener un bebé. No tenía leche, ni ropa para la pequeña, ni si quiera tenía una pequeña cuna donde dejarla reposar. La niña seguía recostada sobre una manta dispuesta encima de una fría mesa de roble, llena de cuencos, hierbas y especias.

Echó un breve vistazo a la habitación.

Frente a la puerta se encontraba la mesa de madera y a su izquierda una alacena y un par de butacas junto a la chimenea. El fuego estaba encendido y calentaba un pequeño caldero de hierro negro. Al otro lado de la habitación, había un viejo camastro y un pequeño armario también de roble y tallado a mano con dibujos celtas. El baño, como era normal en aquella época, se encontraba fuera de la casa. No sería gran cosa, pero para una ermitaña como Morgana, era todo un lujo. 

Entonces la bruja recordó que tenía en el sótano, un viejo caldero que hacía años no usaba y algunas prendas gastadas que podría utilizar como telas y confeccionarle ropa a la niña. Retiró la mesa de madera y abrió una trampilla oculta que había en el suelo, descendió por unos peldaños de madera viejos que crujieron a su paso y rebuscó por los baúles a la luz de las velas. Poco a poco fue subiendo lo que necesitaba y cuando terminó, dejó todo en su lugar. Limpió el caldero a conciencia y puso un montón de telas en su interior, le haría una cuna a Helena, no sería muy bonita, pero al menos la mantendría caliente y protegida. Al final todo comenzaba a tomar forma.

AÑOS DESPUÉS

Helena ya tenía 7 años y empezaba a ser consciente de algunas cosas, como por ejemplo, qué era ser una bruja y qué beneficios y responsabilidades conllevaba eso. Morgana le enseñaba las propiedades curativas de las plantas de la zona y la mejor forma de hacer hechizos básicos, que por supuesto, Helena realizaba a modo de juego. Además, Morgana le había hecho un colgante con dos minerales protectores que la pequeña siempre llevaba colgado del cuello, una turmalina negra y una aventurina verde, por haber nacido bajo la influencia del cangrejo.
Una tarde, mientras Morgana quitaba las malas hierbas del huerto, Helena salió a jugar en las proximidades de la cabaña. Era costumbre en ella estar rodeada de mariposas blancas que revoloteaban a su alrededor. Se tumbó en un claro del bosque mientras observaba las formas de las nubes y las mariposas le hacían cosquillas en los pies, le gustaba sentir el tacto de la hierba entre sus dedos. 

De pronto, sintió como algo se clavaba en su hombro izquierdo. Instintivamente se llevó la mano a la zona afectada y allí no había nada. De repente, se encontraba de pie frente a un espejo, pero aquél reflejo no era el suyo, se trataba de un caballero bien vestido y unos años mayor que ella. El hombre del reflejo tenía una flecha clavada en su hombro y le suplicaba que le ayudase. Helena alargó la mano para tocar el espejo y al hacerlo se despertó.


Se incorporó rápidamente, se puso los zapatos y salió corriendo en busca de Morgana. Cuando la mujer escuchó los gritos de Helena, dejó lo que estaba haciendo y salió a su encuentro.

Morgana: ¿Qué ha sucedido?

La pequeña le contó con todo detalle lo acontecido y Morgana le dedicó una dulce sonrisa que no hizo más que confundir a la niña.

Helena: No lo entiendo. ¿Qué es una premonición?
Morgana: Verás, algunas brujas tenéis un don, la capacidad de conocer lo que va a ocurrir antes que suceda. Es algo difícil de controlar, la mayoría de las veces ocurre sin previo aviso.
Helena: ¿Y para qué sirve? No me gusta, me hizo mucho daño.
Morgana: A cada bruja se le manifiesta de una forma distinta. Sirve para prepararte para lo que va a suceder y en ocasiones, para evitar algún hecho desagradable.
Helena: ¿Tú también lo tienes?
Morgana: No, mis dones son de otro tipo. La empatía, del que ya te hablé cuando se desarrolló en ti hace unos años, sirve para sentir lo mismo que siente la otra persona. Es como asomarnos en su interior. Y mi otro don es ver el aura, con él puedo saber las intenciones de la gente y puedo reconocer el mal a distancia.
Helena: ¿Y yo?
Morgana: Por ahora ya tienes dos dones, querida. El don de la empatía y el de las premoniciones. Con lo joven que eres, tener dos dones a estas alturas es todo un logro. Se paciente, pequeña y céntrate en practicar para dominarlos, cuanto antes lo hagas, mejor.


Esa misma noche, Helena estaba acostada en su camastro junto a una de las ventanas de la casa, cuando Niebla llegó a posarse junto a ella. Niebla era un joven búho manchado del norte que había aparecido hace unos años en la vida de Helena. Debía su nombre al día en que la niña se cruzó con él en el bosque, ese día comenzó una espesa niebla que duró varias semanas. Desde entonces, se había convertido en su amigo fiel y cada noche volaba hasta la casa para proteger a la pequeña mientras dormía.

Helena: Hola, amigo. ¿Cómo estás? ¿Sabes? Mamá me explicó que tenemos una conexión muy especial, eres mi animal protector. Dice que los búhos sois portadores de una gran sabiduría, videncia y mensajes del inframundo. Aunque eso del inframundo… aún no entiendo muy bien lo que es, pero suena interesante. Eres muy listo, Niebla, estoy orgullosa de ti.- Le dijo, acariciándole el plumaje.-
 
Poco después de haberse dormido, Helena se despertó gritando, llorando y empapada en sudor. El grito hizo que Niebla volase desde su cama a la repisa de la chimenea, donde permaneció impasible. Morgana se despertó y acudió junto a Helena para consolarla.

  

Morgana: ¿Qué sucede? ¿Una pesadilla? No pasa nada, estoy aquí contigo.
Helena: Era muy real, estaba ardiendo, tenía mucho calor y podía ver las llamas que subían por mi falda. Me duele, me duele mucho. –Echándose a llorar.-

Morgana retiró la sábana y vio las señales en las piernas de Helena, tenía las piernas rojas y calientes, como si se hubiese acercado demasiado a la chimenea. Corrió hasta la alacena y sacó un frasquito verde con olor a menta que le untó en las piernas, calmando el llanto de la niña al instante.

Morgana:
Cuéntamelo todo.

Tras el relato de Helena, Morgana se dio cuenta que la niña no había tenido una pesadilla, sino un recuerdo de otra persona, el de su verdadera madre. Por lo que Morgana se sentó a los pies de la cama, con cuidado de no darle en las piernas a la niña, para contarle la verdad acerca de su sueño.

Helena: ¿No eres mi madre? ¿Por qué me mentiste?



Helena saltó de la cama y salió por la puerta. Iba descalza, pero no era la primera vez que correteaba por el bosque sin sus zapatos. La niña corrió durante varios minutos, hasta que tropezó con un tronco y se cayó al suelo. Estuvo unos instantes allí tirada, clavando las uñas en la tierra hasta que reunió fuerzas suficientes y se incorporó. Se acercó a un viejo roble, se sentó en las raíces para resguardarse de la lluvia que comenzaba a caer y se abrazó las rodillas, mientras las lágrimas que rodaban por sus mejillas le recordaban las imágenes que albergaba en su mente.


De repente, se escuchó un carro tirado por caballos…

Dama: ¡Alto, cochero!

Cochero: Soooo

Frente a Helena se había detenido un carruaje, el cochero se bajó y abrió una puerta de la que descendió un joven que tendría aproximadamente la edad de Helena y éste a su vez, ayudó a bajar a una distinguida dama.

Dama: Pequeña ¿qué haces sola en el bosque a estas horas?
Helena: Me perdí y comenzó a llover.
Dama: Ismael, ven, acércate. Mira, este es mi hijo. Te llevaremos a casa.
Helena: Es que… mi madre… bueno, no me deja hablar con extraños.
Dama: Y hace muy bien, pero no soy una extraña, soy la mujer del gobernador.

Al escuchar eso, Helena sintió una punzada en el corazón, aunque no sabía por qué. Morgana le había contado lo que sabía de su historia y eso solo consistía en el encuentro con la madre de Helena en las mazmorras y su muerte, ella no sabía nada más.

Entonces Helena miró al joven Ismael, que permanecía con la mirada fija en el suelo y le resultó familiar. ¿Tendría esa sensación algo que ver con sus poderes? Intentó ponerse en pie, pero las fuerzas le fallaron y notó que tenía el tobillo hinchado, por lo que Ismael le tendió el brazo y le ayudó a subir al carruaje. Al entrar en contacto con aquél chico, sintió una electricidad que comenzó en su mano y le recorrió todo el cuerpo, sabía que estaban conectados, pero no sabía hasta qué punto.
El carruaje paró frente a la cabaña y Morgana salió apresuradamente a su encuentro. Cuando los ocupantes del carruaje descendieron y se presentaron, Helena se acercó a Morgana y le pidió disculpas tras darle un fuerte abrazo.

Dama: Un té delicioso, no había probado nada igual.
Morgana: Gracias y… gracias por acompañar a mi hija a casa. Tuvo una pesadilla, se asustó y salió espantada.

La dama tosió varias veces y Morgana notó que estaba enferma.

Morgana: ¿Se encuentra bien?
Dama: Cansada, pero sí. Debemos partir, es tarde. Gracias por el té.
Morgana: Gracias a usted de nuevo y espero que se mejore.


El carruaje desapareció tras los árboles mientras Helena los despedía con la mano.

Morgana: Vamos, pequeña, pongamos un poco de salvia en ese tobillo para bajar la inflamación. Pobre mujer, no se encuentra nada bien.
Helena: ¿Por qué no la curaste?
Morgana: Ya te lo he explicado muchas veces, somos brujas, debemos mantenerlo en secreto o podemos correr la misma suerte que tu madre. Siento ser tan dura, pero debemos ocultarnos.
Helena: Pero no lo entiendo. ¿De qué sirve poder ayudar a la gente si no lo hacemos?

Unos minutos después, el carruaje regresó.

Ismael: ¡AYUDA!

Morgana salió a toda prisa mientras Helena se asomaba por la ventana.

Ismael: Es mi madre, no se encuentra bien, está temblando y creo que tiene fiebre.
Helena: Pásala a la casa y que se tumbe en la cama.
Morgana: ¡Helena!
Morgana: Podemos curarla y lo haremos, ella me ayudó sin conocerme.

Ismael pasó a su madre a la casa y la tumbó en la cama de Helena con ayuda del cochero. La pequeña andaba de un lado para otro recogiendo botes de especias, cuencos y trapos limpios que entregaba a Morgana, mientras ella colocaba el caldero en el fuego y mezclaba las hierbas necesarias para la poción.

Pasados unos minutos, el remedio estaba listo.


Morgana: Beba esto, se encontrará mejor.
Ismael: ¿Qué es eso?
Helena: Solo son hierbas, confía en nosotras. Estáis aquí por alguna razón.

La dama se tomó el cuenco con el brebaje que le dio Morgana y poco a poco empezó a recuperar las fuerzas.

Dama: Muchas gracias. ¿Qué medicina milagrosa es esa? – Quitándose un trapo mojado de la frente.-
Morgana: Lo que contiene el trapo solo es agua fría, para bajar la temperatura y lo que se ha tomado es una medicina que me enseñó un doctor, cuando yo misma enfermé hace un tiempo. Solo son hierbas, entre ellas pie de león y salvia, que ayudan a reducir la fiebre y las convulsiones.
Dama: No se cómo agradecérselo.
Morgana: No es necesario, usted me devolvió a mi hija, estamos en paz.

Cuando a la mañana siguiente el carruaje partió, Helena se acercó a Morgana.

Helena: ¿Un médico te enseñó esa poción? Me dijiste que fue la abuela.
Morgana: Si dices que es una medicina, no te toman por una bruja y te evitas complicaciones. ¿Sabes? Creo que tenías razón. Me sentí muy bien al ayudar a esa pobre mujer, creo que los dones son un regalo de los dioses para ayudar a los demás y no sirve de nada tener algo tan útil y desaprovecharlo por miedo o avaricia. Te prometo que a partir de ahora todo cambiará. 



Continuará...