domingo, 13 de marzo de 2016

The traveling worlds. Capítulo 5 "El final"



Thomas, siguió a la mujer a través de largos pasillos hasta llegar a un hangar, en donde un monstruo enorme le esperaba en una nave, para salir al espacio exterior.



Thomas: ¡Debe tratarse de una broma! ¿Tengo que viajar con un Bigfoot, en una lata que se cae a pedazos?

Chewbacca: AGGGGGG

Leia: ¿Qué te sucede, Han? Te has levantado muy raro esta mañana. Chew dice que no es ningún pies-grandes y jamás pensé que llegaría el día en que te oyese hablar mal del Halcón Milenario, le quieres más que a mí.



Thomas: ¿Cómo? No, solo que... no quiero marcharme de tu lado durante tanto tiempo.

Leia: No será mucho tiempo, tienes que trabajar, no eres alguien que se quede cruzado de brazos todo el día, te volverías loco y lo más importante, me volverías loca a mí. Somos de mundos diferentes, tu eres un transportista galáctico y yo... bueno, tengo una rebelión que dirigir.

Chew: AGGGG

Leia: Lo sé, Chew. El imperio cayó, Darth Vader está muerto, pero tengo un mal presentimiento. Algo me perturba y Luke está de acuerdo conmigo. Algo se aproxima y no será nada comparado con lo que hemos vivido hasta ahora.

Thomas: Regresaré, lo prometo.

Leia: Lo sé, te estaré esperando.


Leia besó a Thomas apasionadamente, sabía que no volverían a verse en mucho tiempo, por lo que se marchó antes de arrepentirse de su decisión y pedirle que se quedase con ella. El profesor subió a la nave con ese monstruo peludo del cual no entendía ni una sola palabra, con la esperanza de volver algún día a encontrarse con aquella mujer.



Thomas: Bueno, ¡tú dirás! ¿Cómo se pilota este cacharro?

Chew: ¿Aggg?

Thomas: ¿Qué? No me mires así, ya oíste a Leia, me levanté raro esta mañana. ¡Tú pilotas!


Los dos se sentaron a los mandos del Halcón Milenario y Chew encendió los motores. Thomas no sabía hacia donde se dirigían, ni le importaba, tan solo deseaba regresar al lado de Leia y cuanto antes se marchasen, antes regresarían. 


Mientras miraba al infinito, a través de un manto de estrellas luminiscentes, vio el rostro de Leia dibujado en él. Tras viajar a través de una infinidad de mundos paralelos, de ser una persona distinta en cada uno de ellos y de lidiar con todo tipo de criaturas, al fin había encontrado a la mujer de sus sueños, aquella que se le aparecía cada vez que cerraba los ojos y que nunca creyó encontrar junto a él al despertar.


Llevaban varias horas de vuelo, cuando un pitidito y una luz roja en una de las pantallas de control, sacó de su ensoñación al profesor.


Chew: ¡AGGGGG!

Thomas: Vale, no entiendo lo que me dices, pero eso no parece ser nada bueno.


Entonces notaron una sacudida, precedida de un impacto en la nave, que hizo saltar todas las alarmas.


Thomas: ¡Nos atacan!


Instintivamente, Thomas se dirigió a la posición de ataque, una pequeña claraboya en la que se encontraba una ametralladora anclada a una silla y donde comenzó a descargar ráfagas de un láser, contra dos cazas que les atacaban. Mientras, Chew pilotaba la nave intentando dar esquinazo a los cazas y Thomas procuraba mantener las naves en su punto de mira, nunca había sido muy bueno jugando a los videojuegos, por lo que alcanzar a su primer caza, fue todo un logro. 



Para Thomas, nada tenía sentido, pero disfrutaba como un niño con su nueva vida llena de aventuras. A pesar de estar siempre en peligro, de los efectos que el salto le provocaban y del sueño que tenía acumulado desde hacía días, por una vez en su vida, era feliz. 


Thomas: ¡Le di! Solo queda uno. ¡Mantén el rumbo, Chew!

Chew: Agg


Tras varios intentos, al fin logró derribar el último caza. Tenían el camino libre y aún mucha distancia por recorrer.

Chew fue a reparar los daños de la máquina, mientras Thomas se quedaba a los mandos.


Thomas: Tranquilo Tom, eres científico, seguro que puedes descubrir el funcionamiento de este cacharro y más te vale, porque como el Bigfoot o Wookie ese, se dé cuenta que no eres ese tal Han Solo que cree, te convertirás en parte de su almuerzo.- Se dijo a sí mismo. ¿Y este botón para qué será?- Apretando la súper velocidad.- 


Poco a poco se fue haciendo con el control de la nave y sintió que su confianza aumentaba por momentos, después de ese percance con la velocidad de la luz, Chew no le quitaba ojo, pero al menos se había relajado un poco, al parecer ese tal Solo hubiese hecho exáctamente lo mismo. 

Unas horas después, llegaron por fin a Tatooine, donde recogerían una carga que tenían que llevar de vuelta a Endor, donde Leia los esperaba.



Thomas: Conque esto es Tatoo... ¿Qué?

Chew: Agggg

Thomas: Pues eso dije. Vaya, qué calor que hace aquí.

Chew: AGGG

Thomas: Sí, lo veo, es un desierto. ¿Nos vamos entendiendo mejor, verdad, pies-grandes? Y eso que tú eres monosílabo.

Chew: ¡AGGGG!

Thomas: No te enfades, grandullón, que es broma.


Tom le dio una palmadita en la espalda al wookie y siguieron andando hasta llegar a un poblado. Chew le guió hasta una cantina, donde se sentaron para tomar algo y refrescar su garganta mientras esperaban a su contacto.


Luke: ¿Os hice esperar demasiado?- Quitándose la capucha que le ocultaba.- 



Chew: Aggg

Luke: Yo también me alegro de verte, Chew. Hola Han. ¿Qué tal mi hermana?

Thomas: Muy hermosa, pero con mucho carácter.

Luke: Eso es que no ha cambiado nada.


Thomas y Luke se dieron un abrazo.


Thomas: Conque tú eres la carga que debemos transportar.

Luke: Sí, he de hablar con el consejo, hay algo en la fuerza que me perturba, algo malo se está preparando.

Thomas: ¿Qué y cuándo? ¿La fuerza?

Luke: No lo sé, pero de lo que sí estoy seguro es que ya ha comenzado y no hay vuelta atrás.

Thomas: No soy de los que creen en el destino, yo forjo mi propio destino, aunque después de lo que he vivido... Estoy más abierto a lo desconocido, eso te lo puedo asegurar.

Luke: Será mejor que nos marchemos, el tiempo apremia.


Los dos hombres y el wookie se marcharon rumbo a la nave, pero cuando salían de la cantina...


Cazarrecompensas: Vaya, vaya. Mirad a quién tenemos aquí. ¿Debajo de qué piedra te habías metido, Solo?

Thomas: ¿Nos conocemos?

Cazarrecompensas: ¡Qué casualidad! ¿Pierdes la memoria con todos a los que les debes dinero o solo conmigo? Por eso nunca pagas. ¿Verdad Solo? Pero a mí me pagarás, aunque sea con tu vida.

Luke: Este hombre no te debe nada. – Colocando su mano frente al cazarrecompensas.-


Cazarrecompensas: Este hombre no me debe nada. – Repitiendo lo que Luke le dijo.-

Luke: Ahora te apartarás de nuestro camino y no recordarás habernos visto.

Cazarrecompensas: No os he visto.


El hombre se apartó y continuó su camino hacia la cantina, como si nada hubiese pasado.


Thomas: Vaya, eso es muy práctico. ¿Me lo puedes enseñar?

Luke: Ojalá pudiese, Han, ojalá pudiese.

Thomas: Quizás no me lo puedas enseñar a mí, pero seguramente habrá más gente por ahí como tú, a la que sí podrías enseñarle tus habilidades.

Luke: No lo creo, aunque todo puede darse, la fuerza es muy poderosa, ya se verá.


Los dos hombres y el wookie llegaron a la nave sin más contratiempos, cada uno ocupó su posición y salieron rumbo a Endor.


Thomas: Me parece extraño que no intenten atacarnos, el viaje de ida no fue tan tranquilo, esperaba algo más movidito.


Luke: Mientras que yo esté en esta nave, estaréis a salvo.

Thomas: Me parece bien, este cacharro no creo que aguante otra embestida como la de antes, sin pasar por un taller.


Varias horas después, llegaron al hangar, donde Leia los esperaba.


Leia: Sabía que volverías y para mi sorpresa, habéis regresado mucho antes de lo que me esperaba. ¿Cómo? – Abrazando a Thomas.-

Thomas: Me he dado cuenta que no puedo estar alejado de ti mucho tiempo. Por lo demás, pregúntale a tu hermano.

Leia: ¡Luke, cuánto tiempo! - Dispuesta a abrazar a su hermano.-

Luke: Leia, tú... ¡¿Estás embarazada?!

Thomas: ¿¿QUÉ?!


Thomas se despertó en una camilla de hospital, con un tubo en la garganta que le impedía respirar por sí mismo y lágrimas en los ojos.


Enfermera: ¡Doctor, es él, se ha despertado! Tranquilícese, todo irá bien, le sacaré el tubo para que pueda respirar, pero no intente hablar, tendrá la garganta muy dañada y reseca. El médico le explicará todo enseguida. – Mientras le extraía el tubo de la garganta.- 


Poco después, un hombre mayor, con unas gafas que le venían grandes se aproximó a Thomas con una vaso de agua en las manos y se lo entregó.


Dr. James: Bébalo despacio. Soy el doctor James y está usted en el hospital. ¿Recuerda cómo se llama?


Thomas: Me llamo Thomas Hardison y soy profesor en la Universidad de Oxford.- Con voz ronca.-

Dr. James: ¿Qué recuerda de lo sucedido?

Thomas: ¿Y mi medallón?- Llevándose las manos al cuello.- 

D. James: Se lo llevó la enfermera para limpiarlo, tenga, estaba muy sucio. Es normal, después de tanto tiempo, nunca pensamos que la solución para despertarle del coma sería arrebatarle ese colgante del cuello.- Tendiéndole la mano en la que se encontraba el medallón.-

Thomas: ¿Coma? ¿Cuánto he estado en coma?

Dr. James: Señor Hardison, lleva usted en coma unos 30 años.

Thomas: ¿Qué? No puede ser, solo llevo una semana fuera de casa. ¡No! - Se llevó las manos a la cara y comprobó que había envejecido 30 años de repente.- 

Dr. James: Lo siento, pero no es verdad. Ha estado usted aquí desde el día que ingresara, hace ya 30 años. Usted entró el mismo día que a mí me trasladaron a este hospital, lo recuerdo perfectamente. Le dejaré un momento para que lo asimile todo y más tarde regresaré con usted.


El doctor salió de la habitación y Thomas se colocó el colgante de nuevo en el cuello. ¿Por qué había regresado? Él no había vuelto a usar el medallón, aquella vida le gustaba, aquella mujer le gustaba. ¿Por qué...? Entonces se percató que le habían quitado el amuleto del cuello, no en sueños, como había sucedido con los extraterrestres, sino en la vida real, en la que había perdido 30 años postrado en una cama de hospital. ¿Qué pasaría con Leia y con su hijo? ¿Qué otras aventuras se habría perdido? 


Agente Smith: ¿Señor Hardison?

Thomas: ¿Quién es usted?

Agente Smith: Lo importante no es quién soy yo, sino quién es usted y qué puede hacer por su país, su majestad le necesita.

Thomas: ¿La reina? ¿A mí?

Agente Smith: ¿Quiere acompañarnos? Su vida, sus conocidos, ya nada es como era el día en que se marchó. Puede empezar de cero en un mundo que no comprende o venir con nosotros y regresar allí de donde ha venido.

Thomas: ¿Cómo lo saben?

Agente Smith: Nosotros lo sabemos todo, tenemos ojos en todas partes, señor Hardison. – Apuntando a una cámara en la esquina  superior izquierda de la habitación.- 


Thomas lo pensó detenidamente, ya no le quedaba nada de su antigua vida y ahora que había probado aquella otra, no consentiría que nadie se la arrebatase.


Thomas: ¿Para qué me necesitan? 

Agente Smith: Usted es el primer ser humano en viajar a través del tiempo y el espacio, queremos que forme parte de nuestro equipo. Que enseñe a nuestros agentes temporales y nos ayude a comprender todo el proceso del salto en el tiempo.

Thomas: Con una condición, el amuleto es mío y de nadie más.

Agente Smith: Si le permite a los investigadores trabajar con él, usted podrá estar presente en todo momento y será su portador. ¿Le parece bien?

Thomas: ¿Dónde hay que firmar?


Tarde o temprano lograría dar con ese increíble mundo, volvería con aquella hermosa mujer que un día formó parte de sus sueños y que por un efímero momento, se había convertido en parte de su realidad. Enseñaría a las nuevas generaciones lo que había vivido, como había hecho antaño y volvería a sentirse vivo de nuevo. No estaba loco y tarde o temprano, toda la verdad saldría a la luz.

FIN

viernes, 11 de marzo de 2016

The traveling worlds. Capítulo 4



...RECAPITULEMOS...


Me llamo Thomas Hardison y soy profesor de ciencia e historia en la distinguida Universidad de Oxford. Mi vida solía ser como la de cualquier persona de a pie, iba del trabajo a casa y de casa al trabajo, poco más, pero un día todo cambió. Un medallón, una tormenta eléctrica y voialà, toda mi vida se va al traste en cuestión de segundos. Ahora estoy viajando a través del tiempo y el espacio, por lo que parecen ser mundos paralelos. ¿Regresaré algún día a mi hogar? No lo sé. No hace ni una semana que me fui y ya comienzo a notar los efectos de viajar en el tiempo. Apenas he dormido unas horas desde hace días y estoy envejeciendo a pasos agigantados, temo no durar lo suficiente como para regresar a mi mundo y...  ¿Qué pasará si consigo regresar? ¿Cómo explicaré lo sucedido?


...EL ESPECTÁCULO DEBE CONTINUAR...


De pronto, noté un dolor intenso en el pecho. Sentía mi piel arder, lo que provocó que abriese los ojos y viese a mi captor. ¿Un extraterrestre? ¡Venga ya! Estaba realizándome una incisión con un láser, intenté escapar, pero estaba atado de pies y manos a una especie de camilla. Grité de dolor, las lágrimas me empañaban la vista y de repente, escucho un disparo y termino bañado de... ¿Esto es sangre azul? ¡Qué asco!


Lonergan: ¡Vamos, sal de ahí viejo!

Thomas: Gracias, pero... ¿Quién eres tú?

Lonergan: ¿Ya te olvidaste de mí? Te acabo de salvar la vida, ya estamos en paz. Aunque nunca pensé que los demonios regresaran tan pronto, después de la paliza que les dimos, hará unos meses.


Los dos hombres corrieron por los túneles, Thomas seguía a su salvador que se movía por aquél lugar como pez en el agua. Al parecer estaban bajo tierra, ya que a los extraterrestres, o demonios como Lonergan los llamaba, no les gustaba mucho la luz del sol. Al salir, los rayos de luz incidieron en el rostro de Thomas y tardó varios segundos en habituarse. ¿Cuánto tiempo llevaba allí metido?


 Echó un vistazo a su alrededor y lo primero que reconoció fue un terreno desértico y árido. Poco a poco, se fue habituando al terrible calor de aquél paraje y a cabalgar a lomos de un caballo de capa castaña, que Lonergan le había prestado. 


Los dos hombres, tras mucho cabalgar, llegaron a un pequeño campamento indio y allí les dieron la bienvenida con cánticos y un fuego.


Thomas: En serio, gracias por salvarme. No entiendo lo que pasa ni quién eres tú, pero gracias.

Lonergan: Puede que estés así un tiempo, a mí también me borraron la memoria cuando me apresaron. Tarde o temprano lo recordarás todo.


Thomas se llevó la mano al cuello, quería cerciorarse que el colgante seguía en su sitio, pero al hacerlo...


Thomas: ¡MIERDA!

Lonergan: ¿Qué ocurre?

Thomas: ¡Mi talismán no está! ¡He de recuperarlo!

Lonergan: ¿Tan importante es? Seguramente, si era de oro,  te lo quitarían esos demonios.

Thomas: He de regresar por él.

Lonergan: ¿Perdiste la poca cordura que te quedaba? Es imposible, esta vez no han venido solos. Están luchando en una guerra mucho mayor, con otros demonios como ellos y han escogido nuestra pequeña Arizona como campo de batalla.

Thomas: ¿De qué me estás hablando?

Lonergan: ¡Sígueme!


Thomas siguió a Lonergan hasta una colina a unos pocos kilómetros de allí, al otro lado parecía estar librándose una guerra épica, por lo que al llegar a la cima tuvieron que permanecer tirados en el suelo tras unos matojos, para no ser descubiertos.


Thomas no daba crédito a lo que veía.


Lonergan: Fíjate en ese grupo de demonios.


El profesor miró en aquella dirección y vio como los extraterrestres acababan hechos trizas en el suelo. ¿Pero cómo? Allí no había nadie más.

De repente, otro ser aún más tenebroso, saltaba sobre la nada y  clavaba su lengua negra dentada en ella. La nada comenzó a parpadear, al igual que un holograma defectuoso y pocos segundos después, un cuerpo cubierto de líquido fosforescente verde, caía al suelo inerte.
 

Thomas apartó la vista, se recostó sobre la espalda y entre suspiros dijo...


Thomas: ¿Qué demonios ha sido eso?

Lonergan: Tú mismo lo has dicho, son demonios y hay tres tipos diferentes.

Thomas: Es imposible luchar contra ellos.

Lonergan: Por eso no lo haremos, dejaremos que se maten los unos a los otros. Lo único que tenemos que hacer es camuflarnos y entrar por los túneles, aprovechando el calor de la batalla.

Thomas: ¿Por qué me ayudas?

Lonergan: No te ayudo a tí, tú me ayudarás a mí. Terminaremos con esos demonios y de paso, recuperaremos tu amuleto, pero debemos acabar con ellos antes que lo arrasen todo.


Regresaron al poblado indio y allí planearon el ataque. Al parecer, los apaches y ellos habían luchado anteriormente contra esos seres, con armas de fuego y  lanzas, obteniendo así la victoria. Thomas no daba crédito, pero estaba dispuesto a luchar contra el mismísimo Lucifer con un mondadientes, con tal de recuperar el amuleto que le devolvería por fin a su hogar.

Saldrían al amanecer para tener el sol de su parte, pero mientras caía la noche, los demonios planeaban una masacre sin precedentes. Cuando dieron las cinco de la madrugada, una hora antes de la salida del sol, un grito ensordecedor hizo que todos se levantasen en estado de alerta. Thomas vio como un apache que se encontraba unos pocos metros más allá, salía por los aires en miles de pedacitos. 


Thomas: ¡NOS ATACAN!


Lonergan enganchó de la solapa a Thomas y lo arrastró hacia los caballos, cabalgarían hacia la guarida de los extraterrestres mientras los demás luchaban contra esos seres, ellos dos serían los encargados de volar por los aires la nave espacial. 


Thomas: No creo que la dinamita consiga deshacerse de esa cosa.

Lonergan: La dinamita no, pero los brazaletes que llevan los demonios, sí. Ella me enseñó a usarlo.


Thomas: ¿Quién? Da igual, déjalo. – Tampoco se iba a enterar de quien era esa Ella, por mucho que se lo explicase, por lo que decidió  dejarlo pasar.-


Cuando llegaron a los túneles, ambos hombres entraron sigilosamente y para su sorpresa, no había nadie vigilando o al menos eso parecía.


Lonergan: ¿Qué es esto? – Aproximándose a una sustancia viscosa que había en el suelo.-

Thomas: No lo toques, tengo un mal presentimiento.


Lonergan cogió su pistola y tocó la sustancia viscosa con el cañón del arma, que se deshizo al instante.


Thomas: ¡Es ácido!


De repente, algo cayó del techo sobre Thomas. Era un monstruo negro, con la cabeza apepinada y cuerpo de hombre deformado. Emitía unos ruidos agudos muy estridentes y mientras Thomas luchaba por deshacerse del ataque de la bestia, que quería atravesarle el cráneo con su lengua dentada, Lonergan corría hacia él para socorrerle, pero algo le cogió de los tirantes y le lanzó por los aires.


Thomas a duras penas lograba contener al monstruo, hasta que por fin consiguió darle una patada para quitárselo de encima, justo a tiempo para que el otro ser pudiese dispararle y volarle la tapa de los sesos. Thomas pudo esquivar, no sin mucho esfuerzo, la sangre del monstruo, cuyo principal componente era un ácido tan corrosivo que todo lo que tocaba terminaba descomponiéndose.


Desde el suelo, medio atontado y magullado, Thomas miró a su salvador... ¿O quizás era su verdugo? El ser pasó por su lado sin apenas dirigirle un gesto con la cabeza y se marchó. ¿Por qué le había salvado la vida? Puede que fuese porque no era amenaza alguna para él o por ir desarmado, quizá fuese porque no tenía tiempo que perder con un insignificante humano o tuviese algo que le había gustado a aquél ser, lo importante es que estaba vivo y con el camino libre para recuperar el amuleto. 


Los dos hombres se miraron el uno al otro contrariados, antes de seguir corriendo por los túneles, hasta llegar a una sala o cueva como improvisada sala de operaciones. Allí, en una mesa auxiliar junto a una de las camillas, estaba el amuleto. A su lado había una especie de brazalete electrónico que Lonergan cogió entre sus manos, para teclear un código.


Lonergan: Sal de aquí, corre. A partir de ahora yo me encargo.

Thomas: No te dejaré solo.

Lonergan: Debes hacerlo, tú tienes un hijo, Percy y él te necesita. Estos malditos demonios se llevaron a las dos únicas mujeres que he querido en mi vida y pagarán por ello. ¡VETE!


Thomas abrazó a ese intrépido cascarrabias, se colgó el amuleto al cuello y salió de la cueva hacia los túneles sin mirar atrás. 


Los indios habían logrado deshacerse de la mayoría de los demonios. El monstruo negro había muerto a manos del invisible y el invisible había desaparecido.


Lonergan: Sé que estás aquí, maldito demonio. Ven por mí, tengo un regalito para darte.


El monstruo se hizo visible a unos 3 metros de Lonergan y éste lo miró fijamente a los ojos, a través de la máscara que el monstruo llevaba puesta y dijo...


Lonergan: Esto va por Ella.


Se escuchó una gran explosión, pero Thomas no se giró, no vio como la nave se destruía en mil pedazos, tampoco vio morir a su amigo en aquél lugar, cuando se quiso dar cuenta, ya no estaba en Arizona, sino en un lugar mejor. 


Leia: Han, despierta, tenemos cosas que hacer, no podemos quedarnos en la cama todo el día, perezoso.


¿Quién era esa hermosa mujer que estaba junto a él? 


Thomas: ¡El amuleto!


Aún sujetaba ese pequeño reloj de arena entre sus manos, con la explosión se había visto tentado a sujetarlo instintivamente, por miedo a perderlo de nuevo y él le había hecho saltar a otro mundo por cuarta vez. ¿Sería su último salto? ¿Qué le depararía aquella nueva aventura? No lo sabía, pero de lo que sí estaba seguro, era de haber recuperado su juventud. ¿El amuleto le había rejuvenecido? ¿Por cuánto tiempo?
Aunque era científico y estaba predestinado a averiguar la verdad, lo cierto era que ese medallón se había convertido en un verdadero dolor de cabeza. Lo bueno de todo eso, era que si aquella hermosa mujer que estaba tendida junto a él en la cama, tenía algo que ver con esa vida, puede que no fuese tan mala idea vivirla hasta el final, si era con ella.


Continuará...

miércoles, 2 de marzo de 2016

The traveling worlds. Capítulo 3



El avión volvió a dar un vuelco y Tom se dio cuenta que algo iba mal. 


Tom: No soy de viajar mucho en avión, pero juraría que esto no es lo habitual.
Asistente: Estaremos atravesando una zona de turbulencias, señor presidente.

Tom: Quiero ver a los pilotos. ¡Llévame a la cabina!

Asistente: Por aquí, señor presidente.


Tom cada vez estaba más contrariado. Había pasado de ser un humilde profesor de la Universidad de Oxford a viajar entre mundos paralelos convertido en un famoso arqueólogo o en un policía futurista, pero ahora, era el presidente de los Estados Unidos de América, eso sí que no podía ser nada bueno.


Siguió a la asistente, que comenzaba a extrañarse de no cruzarse con nadie más por el avión. ¿Dónde se habrían metido los guardaespaldas? ¿Y las azafatas? Algo iba mal y se notaba en el ambiente.


De pronto, el profesor escuchó algo que le hizo detenerse y frenar a su ayudante.


Tom: ¡Quieta!


Se escuchaban gritos y varios hombres hablando en una lengua extranjera, al otro lado de la puerta de una de las salas de reuniones del Air Force One.


Asistente: Señor presidente, creo que han tomado secuestrado el avión, otra vez.

Tom: ¿Cómo que otra vez, esto pasa muy a menudo o qué?

Asistente: ¿No recuerda el incidente de hace unos meses?

Tom: Créeme, ahora mismo no recuerdo ni quién soy. Debemos hacer algo, pero no sé el qué.


Retrocedió, llevando de la mano a la asistente que parecía un flan de lo nerviosa que estaba. Llegaron hasta la parte trasera del avión y allí abrieron una trampilla en el suelo que descendía hasta el compartimento de carga.


Tom: Muy bien, quiero que te quedes escondida y no hagas ruido. – Colocando a la joven asistente tras un compartimento repleto de maletas.

Asistente: Pero señor presidente...

Tom: Yo me encargaré de esto, aún no se cómo, pero lo haré.


Tom sabía que tenía que resolver la situación para poder utilizar el amuleto y salir de ese mundo, puede que así regresara por fin al suyo o puede que no, pero si no resolvía el problema en el que se encontraba, el amuleto no funcionaría. Quedaría atrapado allí para siempre, aunque en esas circunstancias, el para siempre no iba a ser un problema que durase demasiado tiempo, sobre todo si los terroristas daban con él.


Dejó a la atemorizada asistente, una joven becaria que no superaba los 25 años de edad y se dispuso a subir de nuevo por la escalinata, pero esas voces que había escuchado antes se aproximaban, por lo que se ocultó tras un panel eléctrico.

Dos hombres con un acento extranjero que no pudo reconocer, abrieron la trampilla para cerciorarse que el presidente no se encontraba escondido en aquella zona. Tom era un gran catedrático, pero nunca había salido de Oxford, excepto en ese preciso momento, claro está. ¿Qué haría? ¿Cómo saldría de esa situación? Por la cabeza le pasó una curiosa idea, que le hizo evadirse unos instantes. ¿Y si en verdad nunca había dejado Oxford? ¿Y si todo aquello era un sueño a lo Resines? Entonces notó como le sujetaban de las solapas y lo lanzaban al suelo. Uno de los hombres había dado con él y el otro lo apuntaba con un arma de asalto.


Le gritaban que no se moviese o le pegarían un tiro, pero la asistente que lo vio todo, no pudo reprimir un grito ahogado y aprovechando el despiste de los dos terroristas, Tom giró en el suelo, derribando con una de sus piernas a los dos terroristas al mismo tiempo. Golpeó en la nariz al que portaba el arma, rompiéndosela y haciendo que sangrase abundantemente. El otro terrorista se lanzó sobre él y comenzó a propinarle golpes en el rostro y en el costado, él se defendió del ataque lanzándole una patada a la entrepierna y de pronto, se escuchó un ruido y el terrorista cayó inconsciente sobre él. 

Cuando consiguió deshacerse de su abrazo, pudo comprobar que la asistente se encontraba golpeando al otro terrorista con un maletín metálico en la cabeza, mientras el hombre se defendía con los brazos cruzados delante de la cara. Tom le quitó el maletín de las manos a la asustadiza asistente, la cual había demostrado más coraje del que se esperaba en ella y le dio las gracias. Ataron a los dos terroristas y mientras la mujer apuntaba al hombre de la nariz rota con el arma, Tom se encargaba de interrogarle.


Tom: ¿Cuántos sois? ¿Dónde están los rehenes? ¿Qué queréis?

Asistente: Señor presidente. ¿Me permite?

Tom se quedó algo sorprendido. Si a él, que supuestamente era el presidente de los Estados Unidos, el terrorista no le contaba nada. ¿Cómo pretendía esa joven sacarle información?


La chica se acercó al hombre de la nariz rota cuando Tom se apartó.


Asistente: Me vas a decir lo que quiero saber o tendré que hacerte mucho daño. – Con un tono de voz bastante amenazador y apuntándole con una pistola.

De repente, la joven comenzó a propinarle un golpe certero tras otro. El terrorista comenzó a escupir sangre y a retorcerse. Tom estaba cada vez más impresionado.


Tom: ¿En verdad eres una asistente?

Asistente: Sí, además de trabajar para el servicio secreto y ser la agente más joven de los NAVY SEALS en su historia.

Tom: Ahora empiezo a comprender. ¿Pero por qué no me lo dijiste?

Asistente: Tenía que cerciorarme que no estaba implicado.


Tras obtener lo que querían, amordazaron al hombre de la nariz rota y subieron rumbo a la cabina de pilotos. Al parecer solo había cuatro secuestradores, eran los únicos que habían  logrado infiltrarse, ya que las medidas de seguridad desde lo del secuestro anterior, se habían incrementado considerablemente. El primer paso fue liberar a los rehenes, se encontraban encerrados en una de las salas de reuniones con uno de los secuestradores. La joven agente se hizo pasar por una incauta damisela que huía de sus captores y cuando el terrorista la amenazó con dispararla, Tom saltó sobre él y le arrebató el arma. La joven comenzó a luchar con el secuestrador y con un par de llaves de full contact, le dejó tirado en el suelo inconsciente. Los rehenes agradecieron al presidente y a la joven agente el rescate y se dispusieron a hacerse con el control del aparato. Fueron todos los agentes a la cabina de mandos mientras el presidente y el resto de asistentes se quedaban en la sala esperando su regreso. 

Pasados un par de minutos, algo debió de salir mal, ya que el avión dio un vuelco y todos cayeron al suelo. Poco después uno de los agentes llegó a informarles que los pilotos estaban muertos y el cuadro de mandos inutilizado, debían saltar.


Tom: ¿Saltar desde un avión de pasajeros? ¿Estás loco?

Habían conseguido reducir la altitud para poder lanzarse en paracaídas y por suerte se encontraban sobrevolando el océano, lo que evitaría que el avión cayese en una zona poblada.

Se dirigieron entonces a la cola del avión y descendieron a la zona de carga por una de las trampillas del suelo. Uno de los agentes les explicó el funcionamiento del paracaídas, para que al saltar no tuviesen problemas.


Tom: Esto no puede estar pasando, tengo miedo a las alturas. 

Intentó girar el amuleto en sus manos, pero nada sucedía, seguía estando al filo de la zona de carga del avión, sujeto a uno de las cargas del avión, viendo como el resto de la tripulación se lanzaba y atravesaba las nubes como si fueran cortinas de humo.

Se estaba colocando el paracaídas cuando alguien disparó, uno de los secuestradores se había soltado y le había quitado el arma a uno de los agentes. Con el revuelo, la gente corría a esconderse, pero Tom seguía intentando atarse correctamente el paracaídas cuando alguien fue empujado al vacío arrastrándole a él también. 


Mientras caía sin control, intentó sujetarse el paracaídas para poder tirar de la anilla de seguridad, pero al hacerlo, el paracaídas se enredó y no se abrió como debería.


Iba a morir, estaba seguro que ese sería su final, por lo que cerró los ojos y se dejó llevar, sujetando entre sus manos el amuleto que tantos quebraderos de cabeza le había causado. De repente, sintió que ya no caía al vacío y que se encontraba atado a una especie de camilla, abrió los ojos y una luz blanca le hizo desviar la mirada. Cuando consiguió ajustar su visión a la intensa luz, lo que vio ante él, le pareció como si su peor pesadilla acabase de tomar forma. 

Tom: ¿Y ahora dónde estoy?



Continuará...