domingo, 13 de diciembre de 2015

El legado de las brujas. Capítulo 4



Habían pasado varias semanas sin tener noticias del gobernador y Helena seguía en alerta. Tenía el presentimiento que algo malo iba a suceder y se despertaba gritando por las noches, empapada en sudor. Morgana no sabía cómo ayudarla, le había preparado miles de infusiones para conciliar el sueño, contra los terrores nocturnos, para relajarse o incluso había llenado la cabaña con atrapa sueños intentando deshacerse de las pesadillas, pero nada resultaba efectivo. Lo que Helena tenía, era algo que no se curaba con ningún remedio milagroso, no estaba enferma físicamente, sino en lo más profundo de su ser, en el alma. 

Morgana: ¿Cómo te encuentras hoy, querida?
Helena: Bien, gracias. Creo que saldré a dar una vuelta por el bosque, iré a recoger bayas.
Morgana: Me parece buena idea. Abrígate que hace frío y parece que va a llover otra vez.

Cuando Helena salía por la puerta, se topó con Ismael que llegaba de visita.

Ismael: Buenos días. ¿Te marchabas?
Helena: Voy a recoger bayas al bosque. ¿Quieres acompañarme?
Ismael: ¡Claro que sí! Buenos días Morgana.
Morgana: Buenos días muchacho, cuida bien de mi pequeña.

Los dos jóvenes se marcharon al bosque y caminaron durante varios minutos. La noche anterior había llovido y las gotas que caían de las copas de los árboles, resbalaban por la capucha de Helena hasta llegar al suelo.

Ismael: Te lo debo preguntar. Espero que no te moleste, pero he de hacerlo. ¿Me vas a contar lo que te sucede?

Helena se detuvo, dejó la cesta en el suelo y se retiró la capucha. Respiró hondo y se giró para quedar de frente a Ismael con los ojos empañados en lágrimas.

Helena: Será mejor que te sientes. Después de lo que te voy a contar, seguramente te perderé para siempre. No será nada agradable de escuchar, pero debes saberlo.
Ismael se sentó en un tronco caído y dio una palmadita a su lado para que Helena se sentase junto a él, pero no lo hizo, permaneció de pie, sintiendo las gotas de agua caer por su rostro.

Helena: Ismael, yo… ¡Somos hermanos!
Ismael: ¡QUÉ! No puede ser.
Helena: Tu padre violó a mi madre y por su culpa murió en la hoguera. Él me lo arrebató todo.
Ismael: No puedo creerte.
Helena: No estoy mintiendo, lo vi en sus ojos cuando nos presentaste, de ahí que cambiase de actitud tan repentinamente. Morgana me recogió y cuidó todos estos años, pero no es mi madre realmente.

Helena se echó a llorar desconsolada al recordar todas aquellas imágenes atroces en su cabeza. Sintió una punzada en el corazón y cayó de rodillas al suelo. Ismael se arrodilló junto a ella y la zarandeó.

Ismael: No puede ser, escúchame, no puedo creerte. ¡No podemos ser hermanos! Mi padre no…

En ese instante, escucharon gritos que provenían de algún lugar cercano a su posición. Sigilosamente,  se dirigieron hacia aquél lugar para descubrir a qué se debía tanto alboroto y al llegar, permanecieron escondidos tras unos arbustos para no ser descubiertos. Vieron al padre de Ismael, al Gobernador y al resto de su caballería, dando caza a un joven soldado herido.

Tristán: No pienso ser cómplice de tales atrocidades. No me alisté para esto.
Gobernador: Soy tu señor y deberás obedecerme. O estás con nosotros o contra nosotros.
Tristán: Le denunciaré a la inquisición. No puede torturar a la gente y escudarse en su cargo.
Gobernador: No se cómo piensas hacerlo, los muertos no hablan. ¡MATADLE!

El joven salió corriendo y la caballería fue en su busca, el chico era rápido, pero los caballos lo eran mucho más y pronto le tuvieron a tiro. Helena sabía lo que pasaría a continuación, una flecha muy cerca del corazón estaría a punto de acabar con la vida de aquél caballero. Ese chico… era él, el joven con el que tantas veces había soñado. El mismo que había visto aquella tarde en el bosque en su visión.

Helena: Tenemos que hacer algo, le van a matar.
Ismael: No puedo creerme lo que estoy viendo, no me encuentro nada bien. Si esto es verdad, qué más lo será. Ese monstruo no es mi padre, al menos no el padre que yo conozco.
Helena: Siento mucho todo esto, Ismael. No sabes cuánto lo siento.
Ismael: El que lo siente soy yo, no he creído lo que me decías, cuando has sido lo mejor que me ha pasado en la vida. Y ahora somos medio hermanos. Esto me supera. No te preocupes, yo distraeré a la caballería, cuando estemos lejos, recoge al caballero y llévatelo a casa, cuando pueda volveré a por él.
Ismael salió al encuentro de su padre y la guardia, tras haber alcanzado éstos al joven caballero con una flecha.

Ismael: ¡Padre! ¿Qué sucede?
Gobernador: Hijo, llegas a tiempo de ver como acabamos con un mísero ladrón. ¿Viste la flecha que le lancé? ¡Comprobad que esté muerto!
Ismael: Yo lo haré padre.

El joven Ismael se acercó al cuerpo del caballero que se encontraba herido, justo como Helena había predicho y le dijo que se mantuviese inmóvil, el se llevaría a los caballeros y alguien acudiría en su ayuda.
Ismael: Un tiro espectacular, padre. Como siempre. Le diste en todo el corazón.
Gobernador: Soy el mejor cazador por estos lares. ¿Qué hacías por aquí solo? ¿Y tu montura?
Ismael: Vine a ver a mi amiga Helena, me encontraba paseando por los alrededores y reconocí el relincho de tu caballo.
Gobernador: ¿Cómo está la bella Helena?
Ismael: Bien, tan hermosa y gentil como siempre.

El gobernador recordó los ojos azules de Helena y ató cabos, supo al instante que la joven era su hija bastarda, aquella que había tenido con la bruja a la que violó y sentenció a muerte, la niña había sobrevivido y él pronto le haría una visita que la joven no olvidaría jamás.


Cuando Ismael alejó el peligro, Helena salió corriendo a socorrer al joven herido, se arrodilló junto a él y le posó las manos en la herida.

Helena: No te muevas, yo te ayudaré.
Tristán: ¿Quién eres tú?
Helena: Me llamo Helena. Tienes una herida muy fea, necesito que me acompañes a casa, allí podremos ayudarte.

Helena se arrancó un pedazo de vestido, partió el palo de la flecha con cuidado y sacó la punta por el otro lado, enseguida puso el trozo de vestido a modo de vendaje sobre la herida y ayudó al joven a incorporarse.

Helena: Voy a necesitar que colabores, no puedo cargar contigo sola. ¿Puedes andar? Apóyate en mí.


El joven rodeó con el brazo bueno los hombros de Helena y se apoyó en ella. Por suerte, la cabaña no estaba muy lejos y consiguieron llegar casi a rastras. Morgana salió al escuchar los gritos de Helena y ayudó a cargar con el joven hasta el interior de la casa.

Le tumbaron sobre la cama de Helena que era la más próxima a la puerta y mientras Morgana le quitaba la armadura, Helena revoloteaba como un hada por las alacenas, cogiendo vendajes limpios, ungüentos a base de pie de león y cualquier cosa que pudiese ser de utilidad.

UNAS HORAS DESPUÉS

Tristán: ¿Dónde estoy?

El joven se despertó en un lugar extraño que no le resultaba nada familiar y notó que alguien le sostenía la mano, cuando se incorporó notó un dolor y vio que estaba vendado, después vio a la joven que dormía en una silla junto a él, mientras le sostenía la mano y se sintió a salvo.

Morgana: Tranquilo, estás en buenas manos. No ha querido dejarte solo ni un momento. ¿Cómo te encuentras? Yo me llamo Morgana y ella es mi hija Helena. Te hemos curado la herida, pronto sanará.
Tristán: Me encuentro bien, gracias. Bueno, todo lo bien que puedo estar. Por cierto ¿dónde nos encontramos?
Morgana: En casa. Helena y yo vivimos en una pequeña cabaña en el bosque, por lo que puedes estar tranquilo que aquí no te encontrará nadie.
Helena: Te has despertado. ¿Estás bien?
Tristán: Ahora sí. –Devolviéndole una dulce sonrisa a su salvadora a la que sonrojó de inmediato.-


DÍAS MÁS TARDE

Tristán: Así que… tú me viste llegar.
Helena: La verdad es que sí, pero hacía tanto tiempo de eso que ya había perdido la esperanza de encontrarte.
Tristán: Debe ser extraño pero a la vez maravilloso, saber todo lo que va a ocurrir antes de que suceda.
Helena: Lo cierto es que no funciona así. No es algo que pueda controlar y no funciona siempre. Aún no lo domino bien y me queda mucho por aprender. Creo que ya tenemos suficiente melisa, podemos regresar, se está haciendo de noche.
Tristán: Me gusta pasear contigo por el bosque. Me estoy recuperando muy rápido gracias a ti y a tu madre. Os estaré eternamente agradecido.
Helena: No tienes que darnos las gracias, si te cruzaste en nuestro camino es porque así lo quiso el destino. Eres de los pocos que saben lo que somos y no nos temen, eso para nosotras ya es todo un agradecimiento.
Tristán: ¿Por qué había de temeros?
Helena: Por ser brujas.
Tristán: Hay de todo en este mundo. Al igual que hay brujas malas, las hay buenas. Hay monstruos mucho peores, como el gobernador.

Helena se quedó paralizada, le aterraba escuchar ese nombre y Tristán se dio cuenta.


Tristán: Cuando me encontraste huía de él. No sabes las atrocidades que realiza en sus mazmorras. No pude soportarlo y me revelé, pero revelarse contra el gobernador significa la muerte o vivir como repudiado y forajido.
Helena: Le conozco bien, él…

Helena le contó toda su historia a Tristán, hacía poco que se conocían pero les unía un vínculo muy especial. Eran dos almas gemelas que se habían encontrado tras varia vidas buscándose sin cesar. Al fin estaban el uno junto al otro, justo donde debían estar.

Tristán: ¿Y por qué no le mataste? Puedes hacerlo, con magia negra. ¿No es cierto?
Helena: ¿De qué serviría? Eso tan solo me convertiría en un ser tan despreciable como él, mi madre tenía razón, no lo haré. Si ella pudo perdonarle, yo como mínimo debería intentarlo.
Tristán: Pero dejaría de hacer daño a todo el mundo.
Helena: Por muy malo que sea, es mi padre y el padre de Ismael. Sé que suena horrible, pero sigo creyendo que su misión aún no ha llegado a su fin y es importante que cumpla lo que está predestinado a hacer. Para bien o para mal, es así.
Tristán: Yo no creo que pudiese contenerme si le tuviese enfrente, sé que le mataría.
Helena: Pues yo sé que no lo harías, si yo te lo pidiese.
Tristán: No podría prometerte nada.
Helena: No hace falta, recuerda que soy bruja y puedo leer en tu interior.
Tristán: No es justo, juego en desventaja.
Helena: Una persona muy sabia me dijo una vez que la vida no es justa, somos nosotros los que debemos ser justos para vivir en paz con nosotros mismos.

Tristán le dio la mano a Helena y juntos regresaron a la cabaña, cuando entraron por la puerta, el joven se tensó al ver a un caballero sentado a la mesa con Morgana.

Helena: ¡No, quieto! Es mi hermano Ismael, él fue quien te salvó.
Tristán: Lo siento, yo… apenas pude verte bien aquél día. Te estoy muy agradecido.
Ismael: Siento mucho, lo que te hizo el monstruo de mi padre, nunca imaginé que pudiera llegar a hacer todas esas barbaridades de las que ahora sé que es capaz.
Helena: No es culpa tuya, hermano. No cargues con los errores de nuestro padre.

Helena abrazó a Ismael que enseguida se apartó de ella .

Helena: ¿Qué sucede?
Ismael: Debes huir, Helena. Mi padre te ha echado el ojo y por lo que pude escuchar el otro día, vendrá a por ti.
Helena: Debemos sacar a Tristán de aquí antes de nada.
Morgana: Debemos irnos todos cuanto antes.
Ismael: Recoged lo más esencial, yo llevaré a las afueras del pueblo a Tristán, por si nos encontramos con algún guardia y regresaré a por vosotras, después nos iremos lejos de aquí y nos reuniremos con él.
Helena: ¿Y tu madre?
Ismael: Ya hablé con mi madre y está tan ciega de amor por mi padre que no le quiere abandonar. Me ha dicho que me cubrirá para que yo escape, pero ella se queda con él.
Morgana: Lo siento mucho Ismael.
Ismael: Gracias. Volveré a por vosotras, preparaos para mi regreso en un par de horas.
Los dos chicos se marcharon a la caída del sol. Irían hasta los límites de los dominios del gobernador y sus caminos se separarían momentáneamente, más tarde se reunirían en una vieja taberna unos poblados más allá.

UNA HORA MÁS TARDE

Ismael: Bueno, quedamos así, en unas horas nos encontraremos en “La posada de las Águilas”.  Procura pasar desapercibido.
Tristán: Y tú cuida de Helena.
Ismael: Eso no hace falta que me lo pidas.
Tristán: Lo sé, amigo, lo sé.

Tristán se marchó hacia la posada, mientras Ismael regresaba a la cabaña, pero al llegar a donde supuestamente debía estar la casa de Helena, tan solo encontró una columna de humo negro que ascendía por encima de la copa de los árboles y un montón de escombros carbonizados. Ismael se temió lo peor al ver a Morgana tirada en el suelo, unos metros antes de lo que había sido la entrada de la casa, corrió hacia ella, se arrodilló a su lado y le sujetó la cabeza.


Ismael: ¡Morgana! ¿Qué ha pasado aquí? ¿Dónde está Helena?
Morgana: Tu padre vino al poco de marcharos, tiene a Helena, sálvala Ismael. Dile que la quiero y cuida de mi niña por mí, cuida de tu hermana. – Y con el último aliento que le quedaba a la bruja, le dedicó una dulce sonrisa y se apagó, al igual que lo hizo el último rescoldo de madera quemada.-
Ismael: ¡No! ¡Morgana despierta! ¡No te vayas así, por favor!

EN LAS MAZMORRAS

Helena sintió frío y mucha humedad, abrió los ojos y sus peores temores se confirmaron, se encontraba atada mediante unos grilletes en una sucia y lúgubre mazmorra. Sabía dónde se encontraba exactamente, si no fuese algo imposible, hubiese jurado que reconocía aquél lugar. Allí fue donde ella había venido al mundo.


Gobernador: Por fin despiertas. ¿Este lugar te trae algunos recuerdos? No creo, eras demasiado pequeña. ¿O me equivoco?


Continuará...




domingo, 6 de diciembre de 2015

El legado de las brujas. Capítulo 3



La caza de brujas llegaba a su “fin” y Helena sin saberlo, sería la joven bruja encargada de llevarlo a cabo. 

Habían pasado varios años desde que Helena había descubierto que era una joven huérfana y había sido salvada de morir a manos de la inquisición por Morgana. Fue la misma noche en la que había conocido a Ismael, el joven que día sí y día también, aparecía en la puerta de su casa con flores y regalos para las dos mujeres, que habían salvado la vida de su madre. 

Helena y Morgana estaban ayudando a la gente de las aldeas cercanas con sus remedios, y gracias a eso, su condición de brujas permanecía en secreto. La gente sabía que si las delataba ante la inquisición, terminarían con su buena racha y los remedios milagrosos que tanto Morgana como Helena preparaban, sin coste alguno. 

Cada mañana acudían varias personas a pedir ayuda y consuelo. Un remedio para la tos, otro para mejorar sus cosechas o quizás algún brebaje para aumentar la fertilidad. Los resultados eran muy buenos, por lo que la gente llegaba cada vez de más lejos. Ismael estaba aprendiendo mucho junto a Helena, no era un brujo, pero algunos remedios no requieren de ninguna magia especial, y la naturaleza es muy sabia. 

Una tarde en la que Helena recogía bayas en el bosque, escuchó como unos jinetes se acercaban.
Ismael: ¡Helena, buenas tardes!
Helena: ¡Buenas tardes, Ismael!
Gobernador: ¿Hijo, conoces a esta joven?

Helena sintió un escalofrío al verse reflejada en los ojos de aquél hombre, que descendió del caballo para estar a su altura.

Ismael: Sí, padre. Es mi amiga Helena, la joven que ayudó a madre aquella vez que estuvo tan enferma.
Gobernador: Por fin os conozco, joven Helena. Espero que los regalos de agradecimiento que les hemos estado enviando todos estos años, hayan sido de su agrado.
 
Entonces, el gobernador le tendió la mano a Helena.

Helena: Por supuesto,  señor gobernador. Aunque no era necesario, mi madre y una servidora lo hicimos de buen grado.

Cuando Helena cogió la mano del gobernador para besar su anillo, fue como si el tiempo y el espacio se detuviesen de golpe. Se vio a sí misma en el cuerpo de otra mujer, el de su verdadera madre. Vivió los peores momentos en primera persona, la cara del hombre que la violó se le quedó grabada, al igual que las torturas en las mazmorras, el lloro desconsolado de su familia materna y la hoguera, la horrible hoguera que acabó con ella

Cuando regresó de su viaje astral, apenas habían pasado unos segundos, pero estaba totalmente pálida y casi se desmaya. Para ella había sido muy duro sentir todo aquello, pero por suerte fue astuta y acusó su mal estar, a no haber almorzado nada aquella mañana.

Gobernador: No podemos dejar que esta jovencita desfallezca.

El gobernador subió a su caballo y le tendió la mano a Helena para que montase junto a él. A la joven le dieron arcadas de pensar que tendría que estar tan cerca del monstruo que le arrebató a su madre y se quedó paralizada. Por suerte para ella, Ismael le dijo a su padre que continuase con la cacería y él acompañaría a su amiga, le alcanzaría más tarde tras dejarla en casa. El gobernador accedió, aunque no de muy buena gana y se marchó mientras echaba un último vistazo a la joven de ojos claros con tanta lascivia, que no pudo evitar sonreír triunfalmente al imaginar las cosas que le haría. Al fin había encontrado una presa digna de él, Helena le recordaba tanto a alguien... ¿Pero a quién?

Ismael: He notado que has palidecido al conocer a mi padre. ¿Qué ha sucedido?

Helena: No puedo explicártelo, por ahora no. Tengo que saber si lo que he visto es real, debo hablar con Morgana, ella lo sabrá.

Ismael sintió como Helena se estremecía y se apretaba más y más contra su espalda, por lo que no quiso presionarla y permaneció el resto del camino en silencio. Ismael sentía algo muy fuerte por Helena, lo atraía tanto como la miel a las moscas, algo típico de las brujas, ya que tienen un magnetismo difícil de ignorar. Pero Ismael sabía que Helena no le miraba de la misma forma y eso le torturaba cada vez más.

Morgana se encontraba en la puerta de la cabaña, despidiendo a una mujer que había ido en busca de un remedio contra las picaduras de insecto y notó el estado de Helena cuando llegó. Su aura había palidecido estrepitosamente, por lo que al marcharse Ismael, le exigió que le contase todo lo ocurrido, inmediatamente.

Helena: Fue él. ¡Él mató a mi madre! - Le dijo tras contarle todo lo que había visto.
Morgana: Ahora entiendo la desesperación en sus últimas horas. Siento tanto todo esto, Helena. Nunca supe lo ocurrido realmente. Yo asistí el parto de tu madre en las mazmorras y no tuvimos tiempo de nada, solo seguí sus indicaciones y te saqué de allí. Ojalá hubiese podido hacer algo más. Lo siento mucho mi niña, pero le prometí que te mantendría a salvo. Debemos irnos de aquí, tenemos que huir lejos de ese hombre.

Helena: ¡No! No podemos marcharnos sin más. No pienso huir.

Morgana: Si descubre lo que pasó, que eres su hija, te matará.
Helena: Pienso vengar a mi madre.
Morgana: La venganza es un arma de doble filo, no trae nada bueno. Ya te lo he dicho muchas veces, toda acción conlleva sus consecuencias y en la magia eso es aún peor, mucho más peligroso.
Helena: No podemos huir, si lo hacemos sabrá que pasa algo malo y nos dará caza. He visto las atrocidades que le hizo a mi madre y debe pagarlo.
Morgana: El karma se encargará de ponerle en su lugar. No arruines tu vida por un ser despreciable, que no se lo merece.
Helena: No lo hago por él, lo hago por mi madre y lo hago por mí.

Helena se metió de lleno en la magia negra, se pasaba las horas muertas probando nuevos hechizos y brebajes. Con cada invocación que realizaba, su corazón se volvía más oscuro y tenebroso. Ismael había dejado de ir cada mañana, para visitarlas un par de veces a la semana, sabía que algo había cambiado en su amiga, lo notaba, pero ella se había cerrado en banda y no quería presionarla, cuando estuviese lista sabía que se lo contaría.

Una noche, mientras el caldero hervía y Morgana se encontraba dormida al otro lado de unas cortinas, al otro lado de la habitación, Helena se sentó junto al fuego con los ojos cerrados, para descansar  la vista y dejarse llevar por sus cavilaciones. De pronto, Niebla, su fiel lechuza llegó volando, se posó junto a ella en el brazo de la mecedora y Helena le pasó la mano por el plumaje.

Helena: Oh mi querida Niebla, estoy cansada. Creo que la ira no me hace ningún bien, estoy tan resentida que ya ni los minerales que hasta hace unos días me protegían, me calman la sed de venganza. No sé qué hacer. ¿Qué consejo me darías tú, querida amiga?

De repente, la lechuza se separó de Helena y alzó el vuelo hasta la repisa de la chimenea, donde unas pequeñas luces blancas que atravesaron el techo y cayeron sobre la lechuza, formaron un remolino de luz que poco a poco se dispersó, convirtiendo a la lechuza en una joven de cabellos dorados y ojos claros, con un intenso brillo que la rodeaba. Llevaba puesto un vestido blanco de seda hasta los pies e iba descalza. Helena al verla, supo sin lugar a dudas de quién se trataba.

Helena: ¡Madre! - Intentando acercarse para darle un abrazo, pero al hacerlo la atravesó como si fuese humo. Era un fantasma.
Sarah: Querida Helena, cuanto has crecido.
Helena: ¿Eres tú? No puedo creerlo. ¡Eres Niebla!
Sarah: Sí, soy tu espíritu guardián. Siento no haber estado contigo como madre, aunque Morgana ha sido mejor madre de lo que yo hubiese sido jamás, no pude haber escogido a nadie mejor para cuidar de ti. Dale las gracias cuando hables con ella.
Helena: ¿Por qué no se las das tú?
Sarah: Solo puedo hablar contigo y no siempre, en contadas ocasiones. Debes parar tu venganza, por eso estoy aquí. No quiero que te suceda lo mismo que a mí. Debes huir, el gobernador te ha puesto en su punto de mira y va a venir a buscarte.
Helena: Lo sé y le estaré esperando, estoy preparada.
Sarah: No lo entiendes, no puedes enfrentarte a él sin ponerte en peligro a ti y a todos nuestros seres queridos. Morgana, Ismael, mis hermanas y tu abuela. A ellas no las conoces, pero es mejor así, por su bien y por el tuyo. Si el gobernador se entera que eres su hija, aquella a la que creía muerta, correrá la sangre.
Helena: No será mi sangre la que se derrame. He practicado mucho y he mejorado bastante, estarías orgullosa.
Sarah: Eres una bruja muy fuerte, como lo presagié y estoy orgullosa de ti, pero la oscuridad te consumirá por dentro Helena. Deja que el karma se encargue de él.
Helena: Siempre decís lo mismo, que el karma se encargará de todo y por el momento no ha hecho nada en nuestro favor. Tú nunca le hiciste daño a nadie y mira cuanto daño te hicieron. Si eso es el karma, prefiero no tener nada que ver con él.
Sarah: No digas eso, querida. Todo ocurre por un motivo, mi muerte te dio la vida. Una vida en la que puedes ser tú misma, lejos de los juicios de la inquisición y de las muertes indiscriminadas. Si para ello tuviese que morir mil veces, lo haría encantada.
Helena: Pero no es justo. No te conocí, no tuvimos tiempo de estar juntas y siento que me haces mucha falta. Una parte de mi está incompleta sin ti.
Sarah: La vida no es justa, Helena. Pero por suerte, me tienes aquí, a tu lado. Da igual la forma que tenga, siempre estaré cuidando de ti, mi pequeña brujita. Eso es mucho más de lo que tienen otras personas. Ahora he de irme, pero prométeme que serás fuerte y no sucumbirás a la oscuridad, no dejes que se pudra ese corazón tan puro y valiente que tienes, ten fe en los dioses, ellos te guiarán.
Helena: No te marches, madre. No me dejes…

Las luces regresaron y envolvieron a Sarah hasta que desapareció y en su lugar regresó la lechuza, sutilmente reposando sobre la repisa de la chimenea.

Helena: Está bien, lo prometo. Volveré a ser la misma de siempre, lo haré por ti.


Continuará...