martes, 15 de diciembre de 2015

El legado de las brujas. Capítulo 5



EN EL BOSQUE

Ismael terminó de cavar un profundo hoyo junto a los resquicios de la casa, después, cargó el cuerpo sin vida de Morgana y lo depositó cuidadosamente en la tumba improvisada. Había pasado más tiempo con esa mujer y con Helena, que con su propia familia. ¿Qué monstruo habitaba en el interior de su padre? ¿Qué le había empujado a realizar todas aquellas barbaridades? No era el mismo hombre que le había criado de pequeño o eso no era lo que Ismael recordaba. ¿Cuánto tiempo habría estado ocultando su verdadera identidad y por qué no se había dado cuenta antes? La culpa torturaba a Ismael, él fue quien vio aquella noche a la joven Helena bajo la lluvia en el bosque, y por él se detuvo el carruaje, la misma noche en la que conoció a Morgana y sus destinos se cruzaron para siempre.  Quizás, si no hubiese dicho nada, si no hubiese detenido el carruaje y socorrido a Helena,  Morgana seguiría con vida y Helena estaría a salvo.


Ismael: ¡Helena!

Estaba claro que él solo no podría enfrentarse a su padre y a toda la guardia, necesitaba ayuda y sabía dónde encontrarla. Recordó que Tristán les estaría esperando preocupado en “La posada de las Águilas” y puso rumbo hacia aquél lugar, aun tardaría bastante en llegar a su encuentro y en ese tiempo, quién sabe lo que estaría sufriendo su hermana Helena.

EN LAS MAZMORRAS

Helena: ¡Basta ya! ¿Por qué haces esto? Por favor, detente.
Gobernador: Querida Helena, dime lo que quiero saber y acabaré con tu sufrimiento. ¿Quién más sabe que soy tu padre? ¿Le dijiste algo a Ismael? ¡CONTESTA!

El gobernador le arrojó otro cubo de agua helada a Helena, y ésta comenzó a tiritar debido a la hipotermia que se cernía sobre ella.

 
Helena: No sabe nada. ¡Déjale en paz!

Uno tras otro, los cubos de agua seguían empapando a la joven,  que permaneció así durante varias horas, sin descanso.

El gobernador: Hablarás y yo terminaré con esta tortura. Te soltaría, pero nadie puede saber que soy el padre de una abominación como tú. Ismael es mi único hijo y tú… -Acariciando con el dorso de la mano la mejilla de Helena, para después golpearla tan fuerte como sus fuerzas le permitían.-… Tú fuiste un error que pronto subsanaré. Dentro de poco te encontrarás con esa bruja que te ocultó de mí todo este tiempo.
Helena: ¡Nooo! ¡Morgana, no!

Helena terminó perdiendo el conocimiento, hacia un mundo en el que la tortura era un vago recuerdo y el gobernador, aprovechó para hacer un descanso de su labor. De nada le servía la joven bruja en ese estado.

 
El gobernador se limpió las manos en una pila de agua bendita que tenía sobre una vieja mesa de madera, próxima a la puerta. Mientras, observaba el cuerpo de la bruja colgado del techo por unos grilletes, sus pies ya no luchaban por mantener el equilibrio de puntillas, tan solo reposaban sobre el frío y encharcado  suelo de piedra de la mazmorra. El agua acumulada, se deslizaba hasta una esquina de la sala en la que había un agujero y allí se mezclaba con la sangre que desprendían las heridas de la bruja, antes de formar un remolino que desaparecía por el desagüe. El gobernador, observó cada centímetro libre de sangre en el rostro de Helena y recordó a Sarah. Lástima que la inquisición tomase cartas en el asunto tan pronto, esos meses fueron los mejores de su vida y ahora ante él, se encontraba la copia barata de aquella mujer, la culpable de haber perdido al ser más perfecto que había poseído, aquella bruja que por fin le había devuelto las ganas de vivir.

Entonces, se sobresaltó al escuchar una especie de chirrido. Miró en la dirección del estridente sonido, cerca del agujero y vio una rata de medidas considerables, corretear por las esquinas de la mazmorra.

Gobernador: ¡Qué aproveche, rata asquerosa! Solo espero que no termines muy pronto con la bruja o tendré que asarte para cenar. Dejemos que sufra un poco más, pero no demasiado. –Y entonces salió de la estancia, arrojando al suelo el trapo manchado de sangre con el que se había secado las manos.-




POSADA DE LAS ÁGUILAS

Tristán llevaba varias horas allí sentado y se temía lo peor. En varias ocasiones se había dispuesto a regresar, deshaciendo el camino andado para correr a su encuentro. Decidido y con paso firme, había llegado hasta la puerta de la posada y con la misma decisión, había desechando esa idea por temor a que su falta de paciencia, hiciese pagar a Helena por su error. Por lo que el joven Tristán regresaba a su mesa y daba vueltas a la pinta de cerveza que sostenía entre sus manos, una y otra vez, aquella pinta que había dejado de ser apetecible, mucho tiempo atrás.

De pronto, la puerta de la posada se abrió de golpe e Ismael entró como un huracán, arrasando con todo a su paso. Al principio, Tristán al ver a su nuevo amigo, sonrió lleno de júbilo, pero la alegría fue efímera al descubrir que el hermano de Helena llegaba solo, con la ropa llena de hollín y el pelo alborotado por el sudor.

Tristán: ¿Qué ha sucedido? ¿Dónde está Helena? ¿Y Morgana?

 
Ismael se sentó a la mesa y le arrebató la cerveza de las manos a Tristán, después, se la bebió de un trago sin apenas respirar. Tenía la garganta tan reseca, que las palabras que emitía se clavaban en su garganta como cuchillos afilados.

Ismael: Morgana está muerta, yo mismo la enterré. Antes de morir me dijo algo, mi padre se ha llevado a Helena. Supuse que tú sabrías dónde empezar a buscarla, porque yo lo desconozco. Jamás supe de las atrocidades de mi padre, lo mantuvo bien oculto todos estos años. ¡Debemos encontrarla! ¡Ayúdame, te lo suplico!

Tristán: Claro que lo haré. Amo a Helena y creo que se dónde puede estar, en las mazmorras. Al gobernador le encanta torturar a la gente allí, es su mayor entretenimiento.


Ismael: ¿Y si ha matado a Helena? Yo…. No puedo matarle… ¡Es mi padre!
Tristán: Gracias a los cielos, que yo no tengo la desgracia de ser su hijo. Acabaré con él si le ha tocado un solo pelo de la cabeza a Helena, lo juro.

Ambos jóvenes se marcharían de la posada a caballo, Tristán había robado dos corceles blancos en un pueblo cercano, para que pudiesen huir los cuatro, pero en lugar de tomar el camino que les llevaría a la libertad, escogieron el que les llevaría a una muerte segura. Esa noche, la sangre correría en aquella mazmorra y Tristán tenía muy claro que no sería la suya.

Cuando subieron a lomos de los caballos, escucharon el sonido de un ave que revoloteaba sobre sus cabezas y al alzar la vista, vieron a una lechuza que parecía sobrevolarles para captar su atención.


Ismael: ¡Niebla!
Tristán: ¿Quién?
Ismael: Es la madre de Helena. ¡Sigámosla!
Tristán: ¿La madre? No entiendo nada. ¡ARRE!

RESIDENCIA DEL GOBERNADOR

Gobernador: Buenas noches, querida. ¿Todo bien? ¿Dónde está nuestro hijo?
Dama: Creo que está con los muchachos del pueblo en alguna posada. ¿Le requieres para algo en concreto?
Gobernador: No, era mera curiosidad. Esta noche estaré ocupado, no me esperes levantada.
Dama: Como gustes. Espero que los quehaceres que te reclaman se subsanen lo antes posible.

El gobernador besó la frente de su esposa y salió de nuevo, camino a las mazmorras. La bruja pronto confesaría y al fin podría acabar con ella y con el recuerdo de aquella mujer de cabellos dorados y ojos azules, en los que se veía reflejado cada vez que miraba fíjamente a Helena.

La dama vio marchar a su marido, aquél al que había servido tanto tiempo incondicionalmente y no pudo contener las lágrimas. Estaba entre la espada y la pared, su marido, al que había jurado lealtad ante los ojos de Dios o su hijo, sangre de su sangre y la persona que más quería en el mundo. Tarde o temprano, esa misma noche, tendría que hacer su elección. ¿Cuál sería?

  
EN EL BOSQUE

La gente se agolpaba alrededor de los restos de la casa de Morgana. Las llamas no solo habían destrozado la cabaña, también habían acabado con sus sueños y esperanzas. Aquella anciana que esperaba su remedio matinal contra el reuma y que ya no llegaría jamás. La madre que portaba en sus viejos y cansados brazos al niño febril y apagado, que apunto estaba de perder la batalla contra la escarlatina. La joven despechada que había perdido las ganas de vivir. En ese momento, se dieron cuenta que las brujas que tanto les habían ayudado con remedios caseros y consejos certeros, ya no volverían nunca más. ¿A quién pedirían consejo? ¿A quién acudirían si alguien enfermaba de gravedad? ¿Quién les ayudaría a que sus cosechas fuesen las más prósperas del lugar? La respuesta estaba tan clara que NADIE tuvo el valor de pronunciarla en voz alta, por lo que se marcharon arrastrando los pies por donde habían llegado, con el temor de afrontar la vida como al principio, en soledad. 

  
EN LAS MAZMORRAS

Helena sintió como algo le mordisqueaba los pies, abrió los ojos y pudo ver un montón de ratas que intentaban devorarla viva. Comenzó a agitarse hasta espantar a las ratas y por fin pudo ver que tenía los pies llenos de mordiscos y sangre. La sangre no dejaba de brotar y apenas sentía los brazos, después de llevar tanto tiempo de ellos colgada. Sus labios morados por el frío, cubrían ligeramente unos dientes chirriantes que se acompasaban con el tiritar de sus músculos aturdidos. En ese momento no pudo más y dejó escapar un grito desgarrador, justo al tiempo que el gobernador entraba por la puerta.

Gobernador: Veo que ni las ratas aprecian tu sangre, sangre de bruja.

El gobernador se acercó a ella y permaneció impasible a pocos centímetros de la joven.

Helena: Mucho desprecias mi sangre, pero no te importó mezclarte con una bruja para engendrarme, padre. – Y lanzó un escupitajo lleno de sangre que fue a parar al rostro del gobernador.-


Gobernador: No tendrías que haber nacido, tendrían que haberla quemado en la hoguera mucho antes, pero la inquisición y sus juicios. En el fondo son unos blandos. –Alzando la mano para golpear a Helena, nuevamente.-

De pronto, una lechuza entró volando por una de las altas ventanas de la mazmorra y se lanzó en picado contra el gobernador, que reaccionó alzando las manos para protegerse la cara. Justo en ese momento, la puerta de la mazmorra se abrió de golpe y Tristán, espada en mano, entró y apuntó al gobernador. 

Tristán: Suéltala, te lo ordeno.
Gobernador: ¿Tú y quién más?
Ismael: ¡Yo!
Gobernador: ¿Ismael? ¿Qué haces con este traidor?
Ismael: Rescatar a mi hermana de las garras del monstruo que tengo por padre. ¿Cómo has podido? No puedo comprenderlo. ¡Siempre fuiste mi héroe!
Gobernador: Y lo soy, hijo. No creas nada de lo que te hayan dicho, siempre seré tu héroe, soy tu padre.
Ismael: Puede que seas mi padre, pero también eres el suyo y mira lo que le has hecho. Los héroes salvan a las personas, tú me lo enseñaste.
Gobernador: Estoy salvando su alma, es una abominación.
Ismael: Aquí la única abominación que veo eres tú.

 
Gobernador: Eso quiere decir, que si no estás conmigo, estás contra mí.

Ismael agachó la cabeza avergonzado, por las terribles cosas que sabía ahora de su padre. Había tomado su decisión, el mundo estaría mucho mejor sin él, pero no podría empuñar un arma contra él. Por suerte, Tristán no tenía el mismo problema, apretaba su espada contra la yugular del gobernador y cada vez lo hacía con más ganas.

Tristán: Con gusto le mandaré al infierno, que es donde debe estar.

 
Helena: ¡NO!
Ismael: ¿Por qué? ¿No has visto todo lo que ha hecho? Esto debe acabar.
Helena: No lo hagas Tristán, por mí. No lo hagas.

Ismael se acercó a Helena y le quitó los grilletes, sujetándola antes que cayes al suelo. La cogió en brazos y le preguntó por qué debían tener piedad con un ser tan rastrero.

Sarah: Porque hasta el monstruo más salvaje tiene una gota de bondad en su interior y solo por eso debe ser perdonado. Si le quitas la vida, no serás mejor que él.


Helena: ¡Madre!

La lechuza que había atacado al gobernador había sido Niebla, que tras ese primer contacto, había volado hasta un rincón donde había tomado su forma humana, el de la madre de Helena.

Gobernador: No es posible. Tú… eres….
Sarah: ¿Un espíritu? Sí.
Tristán: ¿Por qué ha de vivir después de lo que os hizo?

Sarah se acercó al joven que seguía empuñando la espada contra el gobernador y le pasó la mano por la cara sin rozarle.

Sarah: Ya no hará falta seguir apuntándole, puedes bajar el arma. Veo a través de tus ojos un amor muy grande hacia mi pequeña. El amor más puro y sublime que puede haber. He de pedirte una cosa, cuida bien de mi Helena y de las futuras brujas que engendraréis juntos, ellas serán mi legado.


Después se acercó a Ismael, que seguía cargando con Helena en sus brazos.

Sarah: Querido Ismael, tú eres la única familia que le queda a Helena. Has sido más que un hermano para ella todos estos años y has demostrado ser un hombre justo y bondadoso, no pierdas el rumbo, no eres como tu padre, tú serás un gran líder, lo sé.


Después se dirigió a Helena, que tenía los ojos empañados en lágrimas.

Sarah: Mi pequeño tesoro, no puedo estar más orgullosa de ti. Con todo lo que has pasado, la oscuridad tentó tu corazón y fuiste lo suficientemente fuerte como para rechazarla. Sé que te convertirás en una gran bruja y una gran mujer. No dejes que nada ni nadie te cambie, eres una luchadora y siempre lo serás. Vive, sé feliz y transmite tus conocimientos, la magia perdurará generación tras generación gracias al linaje de la sangre, nuestra sangre. ¡Te quiero, mi pequeño tesoro! Es hora de despedirse, marcharos lejos y tened una vida plena, yo me encargo de todo esto.

Helena: ¿Pero… te volveré a ver?

 
Sarah: Claro que sí, pequeña. Siempre estaré velando por ti, no lo dudes nunca. Ahora marcharos.

Los tres jóvenes marcharon rumbo a tierras lejanas, allí vivirían felices para el resto de sus vidas, pero esa es otra historia que ha de ser contada en otro momento.

Sarah se acercó al gobernador que seguía inmóvil, como si aún sintiese el filo de la espada clavada en su garganta.

Gobernador: No puedo creer que estés aquí.

 
Sarah: Pues deberías, por tu culpa es. Me destrozaste la vida, al igual que se lo hiciste a mucha más gente. ¿Por qué?
Gobernador: Yo… ¿Vas a matarme?
Sarah: Claro que no, vengo a perdonarte.
Gobernador: No lo entiendo.
Sarah: Para las brujas, toda vida es valiosa, es un regalo de los Dioses. Cada uno tenemos una misión que cumplir antes de abandonar este mundo. Mi misión fue dar a luz a la bruja que cambiaría la historia, aquella por la que las cazas de brujas llegarían a su fin. Pregúntate algo. ¿Cuál es tu misión?

Entonces Sarah desapareció entre luces blancas y un pequeño remolino de aire, dando lugar a la lechuza que alzó el vuelo y se marchó por una de las ventanas de lo alto de la estancia.

Gobernador: Misión. ¿Qué misión?
Dama: Enmendar tus errores, en la medida en que sean posibles. El infierno nos espera, querido, pero puedes intentar saldar tus cuentas antes de visitar al barquero, al igual que estoy haciendo yo.
Gobernador: ¿Qué haces aquí?
Dama: Todo este tiempo me hice la sorda y ciega. No quería ver lo que hacías, pensaba que si no lo veía con mis propios ojos no sería real. Pude haberlo evitado y le di la espalda al problema. Tanto tú como yo, terminaremos en el infierno por nuestros pecados, es hora que empecemos a hacer las cosas bien, como debe ser.
Gobernador: ¿Juntos?
Dama: Siempre juntos.


Poco tiempo después, el gobernador liberó al pueblo de la inquisición, convenciéndoles de haber aniquilado a todas las brujas por aquellos lares y debido a esto, se marcharon para no regresar nunca más. A partir de entonces, el pueblo se convirtió en el refugio de todas aquellas brujas que huían de una muerte segura. Poco a poco la inquisición fue desapareciendo y las nuevas generaciones de brujas permanecieron ocultas, por temor a revivir aquella época.

Muchos años más tarde, un británico encontró un pequeño diario, en el que pudo leer algunos de los conocimientos más importantes de una antigua y poderosa bruja. Ese hombre, tradujo los textos de aquél pequeño diario y dedicó la mayor parte de su vida a buscar muchas de esas maravillas ocultas, traducirlas y enseñárselas a las nuevas generaciones de brujas, que cansadas de permanecer durante tanto tiempo en las sombras, decidieron abrir las alas a un nuevo mundo, el mundo de la magia. Ese hombre siempre será recordado como el padre de la brujería moderna, ya que gracias a él, se recuperaron muchos de los conocimientos perdidos, por culpa de la inquisición. 

Ese hombre Gerald Gardner se llamó y gracias a su atrevimiento, la wicca floreció.

 
DESDE EL CIELO
 
Morgana: ¿Sábes? Creo que no ha quedado mal nuestra historia. La mujer que me interpreta siempre me ha gustado, tiene mucha clase.
Sarah: Es cierto, creo que ha sido bastante fiel a los hechos, pese a no haber estado presente. 
Helena: ¿Para cuando la próxima historia? ¿Contará algún día lo que pasó después? Cuando me casé o quizás el momento en que enseñé a mis hijas a ser brujas. Ya tengo ganas de leerlo.
Sarah: Tiempo al tiempo, queridas. No adelantemos acontecimientos. Tiempo al tiempo.


FIN

domingo, 13 de diciembre de 2015

El legado de las brujas. Capítulo 4



Habían pasado varias semanas sin tener noticias del gobernador y Helena seguía en alerta. Tenía el presentimiento que algo malo iba a suceder y se despertaba gritando por las noches, empapada en sudor. Morgana no sabía cómo ayudarla, le había preparado miles de infusiones para conciliar el sueño, contra los terrores nocturnos, para relajarse o incluso había llenado la cabaña con atrapa sueños intentando deshacerse de las pesadillas, pero nada resultaba efectivo. Lo que Helena tenía, era algo que no se curaba con ningún remedio milagroso, no estaba enferma físicamente, sino en lo más profundo de su ser, en el alma. 

 
Morgana: ¿Cómo te encuentras hoy, querida?
Helena: Bien, gracias. Creo que saldré a dar una vuelta por el bosque, iré a recoger bayas.
Morgana: Me parece buena idea. Abrígate que hace frío y parece que va a llover otra vez.

Cuando Helena salía por la puerta, se topó con Ismael que llegaba de visita.

Ismael: Buenos días. ¿Te marchabas?
Helena: Voy a recoger bayas al bosque. ¿Quieres acompañarme?
Ismael: ¡Claro que sí! Buenos días Morgana.
Morgana: Buenos días muchacho, cuida bien de mi pequeña.

Los dos jóvenes se marcharon al bosque y caminaron durante varios minutos. La noche anterior había llovido y las gotas que caían de las copas de los árboles, resbalaban por la capucha de Helena hasta llegar al suelo.

Ismael: Te lo debo preguntar. Espero que no te moleste, pero he de hacerlo. ¿Me vas a contar lo que te sucede?

 
Helena se detuvo, dejó la cesta en el suelo y se retiró la capucha. Respiró hondo y se giró para quedar de frente a Ismael con los ojos empañados en lágrimas.

Helena: Será mejor que te sientes. Después de lo que te voy a contar, seguramente te perderé para siempre. No será nada agradable de escuchar, pero debes saberlo.
Ismael se sentó en un tronco caído y dio una palmadita a su lado para que Helena se sentase junto a él, pero no lo hizo, permaneció de pie, sintiendo las gotas de agua caer por su rostro.

Helena: Ismael, yo… ¡Somos hermanos!
Ismael: ¡QUÉ! No puede ser.
Helena: Tu padre violó a mi madre y por su culpa murió en la hoguera. Él me lo arrebató todo.
Ismael: No puedo creerte.
Helena: No estoy mintiendo, lo vi en sus ojos cuando nos presentaste, de ahí que cambiase de actitud tan repentinamente. Morgana me recogió y cuidó todos estos años, pero no es mi madre realmente.

Helena se echó a llorar desconsolada al recordar todas aquellas imágenes atroces en su cabeza. Sintió una punzada en el corazón y cayó de rodillas al suelo. Ismael se arrodilló junto a ella y la zarandeó.

Ismael: No puede ser, escúchame, no puedo creerte. ¡No podemos ser hermanos! Mi padre no…

En ese instante, escucharon gritos que provenían de algún lugar cercano a su posición. Sigilosamente,  se dirigieron hacia aquél lugar para descubrir a qué se debía tanto alboroto y al llegar, permanecieron escondidos tras unos arbustos para no ser descubiertos. Vieron al padre de Ismael, al Gobernador y al resto de su caballería, dando caza a un joven soldado herido.

Tristán: No pienso ser cómplice de tales atrocidades. No me alisté para esto.
Gobernador: Soy tu señor y deberás obedecerme. O estás con nosotros o contra nosotros.
Tristán: Le denunciaré a la inquisición. No puede torturar a la gente y escudarse en su cargo.
Gobernador: No se cómo piensas hacerlo, los muertos no hablan. ¡MATADLE!

El joven salió corriendo y la caballería fue en su busca, el chico era rápido, pero los caballos lo eran mucho más y pronto le tuvieron a tiro. Helena sabía lo que pasaría a continuación, una flecha muy cerca del corazón estaría a punto de acabar con la vida de aquél caballero. Ese chico… era él, el joven con el que tantas veces había soñado. El mismo que había visto aquella tarde en el bosque en su visión.



Helena: Tenemos que hacer algo, le van a matar.
Ismael: No puedo creerme lo que estoy viendo, no me encuentro nada bien. Si esto es verdad, qué más lo será. Ese monstruo no es mi padre, al menos no el padre que yo conozco.
Helena: Siento mucho todo esto, Ismael. No sabes cuánto lo siento.
Ismael: El que lo siente soy yo, no he creído lo que me decías, cuando has sido lo mejor que me ha pasado en la vida. Y ahora somos medio hermanos. Esto me supera. No te preocupes, yo distraeré a la caballería, cuando estemos lejos, recoge al caballero y llévatelo a casa, cuando pueda volveré a por él.
Ismael salió al encuentro de su padre y la guardia, tras haber alcanzado éstos al joven caballero con una flecha.

Ismael: ¡Padre! ¿Qué sucede?
Gobernador: Hijo, llegas a tiempo de ver como acabamos con un mísero ladrón. ¿Viste la flecha que le lancé? ¡Comprobad que esté muerto!
Ismael: Yo lo haré padre.

El joven Ismael se acercó al cuerpo del caballero que se encontraba herido, justo como Helena había predicho y le dijo que se mantuviese inmóvil, el se llevaría a los caballeros y alguien acudiría en su ayuda.
Ismael: Un tiro espectacular, padre. Como siempre. Le diste en todo el corazón.
Gobernador: Soy el mejor cazador por estos lares. ¿Qué hacías por aquí solo? ¿Y tu montura?
Ismael: Vine a ver a mi amiga Helena, me encontraba paseando por los alrededores y reconocí el relincho de tu caballo.
Gobernador: ¿Cómo está la bella Helena?
Ismael: Bien, tan hermosa y gentil como siempre.

El gobernador recordó los ojos azules de Helena y ató cabos, supo al instante que la joven era su hija bastarda, aquella que había tenido con la bruja a la que violó y sentenció a muerte, la niña había sobrevivido y él pronto le haría una visita que la joven no olvidaría jamás.



Cuando Ismael alejó el peligro, Helena salió corriendo a socorrer al joven herido, se arrodilló junto a él y le posó las manos en la herida.

Helena: No te muevas, yo te ayudaré.
Tristán: ¿Quién eres tú?
Helena: Me llamo Helena. Tienes una herida muy fea, necesito que me acompañes a casa, allí podremos ayudarte.

Helena se arrancó un pedazo de vestido, partió el palo de la flecha con cuidado y sacó la punta por el otro lado, enseguida puso el trozo de vestido a modo de vendaje sobre la herida y ayudó al joven a incorporarse.

Helena: Voy a necesitar que colabores, no puedo cargar contigo sola. ¿Puedes andar? Apóyate en mí.



El joven rodeó con el brazo bueno los hombros de Helena y se apoyó en ella. Por suerte, la cabaña no estaba muy lejos y consiguieron llegar casi a rastras. Morgana salió al escuchar los gritos de Helena y ayudó a cargar con el joven hasta el interior de la casa.

Le tumbaron sobre la cama de Helena que era la más próxima a la puerta y mientras Morgana le quitaba la armadura, Helena revoloteaba como un hada por las alacenas, cogiendo vendajes limpios, ungüentos a base de pie de león y cualquier cosa que pudiese ser de utilidad.

UNAS HORAS DESPUÉS

Tristán: ¿Dónde estoy?

El joven se despertó en un lugar extraño que no le resultaba nada familiar y notó que alguien le sostenía la mano, cuando se incorporó notó un dolor y vio que estaba vendado, después vio a la joven que dormía en una silla junto a él, mientras le sostenía la mano y se sintió a salvo.

Morgana: Tranquilo, estás en buenas manos. No ha querido dejarte solo ni un momento. ¿Cómo te encuentras? Yo me llamo Morgana y ella es mi hija Helena. Te hemos curado la herida, pronto sanará.
Tristán: Me encuentro bien, gracias. Bueno, todo lo bien que puedo estar. Por cierto ¿dónde nos encontramos?
Morgana: En casa. Helena y yo vivimos en una pequeña cabaña en el bosque, por lo que puedes estar tranquilo que aquí no te encontrará nadie.
Helena: Te has despertado. ¿Estás bien?
Tristán: Ahora sí. –Devolviéndole una dulce sonrisa a su salvadora a la que sonrojó de inmediato.-



DÍAS MÁS TARDE

Tristán: Así que… tú me viste llegar.
Helena: La verdad es que sí, pero hacía tanto tiempo de eso que ya había perdido la esperanza de encontrarte.
Tristán: Debe ser extraño pero a la vez maravilloso, saber todo lo que va a ocurrir antes de que suceda.
Helena: Lo cierto es que no funciona así. No es algo que pueda controlar y no funciona siempre. Aún no lo domino bien y me queda mucho por aprender. Creo que ya tenemos suficiente melisa, podemos regresar, se está haciendo de noche.
Tristán: Me gusta pasear contigo por el bosque. Me estoy recuperando muy rápido gracias a ti y a tu madre. Os estaré eternamente agradecido.
Helena: No tienes que darnos las gracias, si te cruzaste en nuestro camino es porque así lo quiso el destino. Eres de los pocos que saben lo que somos y no nos temen, eso para nosotras ya es todo un agradecimiento.
Tristán: ¿Por qué había de temeros?
Helena: Por ser brujas.
Tristán: Hay de todo en este mundo. Al igual que hay brujas malas, las hay buenas. Hay monstruos mucho peores, como el gobernador.

Helena se quedó paralizada, le aterraba escuchar ese nombre y Tristán se dio cuenta.



Tristán: Cuando me encontraste huía de él. No sabes las atrocidades que realiza en sus mazmorras. No pude soportarlo y me revelé, pero revelarse contra el gobernador significa la muerte o vivir como repudiado y forajido.
Helena: Le conozco bien, él…

Helena le contó toda su historia a Tristán, hacía poco que se conocían pero les unía un vínculo muy especial. Eran dos almas gemelas que se habían encontrado tras varia vidas buscándose sin cesar. Al fin estaban el uno junto al otro, justo donde debían estar.

Tristán: ¿Y por qué no le mataste? Puedes hacerlo, con magia negra. ¿No es cierto?
Helena: ¿De qué serviría? Eso tan solo me convertiría en un ser tan despreciable como él, mi madre tenía razón, no lo haré. Si ella pudo perdonarle, yo como mínimo debería intentarlo.
Tristán: Pero dejaría de hacer daño a todo el mundo.
Helena: Por muy malo que sea, es mi padre y el padre de Ismael. Sé que suena horrible, pero sigo creyendo que su misión aún no ha llegado a su fin y es importante que cumpla lo que está predestinado a hacer. Para bien o para mal, es así.
Tristán: Yo no creo que pudiese contenerme si le tuviese enfrente, sé que le mataría.
Helena: Pues yo sé que no lo harías, si yo te lo pidiese.
Tristán: No podría prometerte nada.
Helena: No hace falta, recuerda que soy bruja y puedo leer en tu interior.
Tristán: No es justo, juego en desventaja.
Helena: Una persona muy sabia me dijo una vez que la vida no es justa, somos nosotros los que debemos ser justos para vivir en paz con nosotros mismos.

Tristán le dio la mano a Helena y juntos regresaron a la cabaña, cuando entraron por la puerta, el joven se tensó al ver a un caballero sentado a la mesa con Morgana.


Helena: ¡No, quieto! Es mi hermano Ismael, él fue quien te salvó.
Tristán: Lo siento, yo… apenas pude verte bien aquél día. Te estoy muy agradecido.
Ismael: Siento mucho, lo que te hizo el monstruo de mi padre, nunca imaginé que pudiera llegar a hacer todas esas barbaridades de las que ahora sé que es capaz.
Helena: No es culpa tuya, hermano. No cargues con los errores de nuestro padre.

Helena abrazó a Ismael que enseguida se apartó de ella .

Helena: ¿Qué sucede?
Ismael: Debes huir, Helena. Mi padre te ha echado el ojo y por lo que pude escuchar el otro día, vendrá a por ti.
Helena: Debemos sacar a Tristán de aquí antes de nada.
Morgana: Debemos irnos todos cuanto antes.
Ismael: Recoged lo más esencial, yo llevaré a las afueras del pueblo a Tristán, por si nos encontramos con algún guardia y regresaré a por vosotras, después nos iremos lejos de aquí y nos reuniremos con él.
Helena: ¿Y tu madre?
Ismael: Ya hablé con mi madre y está tan ciega de amor por mi padre que no le quiere abandonar. Me ha dicho que me cubrirá para que yo escape, pero ella se queda con él.
Morgana: Lo siento mucho Ismael.
Ismael: Gracias. Volveré a por vosotras, preparaos para mi regreso en un par de horas.


Los dos chicos se marcharon a la caída del sol. Irían hasta los límites de los dominios del gobernador y sus caminos se separarían momentáneamente, más tarde se reunirían en una vieja taberna unos poblados más allá.

UNA HORA MÁS TARDE

Ismael: Bueno, quedamos así, en unas horas nos encontraremos en “La posada de las Águilas”.  Procura pasar desapercibido.
Tristán: Y tú cuida de Helena.
Ismael: Eso no hace falta que me lo pidas.
Tristán: Lo sé, amigo, lo sé.

Tristán se marchó hacia la posada, mientras Ismael regresaba a la cabaña, pero al llegar a donde supuestamente debía estar la casa de Helena, tan solo encontró una columna de humo negro que ascendía por encima de la copa de los árboles y un montón de escombros carbonizados. Ismael se temió lo peor al ver a Morgana tirada en el suelo, unos metros antes de lo que había sido la entrada de la casa, corrió hacia ella, se arrodilló a su lado y le sujetó la cabeza.


Ismael: ¡Morgana! ¿Qué ha pasado aquí? ¿Dónde está Helena?
Morgana: Tu padre vino al poco de marcharos, tiene a Helena, sálvala Ismael. Dile que la quiero y cuida de mi niña por mí, cuida de tu hermana. – Y con el último aliento que le quedaba a la bruja, le dedicó una dulce sonrisa y se apagó, al igual que lo hizo el último rescoldo de madera quemada.-
Ismael: ¡No! ¡Morgana despierta! ¡No te vayas así, por favor!

EN LAS MAZMORRAS

Helena sintió frío y mucha humedad, abrió los ojos y sus peores temores se confirmaron, se encontraba atada mediante unos grilletes en una sucia y lúgubre mazmorra. Sabía dónde se encontraba exactamente, si no fuese algo imposible, hubiese jurado que reconocía aquél lugar. Allí fue donde ella había venido al mundo.



Gobernador: Por fin despiertas. ¿Este lugar te trae algunos recuerdos? No creo, eras demasiado pequeña. ¿O me equivoco?


Continuará...