sábado, 7 de noviembre de 2015

El legado de las brujas. Capítulo 2



Cuando Morgana llegó a su casa, dejó a la pequeña Helena sobre la cama y puso el caldero en el fuego. La niña balbuceaba y al notar que estaba sola, comenzó a llorar. Morgana se acercó a Helena y la cogió entre sus brazos.



Morgana: No se qué voy a hacer contigo, pequeña. Tendrás que tener paciencia conmigo, soy nueva en esto.

La mujer colocó a la niña en una manta sobre una mesa de madera, apenas sabía cómo sostenerla. Comenzó a pelar unas zanahorias para hacer un guiso mientras cantaba una dulce nana. Helena sonrió y poco a poco el sueño se apoderó de ella.

Comenzaba un periodo de cambios para Morgana, en el cual, no solo aprendería a ser una gran madre, sino que además, aprendería a ser una gran maestra en las artes de la brujería. 

Para que quede claro, en la magia, no existen diplomas que otorguen un título por tus conocimientos o poderes, es algo trivial, como una fotografía que recuerda aquél momento pasado que ya no volverá. Además, la magia no es buena ni mala, es la bruja la que decide como utilizarla, ya que forma parte de ella y de todo lo que le rodea. Y eso Morgana lo sabía bien. 

Se quedó mirando a la pequeña que dormía plácidamente, intentando predecir los poderes que tendría en un futuro no muy lejano, pero eso no era tan sencillo de averiguar. Hay brujas más poderosas que otras y no todas desarrollan poderes. Además, el hecho de que dichos poderes se desarrollen, continuamente, a lo largo de la vida de una bruja, hace casi imposible pronosticar el tipo de bruja que será.



Morgana: Muchas brujas y pocos dones, querida. Sé que tú serás una de las grandes, lo presiento, pero tengo miedo de no estar a la altura. Morgana… en qué lio te has metido.

La mujer se dio cuenta de algo, no estaba preparada para tener un bebé. No tenía leche, ni ropa para la pequeña, ni si quiera tenía una pequeña cuna donde dejarla reposar. La niña seguía recostada sobre una manta dispuesta encima de una fría mesa de roble, llena de cuencos, hierbas y especias.

Echó un breve vistazo a la habitación.

Frente a la puerta se encontraba la mesa de madera y a su izquierda una alacena y un par de butacas junto a la chimenea. El fuego estaba encendido y calentaba un pequeño caldero de hierro negro. Al otro lado de la habitación, había un viejo camastro y un pequeño armario también de roble y tallado a mano con dibujos celtas. El baño, como era normal en aquella época, se encontraba fuera de la casa. No sería gran cosa, pero para una ermitaña como Morgana, era todo un lujo. 

Entonces la bruja recordó que tenía en el sótano, un viejo caldero que hacía años no usaba y algunas prendas gastadas que podría utilizar como telas y confeccionarle ropa a la niña. Retiró la mesa de madera y abrió una trampilla oculta que había en el suelo, descendió por unos peldaños de madera viejos que crujieron a su paso y rebuscó por los baúles a la luz de las velas. Poco a poco fue subiendo lo que necesitaba y cuando terminó, dejó todo en su lugar. Limpió el caldero a conciencia y puso un montón de telas en su interior, le haría una cuna a Helena, no sería muy bonita, pero al menos la mantendría caliente y protegida. Al final todo comenzaba a tomar forma.


AÑOS DESPUÉS

Helena ya tenía 7 años y empezaba a ser consciente de algunas cosas, como por ejemplo, qué era ser una bruja y qué beneficios y responsabilidades conllevaba eso. Morgana le enseñaba las propiedades curativas de las plantas de la zona y la mejor forma de hacer hechizos básicos, que por supuesto, Helena realizaba a modo de juego. Además, Morgana le había hecho un colgante con dos minerales protectores que la pequeña siempre llevaba colgado del cuello, una turmalina negra y una aventurina verde, por haber nacido bajo la influencia del cangrejo.
Una tarde, mientras Morgana quitaba las malas hierbas del huerto, Helena salió a jugar en las proximidades de la cabaña. Era costumbre en ella estar rodeada de mariposas blancas que revoloteaban a su alrededor. Se tumbó en un claro del bosque mientras observaba las formas de las nubes y las mariposas le hacían cosquillas en los pies, le gustaba sentir el tacto de la hierba entre sus dedos. 

De pronto, sintió como algo se clavaba en su hombro izquierdo. Instintivamente se llevó la mano a la zona afectada y allí no había nada. De repente, se encontraba de pie frente a un espejo, pero aquél reflejo no era el suyo, se trataba de un caballero bien vestido y unos años mayor que ella. El hombre del reflejo tenía una flecha clavada en su hombro y le suplicaba que le ayudase. Helena alargó la mano para tocar el espejo y al hacerlo se despertó.


Se incorporó rápidamente, se puso los zapatos y salió corriendo en busca de Morgana. Cuando la mujer escuchó los gritos de Helena, dejó lo que estaba haciendo y salió a su encuentro.

Morgana: ¿Qué ha sucedido?

La pequeña le contó con todo detalle lo acontecido y Morgana le dedicó una dulce sonrisa que no hizo más que confundir a la niña.

Helena: No lo entiendo. ¿Qué es una premonición?
Morgana: Verás, algunas brujas tenéis un don, la capacidad de conocer lo que va a ocurrir antes que suceda. Es algo difícil de controlar, la mayoría de las veces ocurre sin previo aviso.
Helena: ¿Y para qué sirve? No me gusta, me hizo mucho daño.
Morgana: A cada bruja se le manifiesta de una forma distinta. Sirve para prepararte para lo que va a suceder y en ocasiones, para evitar algún hecho desagradable.
Helena: ¿Tú también lo tienes?
Morgana: No, mis dones son de otro tipo. La empatía, del que ya te hablé cuando se desarrolló en ti hace unos años, sirve para sentir lo mismo que siente la otra persona. Es como asomarnos en su interior. Y mi otro don es ver el aura, con él puedo saber las intenciones de la gente y puedo reconocer el mal a distancia.
Helena: ¿Y yo?
Morgana: Por ahora ya tienes dos dones, querida. El don de la empatía y el de las premoniciones. Con lo joven que eres, tener dos dones a estas alturas es todo un logro. Se paciente, pequeña y céntrate en practicar para dominarlos, cuanto antes lo hagas, mejor.


Esa misma noche, Helena estaba acostada en su camastro junto a una de las ventanas de la casa, cuando Niebla llegó a posarse junto a ella. Niebla era un joven búho manchado del norte que había aparecido hace unos años en la vida de Helena. Debía su nombre al día en que la niña se cruzó con él en el bosque, ese día comenzó una espesa niebla que duró varias semanas. Desde entonces, se había convertido en su amigo fiel y cada noche volaba hasta la casa para proteger a la pequeña mientras dormía.



Helena: Hola, amigo. ¿Cómo estás? ¿Sabes? Mamá me explicó que tenemos una conexión muy especial, eres mi animal protector. Dice que los búhos sois portadores de una gran sabiduría, videncia y mensajes del inframundo. Aunque eso del inframundo… aún no entiendo muy bien lo que es, pero suena interesante. Eres muy listo, Niebla, estoy orgullosa de ti.- Le dijo, acariciándole el plumaje.-

 
Poco después de haberse dormido, Helena se despertó gritando, llorando y empapada en sudor. El grito hizo que Niebla volase desde su cama a la repisa de la chimenea, donde permaneció impasible. Morgana se despertó y acudió junto a Helena para consolarla.

 

Morgana: ¿Qué sucede? ¿Una pesadilla? No pasa nada, estoy aquí contigo.
Helena: Era muy real, estaba ardiendo, tenía mucho calor y podía ver las llamas que subían por mi falda. Me duele, me duele mucho. –Echándose a llorar.-

Morgana retiró la sábana y vio las señales en las piernas de Helena, tenía las piernas rojas y calientes, como si se hubiese acercado demasiado a la chimenea. Corrió hasta la alacena y sacó un frasquito verde con olor a menta que le untó en las piernas, calmando el llanto de la niña al instante.

Morgana:
Cuéntamelo todo.

Tras el relato de Helena, Morgana se dio cuenta que la niña no había tenido una pesadilla, sino un recuerdo de otra persona, el de su verdadera madre. Por lo que Morgana se sentó a los pies de la cama, con cuidado de no darle en las piernas a la niña, para contarle la verdad acerca de su sueño.

Helena: ¿No eres mi madre? ¿Por qué me mentiste? 




Helena saltó de la cama y salió por la puerta. Iba descalza, pero no era la primera vez que correteaba por el bosque sin sus zapatos. La niña corrió durante varios minutos, hasta que tropezó con un tronco y se cayó al suelo. Estuvo unos instantes allí tirada, clavando las uñas en la tierra hasta que reunió fuerzas suficientes y se incorporó. Se acercó a un viejo roble, se sentó en las raíces para resguardarse de la lluvia que comenzaba a caer y se abrazó las rodillas, mientras las lágrimas que rodaban por sus mejillas le recordaban las imágenes que albergaba en su mente.


De repente, se escuchó un carro tirado por caballos…

Dama: ¡Alto, cochero!

Cochero: Soooo

Frente a Helena se había detenido un carruaje, el cochero se bajó y abrió una puerta de la que descendió un joven que tendría aproximadamente la edad de Helena y éste a su vez, ayudó a bajar a una distinguida dama.

Dama: Pequeña ¿qué haces sola en el bosque a estas horas?
Helena: Me perdí y comenzó a llover.
Dama: Ismael, ven, acércate. Mira, este es mi hijo. Te llevaremos a casa.
Helena: Es que… mi madre… bueno, no me deja hablar con extraños.
Dama: Y hace muy bien, pero no soy una extraña, soy la mujer del gobernador.



Al escuchar eso, Helena sintió una punzada en el corazón, aunque no sabía por qué. Morgana le había contado lo que sabía de su historia y eso solo consistía en el encuentro con la madre de Helena en las mazmorras y su muerte, ella no sabía nada más.

Entonces Helena miró al joven Ismael, que permanecía con la mirada fija en el suelo y le resultó familiar. ¿Tendría esa sensación algo que ver con sus poderes? Intentó ponerse en pie, pero las fuerzas le fallaron y notó que tenía el tobillo hinchado, por lo que Ismael le tendió el brazo y le ayudó a subir al carruaje. Al entrar en contacto con aquél chico, sintió una electricidad que comenzó en su mano y le recorrió todo el cuerpo, sabía que estaban conectados, pero no sabía hasta qué punto.


 
El carruaje paró frente a la cabaña y Morgana salió apresuradamente a su encuentro. Cuando los ocupantes del carruaje descendieron y se presentaron, Helena se acercó a Morgana y le pidió disculpas tras darle un fuerte abrazo.

Dama: Un té delicioso, no había probado nada igual.
Morgana: Gracias y… gracias por acompañar a mi hija a casa. Tuvo una pesadilla, se asustó y salió espantada.

La dama tosió varias veces y Morgana notó que estaba enferma.

Morgana: ¿Se encuentra bien?
Dama: Cansada, pero sí. Debemos partir, es tarde. Gracias por el té.
Morgana: Gracias a usted de nuevo y espero que se mejore.


El carruaje desapareció tras los árboles mientras Helena los despedía con la mano.

Morgana: Vamos, pequeña, pongamos un poco de salvia en ese tobillo para bajar la inflamación. Pobre mujer, no se encuentra nada bien.
Helena: ¿Por qué no la curaste?
Morgana: Ya te lo he explicado muchas veces, somos brujas, debemos mantenerlo en secreto o podemos correr la misma suerte que tu madre. Siento ser tan dura, pero debemos ocultarnos.
Helena: Pero no lo entiendo. ¿De qué sirve poder ayudar a la gente si no lo hacemos?

Unos minutos después, el carruaje regresó.


 
Ismael: ¡AYUDA!

Morgana salió a toda prisa mientras Helena se asomaba por la ventana.

Ismael: Es mi madre, no se encuentra bien, está temblando y creo que tiene fiebre.
Helena: Pásala a la casa y que se tumbe en la cama.
Morgana: ¡Helena!
Morgana: Podemos curarla y lo haremos, ella me ayudó sin conocerme.

Ismael pasó a su madre a la casa y la tumbó en la cama de Helena con ayuda del cochero. La pequeña andaba de un lado para otro recogiendo botes de especias, cuencos y trapos limpios que entregaba a Morgana, mientras ella colocaba el caldero en el fuego y mezclaba las hierbas necesarias para la poción.

Pasados unos minutos, el remedio estaba listo.


Morgana: Beba esto, se encontrará mejor.
Ismael: ¿Qué es eso?
Helena: Solo son hierbas, confía en nosotras. Estáis aquí por alguna razón.

La dama se tomó el cuenco con el brebaje que le dio Morgana y poco a poco empezó a recuperar las fuerzas.

Dama: Muchas gracias. ¿Qué medicina milagrosa es esa? – Quitándose un trapo mojado de la frente.-
Morgana: Lo que contiene el trapo solo es agua fría, para bajar la temperatura y lo que se ha tomado es una medicina que me enseñó un doctor, cuando yo misma enfermé hace un tiempo. Solo son hierbas, entre ellas pie de león y salvia, que ayudan a reducir la fiebre y las convulsiones.
Dama: No se cómo agradecérselo.
Morgana: No es necesario, usted me devolvió a mi hija, estamos en paz.

Cuando a la mañana siguiente el carruaje partió, Helena se acercó a Morgana.

Helena: ¿Un médico te enseñó esa poción? Me dijiste que fue la abuela.
Morgana: Si dices que es una medicina, no te toman por una bruja y te evitas complicaciones. ¿Sabes? Creo que tenías razón. Me sentí muy bien al ayudar a esa pobre mujer, creo que los dones son un regalo de los dioses para ayudar a los demás y no sirve de nada tener algo tan útil y desaprovecharlo por miedo o avaricia. Te prometo que a partir de ahora todo cambiará. 



Continuará...


martes, 3 de noviembre de 2015

El legado de las brujas. Capítulo 1



Sarah estaba recolectando manzanas una mañana de finales de octubre. Pronto llegaría la noche más mágica del año, en la que el velo que separa los dos mundos, es apenas visible. Esa noche, Sarah celebraría Samahin acompañada de su aquelarre, danzarían, realizarían hechizos para favorecer la fertilidad y las cosechas, jugarían a pescar manzanas dentro de un barril de agua y usarían calabazas a modo de faroles, como era la tradición para venerar a los dioses.


Beth: Querida ¿recogiste suficientes manzanas para la fiesta?

Sarah: Sí, madre.

Beth: De acuerdo, necesito que me acompañes al pueblo, hemos de asistir un parto.

La madre de Sarah era una gran comadrona, había ayudado a traer al mundo a la mayoría de jóvenes del pueblo y Sarah pronto seguiría sus pasos. 

Pasaron las horas y la multitud se agolpaba a las puertas de una gran casa. De repente, el llanto de un bebé se escuchó y los allí presentes entraron en júbilo, había nacido un niño, el primogénito del gobernador.

Días más tarde, en la noche de todos los santos, Sarah estaba colocando las manzanas alrededor del altar. En él había frutos secos, calabazas decoradas y frutas de temporada. Todo estaba muy colorido y la joven realmente disfrutaba con los preparativos. Se acercó a las velas y posó su mano encima de una de ellas, miró a todas partes para comprobar que se encontraba sola y al no ver a nadie, cerró los ojos y el calor que emanaba de su cuerpo encendió una pequeña llama. Al ver su hazaña, Sarah sonrió orgullosa y triunfal. Pero no estaba sola, alguien la observaba oculto tras unos matorrales y la joven ajena a todo, celebró la festividad con sus hermanas como era de esperar.


Al terminar los rituales, mientras todas las demás brujas se marchaban a recorrer el bosque  y  bañarse desnudas en el lago, Sarah se quedó rezagada, recogiendo las sobras y todo cuanto habían usado, no quería que tuviesen problemas con los vecinos y las acusaran de brujería. 
Por aquellos tiempos, la caza de brujas estaba al alza, debían tener cuidado con hacer manifestaciones delante de los demás o tendrían muchos problemas. Entonces, el hombre que se encontraba oculto salió de su escondite y sorprendió a Sarah, a la que se le cayeron las manzanas al suelo de la impresión.


Abraham: ¿Qué haces aquí a estas horas, Sarah?
Sarah: Buenas noches, gobernador. Verá, mis amigas y yo nos hemos reunido esta noche para cenar juntas y estaba recogiendo la mesa. Hace una noche muy buena y queríamos cenar al aire libre. ¿Qué le trae por mi humilde morada?
Abraham: He visto lo que has hecho. ¡Eres una bruja! ¿Cierto? No me lo puedes negar, lo que no sé a ciencia cierta es si eres la única oveja negra de tu familia o hay alguien más en el rebaño.


Sarah: No, yo… Ninguna lo es.
Abraham: No temas, no diré nada.
Sarah: Gracias, señor.

El gobernador se acercó a Sarah y le apartó un mechón de pelo de la cara. Ésta por instinto se apartó de él, pero apenas logró zafarse y por desgracia, aquella noche no solo marcaría de por vida a la joven, sino también el curso de la historia.

Con las ropas rasgadas llegó a su casa, su madre y sus hermanas aun no habían regresado de la celebración, por lo que se fue directamente a la tina a darse un baño. Se sentía sucia y quería limpiarse lo mejor posible el rastro de aquél desgraciado, que había acabado con ella en aquél altar, bajo la luna llena de sangre. 
 Nunca pasa nada bueno cuando hay sangre en la luna y Sarah lo había aprendido de la peor forma posible. Bajo el agua, se dejó llevar en un mar de lágrimas, nadie sabría jamás lo sucedido, la vida de su madre y sus hermanas dependía de ello y Sarah lo sabía, el gobernador se había encargado de hacérselo entender.

 
Pasaron las semanas y Sarah no pronunciaba palabra, temía que al hacerlo, una lágrima furtiva se le escapase y no fuera lo suficientemente fuerte, como para evitar, que su lengua volase libre y fuera de control.

Una noche, su hermana pequeña se encontraba en el granero, dando de comer a las gallinas, cuando escuchó un ruido y se escondió. El gobernador entraba por la puerta, casi arrastrando a su hermana Sarah que iba llorando desconsolada. Cada noche ocurría lo mismo, cuando todas se iban a dormir, el gobernador entraba por la ventana de la habitación de Sarah y la arrastraba hasta el granero donde le arrancaba un pedazo de su alma cada vez mayor. Apenas quedaba nada de la joven que había sido antaño. Cuando el gobernador se marchó, la hermana pequeña  de Sarah, que tan solo tenía un par de años menos que ella, salió y se arrodilló junto a su hermana para abrazarla. 

Meg: ¡Sarah! ¿Estás embarazada?
Sarah: No se lo digas a nadie, por favor Meg.
Meg: Pero pronto empezará a notarse. ¿Cómo nos lo has ocultado todo este tiempo? Sobre todo a madre, sabes que ella lo huele a distancia.
Sarah: No puedes decir nada a nadie, hice un hechizo de ocultación, pero no resistirá eternamente. Yo sé que mi vida está sentenciada, pero las vuestras están a salvo mientras yo no diga nada. Debes prometérmelo, hermana.


Meg vio la súplica en los ojos de su hermana y no pudo negarle nada.

Meg: Te lo prometo, Sarah.

MESES DESPUÉS

Sarah era una joven muy bella y dulce, las mujeres del pueblo siempre estuvieron celosas de ella y ahora que sabían que estaba embarazada, tan joven y sin marido, no tardaron en especular acerca de su condición de bruja. Todas temían que alguno de sus esposos hubiese sido hechizado y la hubiese dejado en cinta, por lo que los rumores no tardaron en llegar hasta la inquisición.

 
Una mañana, mientras Sarah y su familia desayunaba tranquilamente, escucharon unos caballos que se aproximaban a la casa. Cuando la madre de Sarah salió, ya sabía lo que les esperaba. Unos hombres entraron a la fuerza y sacaron a Sarah a empujones, la metieron en un carro con rejas de hierro y la llevaron a los calabozos, donde sería ajusticiada. La joven conocía su destino y sabía muy bien que lo único que podía hacer, era poner a salvo a la criatura que portaba en su interior, ella sería la encargada de transmitir su legado, el legado de las brujas.

Sarah: ¡No soy bruja!
Inquisidor: ¡Una vez más!
Sarah: ¡No, por favor! ¡No lo soy!

A Sarah le ardían los pies, le habían hecho cruzar un camino de brasas candentes y las ampollas no le dejaban a penas caminar, además, le habían hecho meter las manos en una hoguera, clavado agujas por todo el cuerpo y ahora estaba atada con una cuerda alrededor de sus axilas y era introducida en un pozo lleno de agua, una y otra vez hasta que perdía el conocimiento.


Cuando la dejaron en el calabozo, no tenía fuerzas para nada, ni siquiera tenía más lágrimas que derramar, se agarraba fuerte la tripa por miedo a perder a la criatura que estaba a punto de nacer. De pronto, notó un dolor muy fuerte en el vientre y no pudo reprimir un grito. Una mujer que pasaba por allí, aquella que servía la comida a los condenados, se detuvo delante de su puerta. Al ver la escena, pidió al guarda que la dejase asistir a la joven, pero el guarda al principio se negó. La mujer le convenció, al decirle que si la joven era hallada muerta sin haber sido juzgada, los dos tendrían muchos problemas, por lo que el guarda abrió la puerta y la mujer entró en la celda.


Sarah tenía contracciones y el bebé estaba a punto de nacer, no había tiempo que perder. La mujer se hizo con una palancana de agua caliente y muchos trapos. El guarda se marchó de la celda, al pensar que sería muy macabro ver a una bruja dando a luz a un ser tan demoniaco y temeroso de la acción de Dios, dejó solas a las dos mujeres.
 
Tras varias horas de agonía, Helena llegó al mundo, sana y salva. Era una preciosa niña con el pelo negro y las mejillas sonrosadas. La mujer cargó a la niña en sus brazos y se la cedió a Sarah envuelta en unos trapos. Sarah cogió a su hija y la emoción le desbordó. Cerró los ojos, recitó unas palabras en voz alta y le besó la frente, marcándola con su energía y cediéndole todo su poder. Además, había silenciado a su hija durante unos momentos, hechizándola el tiempo suficiente para que pasase por un cadáver a los ojos de los guardas, que al darla por muerta se lo dirían al inquisidor y la niña dejaría de estar en el punto de mira. Entregó la niña a la mujer que le había ayudado a dar a luz y le rogó que cuidase de ella.

Sarah: Por favor, se lo ruego. No deje que se la lleven, la matarán.
Morgana: No puedo, nunca he querido tener niños, soy una mujer solitaria.
Sarah: Por favor, usted es una bruja como yo y como lo es ahora mi hija, no les deje que la maten, se lo ruego. Mi vida ya esta sentenciada y sé que ella está predestinada a hacer grandes cosas y en el fondo de su corazón, usted también lo sabe.

La mujer miró a los ojos de la niña, tan azules y profundos como un mar embravecido y pudo ver lo que Sarah le decía, esa criatura era especial.


Morgana: Tiene la chispa en sus ojos, no hay duda. No te preocupes querida, yo cuidaré de ella como si fuese mi propia hija.

Sarah le cogió la mano y la apretó en señal de gratitud, sabía que sería la única forma de mantener viva a su hija. Si entregaba la niña a su familia, siempre y cuando el inquisidor no la matase o la hiciese su sierva, podría poner en peligro a su madre y sus hermanas. Qué diferente hubiera sido todo si su padre hubiese vuelto con vida de la guerra. Miró por última vez a su tesoro, antes que las lágrimas lo inundasen todo y se preparó para lo que en unas horas acontecería, su final.


La mujer salió de la celda con la niña envuelta en andrajos, cuando pasó junto al guarda, le mostró a la criatura que no respiraba y estaba casi azul, el guarda le dijo que serviría de comida para los cerdos, por lo que la mujer asintió con la cabeza y se marchó con la niña en los brazos. Al salir de las mazmorras, la pequeña volvió a respirar y a recuperar su color rosado natural. Morgana le dedicó una dulce sonrisa y se marchó.

Al atardecer, allí estaba Morgana, oculta bajo una capucha marrón, con la niña entre sus ropas, pegada a su cuerpo y escondida entre la multitud. Los clarines sonaron y las puertas de las mazmorras se abrieron para dejar paso a una hilera de presos encadenados, entre los que se encontraba Sarah.

La joven había terminado confesando por brujería, tras recibir la visita del gobernador en su celda y asegurarle que si ella confesaba, acatando el castigo que el inquisidor le impusiera, su familia estaría a salvo. Por suerte o por desgracia, el gobernador era un hombre oscuro, pero de palabra y cumplió su promesa. Pero el precio que tuvo que pagar Sarah fue muy alto, quemarse en la hoguera hasta morir.


Sí, así era. Allí estaban las pilas de heno a los pies de los cinco grandes postes de madera, a los que ataron a los presos. La familia de Sarah lloraba desconsolada, pero Sarah no derramó ni una sola lágrima más, se mantuvo firme con la mirada perdida en el horizonte.

Muchedumbre: ¡Destrúyanlos a todos, el señor lo sabrá todo! ¡A la hoguera con ellos! ¡Muerte a la bruja!
Verdugo: ¿Algo que alegar?
Sarah: Los dioses de una antigua religión, son los demonios de una nueva. Nunca le deseé el mal a nadie, pero solo espero que algún día se haga justicia, por el bien de la humanidad.


Morgana no quería ver como terminaban las cosas, no podría explicarle a Helena el día de mañana, que no pudo hacer nada para salvar a su madre mientras veía como la quemaban en la hoguera. No sería capaz de mirarla a la cara y además, tampoco podía estar presente en las ejecuciones, su empatía la destrozaba por dentro al sentir lo mismo que sentían las personas de su alrededor. 

Antes de tomar el camino que salía del pueblo, para no regresar jamás, echó un último vistazo a Sarah, que ya comenzaba a notar como el calor abrasador subía por debajo de su falda y pudo entrever en sus labios, un último "gracias" salir de su boca, antes de estremecerse de dolor y perder el conocimiento.


Morgana se alejó con lágrimas en los ojos y con una pequeña niña durmiendo en su regazo, bajo la gruesa túnica que llevaba. Esa pequeña lo cambiaría todo, estaba segura, ella marcaría el inicio de una nueva era. El resurgir de las brujas.

 
Continuará…