martes, 22 de abril de 2014

Abrazando lo sobrenatural. 5ª Parte. “¿Sueño o realidad?”




Samantha andaba de un lado para otro sin parar. Si seguía así, no tardaría en hacer un surco en el suelo de su habitación. Miraba la cama con miedo, no quería dormir, le atemorizaba. Últimamente, sucedían cosas demasiado extrañas, sus sueños se volvían cada vez más reales. Los colores se volvían más nítidos, despertaba con el pelo oliendo a margaritas, cuando esa noche había soñado que se tumbaba en un campo lleno de ellas y en ocasiones, terminaba empapada de pies a cabeza tras soñar que se zambullía en un inmenso lago. Tenía miedo de dormirse y no despertar jamás.
No podía aguantar más, llevaba varias noches en vela y sus ojos le pesaban más que nunca. Suspiró y lentamente se introdujo en la cama, tras apagar la luz. El sueño pronto la invadió y se dejó llevar a otro mundo.




¿Dónde estaba? Se vio a sí misma sentada en un taburete de una cafetería, como aquellas de los años 50, con la máquina de discos, solo que esta servía de decoración, nada más. Había gente sentada en las mesas desayunando y otros cuantos en la barra, tranquílamente con su café y el periódico. De pronto algo le llamó la atención, un pequeño televisor antiguo, de esos con tubo de imagen que estaba puesto sobre un soporte colgado de la pared, en la esquina superior izquierda del bar. Por el pequeño y pesado aparato, se podían ver imágenes de un accidente a las afueras de …¿dónde dijo? No consiguió escucharlo bien. De pronto un hombre de pelo canoso y gafas de pasta que estaba junto a Sam, le pidió a la camarera que subiera el volúmen. La camarera intrigada, lo hizo sin rechistar. Al parecer, un pequeño meteorito se había extrellado en las inmediaciones de un pantano cercano a la cafetería.

Samantha: ¿Un pantano?




Shhhhhhh. Le recriminó una señora, que había en una mesa cercana.

Profesor: ¡Vamos chicas! ¡Démonos prisa!
Samantha: ¿Perdone?
Meg: Vamos Sam, ayúdame a coger el equipo.
Samantha: ¿Qué equipo? ¿Quién eres?
Meg: Déjate de tonterías, que no pienso cargar con los trastos del profe yo sola. Coge esa bolsa.
Sam no sabía qué hacer, por lo que cogió la bolsa, que aquella chica le dijo y salió tras ellos.
Al salir de la cafetería, Sam se dio cuenta que ya no estaba en su casa, ni en su ciudad, ni si quiera en su país. Hacía calor, mucho calor. La humedad y los mosquitos la estaban matando.

Profesor: Meg, pásale el spray a Sam, no quiero que se la coman los mosquitos. Vinimos a recoger muestras de especímenes, no a ser uno de ellos.
Samantha: ¡Ja, que gracioso!

Meg se rió y le pasó el spray a Sam. No anduvieron mucho, justo a unos 100 metros de la cafetería, había un pequeño embarcadero, con un par de botes atados. El profesor echó su bolsa en uno de remos, Meg hizo lo mismo y Sam lo imitó.



Samantha: ¿Vamos a ir en eso?
Profesor: En eso vinimos. ¿Qué te pasa hoy? Estás muy rara.
Samantha: Será el calor, no lo aguanto.

Los tres se subieron al bote y el profesor comenzó a remar, se le daba bien, por lo que Meg comenzó a hacer anotaciones y a revisar el equipo mientras Sam hacía memoria de cómo había llegado hasta ese lugar. La humedad se le pegaba a su blusa blanca de lino y a los pantalones cortos de color caqui que llevaba. Los pies le ardían dentro de las botas “Campers” que llevaba. Se ahuecaba la ropa y se abanicaba con unas tarjetas con fotos de insectos y animales raros que llevaba en la mano.
Tras varias horas remando, el profesor se puso tenso, estaban llegando al lugar del accidente.



Samantha: Una pregunta, sin mala intención. Pero…¿Porqué demonios vamos al lugar del accidente, si a lo que hemos venido es a recoger y catalogar especies?
Profesor: Somos el equipo científico más próximo. No hay nadie que pueda llegar aquí en menos de 24 horas. Nuestra obligación es…
Meg: Ya lo sabemos profesor. Investigar todo hecho científico importante y catalogarlo. Sabemos cuanto quiere recibir ese premio y lo cerca que está de ello, pero a lo que Sam creo que se refiere, es que no sabemos que nos vamos a encontrar y si llevamos el equipo adecuado.
Samantha: Si… mmmmmmmm. Exactamente eso quería decir. Gracias Meg.

El profesor hizo girar las órbitas de sus ojos y resopló. Cuando llegaron al embarcadero, Sam pudo ver que había una tienda de alimentación. ¿En serio? Esto está en el culo del mundo, no sé para qué querrán un supermercado tan lejos.



Profesor: Id por víveres, yo voy a investigar un poco por aquí. Preguntadle al dependiente si sabe algo.

Las chicas recogieron el equipo del bote y entraron en la tienda con la cabeza baja.

Meg: Parece que no hay nadie.
Samantha: Habrá salido a ver lo que pasó. Dudo que haga falta poner el cartel de vuelvo en cinco minutos cuando no hay ni dios por los alrededores.

Dejaron los macutos en la puerta y recorrieron las estanterías. Sam se detuvo en una de bebidas isotónicas, necesitaba reponer los minerales que desprendía por el sudor.

Samantha: ¡Qué calor! Un día más aquí y me pego un tiro. ¿Meg?

Vio a Meg que retrocedía de espaldas por el pasillo principal y se detenía a la altura del pasillo en el que Sam se encontraba. Cuando Sam fue a preguntarle que hacía, Meg levantó un dedo de su mano derecha en dirección a Sam, para hacer que se callara. En un instante se agachó y se escondió detrás del estante. Le dijo a Sam que se agachara con la mano y fuese hasta ella. En ese instante Sam escuchó un ruido, un sonido procedente de un animal, que le heló la sangre. Se agachó y fue sigilosamente hasta donde Meg se encontraba. Ese ruido volvió a escucharse, pero esta vez otro le contestó. Meg le susurró con lágrimas en los ojos que estaban perdidas. Había dos lagartos gigantes tres estantes más allá. Tenían unas garras curvadas que desgarrarían cualquier presa. 


Meg: Tengo mucho miedo Sam. ¿Qué hacemos?
 



Samantha miró en todas las direcciones y no vio escapatoria posible, si salían por la puerta de cristal, esos lagartos que decía su compañera, no tendrían problemas para atravesar dicho cristal y seguirlas. No había nadie para ayudarlas, el profesor no daba señales de vida y el bote estaba demasiado lejos para que llegaran hasta él.
Sam se incorporó un poco, para poder ver por encima del estante sin ser vista. Para su sorpresa, vio una señal luminosa que indicaba que el cuarto de baño se encontraba justo al otro lado de la tienda. Pensó que podrían encerrarse allí hasta que alguien las rescatara. De repente, una cabeza de reptil alargada se asomó justo detrás del estante en el que se encontraban las chicas. Su cara y la del VELOCIRAPTOR, se quedaron a unos centímetros. El velociraptor elevó la cabeza y emitió un sonido ahogado, otro velociraptor que estaba unos estantes más allá, levantó su cabeza y emitió otro sonido a modo de contestación. A Sam por poco le da un ataque, se quedó paralizada, los ojos se le iban a salir de las órbitas y su respiración se aceleró preocupantemente. Solo alcanzó a gritar.



Samantha: ¡Corre! 


Sam salió corriendo hasta el baño, seguida de Meg. El velociraptor había saltado hasta donde se encontraban, pero justo unos segundos tarde, tiempo suficiente para que las chicas pudieran escapar. Sam entró empujando la puerta con el codo y Meg entró justo después, a tiempo de que Sam cerrara la puerta y un velociraptor se estrellara en ella.
Meg lloraba desconsolada, estaba sentada en la taza del váter cubriéndose la cara con las manos. Sam miraba el picaporte de la puerta, veía como se movía.


Samantha: No me lo puedo creer. Meg, sal de aquí y corre cuanto puedas. (Mientras se apoyaba con las dos manos en la puerta para evitar que aquellas criaturas entraran y se las comieran).
Meg: ¿Qué? ¡No! No te dejaré aquí.
Samantha: Yo iré detrás de ti. Pero…¡CORRE!


Meg salió por la estrecha ventana alta que había sobre la taza del retrete. Sam intentó aguantar las embestidas, no conseguía oír nada que no fuesen los gruñidos de aquellas bestias. Cogió aire y soltó la puerta, subió corriendo a la taza del váter y salió a tiempo por la ventana, antes de que uno de los velociraptores le atrapase el pie. Cayó al suelo, estaba húmedo, se levantó y estaba llena de sangre. ¿Meg?




Samantha: Meg…. ¡No!


Los ojos se le empañaron al ver una de las botas ensangrentadas de Meg. Los ruidos se hacían más próximos, por lo que echó a correr, no dejó de correr en ningún momento y no miró atrás. No conseguía ver por dónde iba y tampoco sabía hacia donde, tenía los ojos empañados por las lágrimas y no dejaba de tropezarse con todo lo que había a su paso.
De pronto sintió que su cuerpo caía al suelo y notó un fuerte dolor en las pantorrillas. Cayó de boca, pero tuvo tiempo de poner las manos para evitar romperse los dientes. ¿Con qué había tropezado? Giró a un lado la cabeza y junto a su cara, había unas gafas rotas de pasta. No, otro no. Se incorporó, se giró y vio el cuerpo del profesor, o lo que quedaba de él, tirado tras el tronco caído con el que había tropezado. Le escocía el corte que se había hecho en la pierna con la dura corteza del árbol. Le sangraba y estaba cansada de correr. No sabía qué hacer. 



Se intentó poner de pie, pero las piernas apenas le obedecían y volvió a caerse, de pronto, mientras conseguía ponerse de rodillas, unos ojos amarillos aparecieron frente a su cara. No se movió ni un ápice, pero sabía que no sería suficiente. El velociraptor emitió un gruñido y Sam pensó que era su fin. Ante sus ojos, aparecieron momentos de su niñez y adolescencia, que pronto quedarían en el olvido. Se imaginó los titulares que aparecerían en la prensa, si algún día los encontraban. 




“Un profesor, dos alumnas y el empleado de un ultramarinos, devorados por unos dinosaurios procedentes del espacio.”


Cerró los ojos con fuerza y agachó la cabeza. Cuando pensaba que todo había terminado para ella, notó como alguien la agarraba de la cintura y la elevaba por los aires. Abrió los ojos y notó unos brazos fuertes que la sujetaban en el aire. ¿En serio?
Debería estar demasiado mal por la pérdida de sangre, porque había pasado del cretácico a volar por la selva, de liana en liana, en brazos de Tarzán. 




Pasados unos minutos, el chico bajó al suelo y la dejó apoyada contra un árbol. Se agachó para estar a la altura de los ojos de Sam y le arrancó una manga de la camisa para atársela alrededor de la herida.

Samantha: Gracias por salvarme la vida.

El chico le sonrió, se levantó y se marchó. Sam volvía a estar sola en aquél lugar, con aquellas fieras intentando devorarla. Se incorporó como pudo y se giró.
Eso no podía ser real, había una puerta de emergencia con un cartel luminoso que decía “salida”.  
Tanto si era real, como no, no se iba a quedar en aquél lugar más tiempo esperando a ser devorada por algún velociraptor. Se encaminó a la puerta y la abrió, el fogonazo de luz que recibió al abrir la puerta, hizo que se tapara los ojos con el antebrazo.




Abrió los ojos, estaba en casa, en su cama. Estaba sudando y muy sucia. Notó un dolor fuerte en su pierna derecha y retiró las sábanas. Allí estaba, el vendaje improvisado que aquél chico de ojos claros le había realizado.
Se levantó, se duchó y desinfectó la herida, se puso un vendaje limpio y se sirvió el desayuno. Todo eso era superior a sus fuerzas.

Pasados unos meses, Sam se encontraba con una amiga paseando por el centro. Susana se adelantó y le hizo señales a Sam.

Susana: Ven corre. Mira, la película de Spielberg que te dije que quería ver. ¿Entramos?

Sam elevó la mirada hasta el cartel de la película.

Samantha: Jurasic Park. Claro. ¿Porqué no?

Esta noche dormiré con un cuchillo bajo la almohada y las zapatillas de correr puestas, por si acaso, pensó mientras su amiga y ella entraban en la sala del cine.




 FIN

lunes, 21 de abril de 2014

Abrazando lo sobrenatural. 4ª Parte. “Angeles y demonios”.

Hacía frío y estaba lloviendo. No había ganas de salir de casa. Samantha estaba terminando de leer uno de sus libros favoritos, la saga de “Oscuros”. Se encontraba sentada en el alféizar de la ventana, con la calefacción puesta y su pijama de perritos favorito. No quería reconocerlo, pero estaba totalmente hechizada por uno de los personajes del libro, un demonio, que aunque la sacaba de quicio en muchas cosas, los detalles que tenía con la protagonista, la volvían loca. No podía dejar de leer. Ya era la segunda vez que se leía todos los libros. Terminó por fin de leer y cayó rendida.



Cuando se levantó, se arregló, desayunó y sacó a su perro. Iba pensando en ese demonio de ojos verdes, se imaginaba que actor haría de su personaje si llevasen el libro a la gran pantalla y pensó que Brant Daugherty sería perfecto para el papel.



Sin querer, hizo algo de lo que más tarde se arrepentiría, deseó que el demonio del libro fuese real y llegase volando a buscarla con sus alas de color bronce, esas que a Sam tanto le gustaban.
De pronto el aire comenzó a agitarse con más fuerza y se convirtió en algo aterrador. Decidió que ya era tarde y tenía que ir a clase, tenía prácticas a primera hora.



Se fue a clase, estuvo como de costumbre, gastando bromas y hablando con sus compañeros a la hora de comer, nada había cambiado, o eso creía ella.
Cuando llegó por la tarde a su casa, volvió a sacar a su perro que estaba ansioso de tanto esperar. Siempre seguía la misma ruta y siempre se detenían en los mismos sitios, pero esta vez era diferente. En uno de los árboles desnudos, debido a que el otoño hacía pocos días que había dado paso al invierno, creyó ver algo, una silueta. Cuando agudizó la vista, no había nada, absolutamente nada, pero se sobresaltó al ver  que una bandada de mirlos, habían echado a volar de repente. Entonces se fijó en un tejado lejano, ¿sería cosa suya o allí en lo alto había una figura oscura observándola? Parecía moverse y agacharse para ponerse en cuclillas. Los pelos se le pusieron como escarpias. Seguro que era una sombra ¿pero de qué?



Se volvió y se marchó a casa. Estaba teniendo uno de esos presentimientos que no le gustaban nada. Algo malo iba a suceder, podía sentirlo.
Durante toda la noche se sintió observada, no conseguía pegar ojo. Solía dejar una rendija abierta de la persiana para que entrase algo de luz, pero la farola la estaba molestando demasiado, no hacía más que parpadear.

-¡No lo aguanto más!-

Se giró en la cama e intentó alcanzar la cuerda del estor alargando el brazo, por instinto miró por la rendija de la ventana a la farola, para dedicarle una mirada feroz y pudo ver unos ojos verdes que la acechaban tras el cristal. 



Ahogó un grito al taparse la boca con las dos manos y se incorporó en la cama. No podía creer lo que había visto. Se asomó a toda prisa por la ventana, pero afuera no había nadie. Era imposible que hubiese desaparecido tan rápido, vivía en un piso alto, tendría que haber necesitado una escalera para subir. Cerró por completo la persiana y se metió en la cama, tapada hasta la cabeza, como si eso pudiese resguardarla de cualquier mal que la atormentase.



A la mañana siguiente se levantó fatal, no había conseguido dormir a penas nada, tenía ojeras y comenzó a invadirla una sensación de odio y asco, que no podía entender.
Ese día fue horrible, tenía un humor de perros, provocaba situaciones para pelearse con la gente, les lanzaba piropos a los chicos guapos con los que se cruzaba y tenía calor, mucho calor, en todos los sentidos. Yendo de vuelta a casa le dieron ganas de tirar a una chica a las vías del tren para arrebatarla sus botas nuevas y por poco le da un puñetazo a un chico que le guiñó un ojo para robarle el sándwich que llevaba.
Eso no podía estar pasando.

-¿Qué te sucede Sam?- Debes relajarte.- Se dijo a si misma en voz alta mientras se golpeaba la frente con la mano.

Cuando llegó a casa, discutió con sus padres, lo estaba pagando con todo aquél que se le acercaba, por lo que se encerró en su cuarto y se puso a llorar. Estaba desesperada. Cuando se calmó, volvió a sacar a su perro, pero tenía miedo de volver a pasar por la misma ruta de siempre, aunque, cualquiera le llevaba la contraria a Skype.



Iba con miedo, notaba como la observaban, pero hacía frió y no había nadie por la calle. Volvió a mirar al árbol aquél, el mismo del día anterior, pero no había nada, en el tejado, tampoco. Que bien, pensó. Se relajó un poco y continuó su paseo.
De pronto, justo encima de ella, los pájaros negros salieron espantados como si algo los hubiese asustado y no pudo hacer otra cosa que mirar hacia arriba, aunque no debió hacerlo.
Allí estaba él, un chico joven de ojos verdes y vestido todo de negro estaba en lo alto del árbol. ¿Cómo había llegado hasta allí? Sam se quedó paralizada, blanca como la nieve y fría como el hielo. El chico le guiñó un ojo y le lanzó su mejor sonrisa, pero de repente, desapareció.




-¿Dónde?-

No estaba, había parpadeado un segundo y ya no estaba. Ahora si que tenía miedo y eso era decir poco. Se fue directamente a casa y sin decir palabra se encerró en su habitación. ¿Qué haría?
Después de darle muchas vueltas, decidió llamar a su amigo Eric, el brujo negro. Mientras marcaba su número, recordó la forma en que se conocieron.

Flashback. Hace algún tiempo:

Sam recibió una llamada que le hizo mucha ilusión, una amiga a la que no veía hace años. Hablaron durante una hora larga, tenían mucho que contarse,pero apenas se les hizo un instante. Decidieron quedar para verse, pero Becky le pidió algo a  Sam, si podía llevar a un amigo suyo, porque la quería conocer. Sam se extrañó un poco y le preguntó que era lo que tenía tan especial para que uno de sus amigos la quisiera conocer y más cuando hacía tanto que no se veían. Becky le dijo que su amigo era un brujo negro y quería conocer a una bruja blanca que no tuviera miedo de estar con el en la misma habitación. Y como Sam no era de las que esconden la cabeza bajo tierra, aceptó.
Los días previos al encuentro, fueron extraños. Sam se sentía como si volara. Estaba feliz y las mariposas blancas la seguían a todas partes. No era cosa suya, al principio pensó que sí, pero cada vez que salía de casa, un grupo de mariposas la seguía, la rodeaban y hasta le rozaban al pasar volando junto a ella. Se sentía como en un cuento de hadas. A veces las veía revolotear en su ventana, era precioso y a la vez preocupante. Nunca había visto nada igual.



Al fin llegó el día de conocerse, habían quedado en el centro, pues cada uno vivían en una punta de la ciudad.
Cuando le vio llegar con el abrigo negro y largo, creyó que justo detrás aparecerían Neo, Triniti y Morfeo. Se notaba a la legua que era un brujo negro y por lo que le dijo a Sam, a ella se le notaba que era una bruja blanca, tanto o más que a él.
Se dirigieron a una cafetería, que por suerte, estaba abarrotada en la planta baja, pero la parte de arriba estaba totalmente vacía, nadie les molestaría.
Nada más sentarse los tres a la mesa, una bandada de pájaros entró por la puerta, subió hasta su mesa y revoloteó por encima de sus cabezas a una distancia prudencial. Cuando terminaron, se marcharon y a los tres les entró la risa.
Desde aquél entonces eran amigos y siempre que recordaban aquello, les hacía gracia, no lo podían evitar. Momento pájaros de Hitchcock, como lo apodó Sam.




Ahora:

-No lo coge.  ¡Mierda!-

Tras varios intentos fallidos Sam se sentó en el suelo, se sujetó las rodillas con los brazos y se dejó llevar. Notaba como los siete pecados capitales vanidad, gula, avaricia, pereza, envidia, ira y lujuria, se instalaban en su interior y le hacían volverse algo peligroso. Necesitaba ayuda y rápido.




-Dios ayúdame, por favor. Necesito ayuda.-

Las lágrimas no cesaban, se sentía prisionera de si misma, pero de pronto todo cambió. Una ráfaga de aire caliente entró en la habitación, pero ¿por dónde? La ventana estaba cerrada al igual que la puerta, no podía haber corriente. Sintió como la tristeza y la ira que la habían invadido momentos antes, desaparecían.

¿Tan eficaz había sido? Era imposible, ¿no?… Pero ahora se sentía fuerte, valiente, decidida. No podía ser cosa suya, hace tan solo unos segundos estaba desesperada, a punto de dejarlo todo para hundirse en la miseria y ahora…. Ahora podría comerse el mundo con solo chasquear los dedos.

Necesitaba saber a qué se debía ese cambio, por lo que, como era de esperar, recurrió al tarot.
No se lo pensó más e hizo varias preguntas sencillas, para descubrir lo que había sucedido. Tras varios minutos indagando, las cartas le confirmaron lo que temía. Había sido acosada por un demonio al que ella misma había invocado sin darse cuenta. ¿Pero si eso era cierto, qué la rescató? No tenía ni idea, siguió preguntando hasta dar con una respuesta, un ángel. ¿De verdad? Aunque si existían los demonios, también existirían los ángeles. No tenía ni idea de cómo averiguar el nombre, con el tarot no es nada fácil. Pensó un momento y lo supo, su amiga Isa tenía una baraja de ángeles, la llamaría. Pero era demasiado tarde, por lo que le escribió un mensaje esperando que lo leyese y pudiese prestársela al día siguiente, en clase.
Se sentía mejor que nunca. Todo le salía a pedir de boca, estaba tan feliz que podría haberse puesto a dar vueltas al igual que una peonza.
Su amiga no había visto el mensaje, por lo que debería esperar un día más y Sam nunca había sido famosa por su paciencia, por lo que al llegar a casa lo intentó de nuevo con las cartas. Tras mucho rebuscar, descubrió un nombre, Uriel.



Indagó por internet y mientras leía lo que decían de aquél espléndido arcángel…. ¿Arcángel? Ni más ni menos, uno de los 7 arcángeles había ido a su rescate, no se lo podía creer. Entonces notó como algo o alguien la abrazaba por detrás, no había nadie, pero sentía como algo suave y cálido le rozaba los brazos, le recordaba al edredón de plumas que tenía en su cama y por fin en varios días, se sintió a salvo. Ese sentimiento la invadió y se dejó llevar hasta que se durmió.
A la mañana siguiente se despertó eufórica, cuando llegó a clase y su amiga le confirmó lo del arcángel Uriel, le dijo que no era nada fácil encontrarse con uno de los arcángeles y mucho menos, que uno de ellos bajase a proteger a alguien, solo lo hacían  en los casos especiales.
Sam pasó el día imaginándose como sería, como la envolvía con las alas y la llevaba a surcar los cielos.
Cuando llegó a casa, dejó las cosas y se tumbó en la cama, cerró los ojos y se dejó llevar por su imaginación. De pronto sintió algo cálido y dulce en sus labios y abrió de golpe los ojos. No había nadie, estaba ella sola en su habitación, pero …

-¿Qué es esto?-




Una pluma blanca estaba junto a su almohada. La cogió entre sus manos y tuvo una premonición, le vio, estaba allí, sentado en lo alto de una nube, con su pelo rubio y sus ojos azules y un traje de lino blanco. La miró a los ojos y la sonrió. A Sam solo de pensarlo le entró un frío… estaban por lo menos a tres grados bajo cero y el allí, tan perfecto e inmutable en su nube. Regresó de su ensoñación y volvió a mirar la pluma,  seguía en su mano, no había sido un sueño. Se volvió a tumbar en la cama y se hizo un ovillito mientras sujetaba con fuerza su pluma entre las manos, por miedo a perderla.

Estaba enamorada de un ángel. ¿Eso era posible? Sus ojos se cerraron poco a poco y fue cayendo en un profundo sueño, sueño que sería el más maravilloso de su vida.

Continuará...

sábado, 19 de abril de 2014

Abrazando lo sobrenatural. 3ª Parte. “Hasta donde la magia nos lleve ”.

Samantha estaba aburrida, llevaba varios días sin nada que hacer. Decidió echarse las cartas del tarot, por entretenerse un rato. Pero había un problema, supuestamente, las brujas no se pueden echar las cartas a sí mismas, no por la creencia popular de que trae mala suerte, sino, porque no hay objetividad con los resultados. Decidió probar entonces con su pasado, pero era una tontería, el pasado ya lo había vivido y se lo conocía al dedillo. Pasaron varios minutos, mientras daba vueltas a la baraja de cartas en sus manos, de pronto tuvo una idea, no sabía si funcionaría, nunca lo había probado y tampoco había oído de nadie que lo hubiese intentado antes, pensó que estaría bien conocer su vida pasada.



Cada vez que lo pensaba, estaba más segura, le gustaría saber quién había sido, a qué se había dedicado y si había heredado algunos de los gustos o temores de aquella persona. Si no salía bien, no perjudicaba a nadie y si funcionaba, sería un buen modo de pasar el tiempo en casa.
Se quitó el reloj, para evitar que las cartas se imantaran y se relajó. Soltó las cartas boca abajo en la mesa y las esparció por ella, las mezcló en sentido contrario a las agujas del reloj y las recogió de nuevo. Barajó un poco las cartas y se dispuso a levantar la primera carta que necesitaba, mientras pensaba en su vida pasada.
La carta que sacó era la del mago. 



Comenzó a escrutar la carta, a ver si notaba algo. Se fijó en su cara, en los productos que tenía alrededor de la mesa donde se encontraba, pero sobre todo en sus manos. De pronto vio ante sus ojos, esas mismas manos, las de un alquimista que mezclaba con cuidado, varias sustancias. ¿Eso que tenía en las manos era cicuta?



Notaba el relincho de unos caballos a lo lejos y el olor característico de los prados verdes. Hacía frío, aunque el alambique que tenía a su lado le proporcionaba algo de calor. Miró a su alrededor y vio donde se encontraba, una tienda de campaña grande de tela, como las que usan los ejércitos para resguardarse en el campo de batalla, cubría una pequeña estructura con apuntalamientos de madera. La tela estaba vieja y sucia y era de un color ocre tirando a marrón. Había un pequeño camastro detrás de ella, junto a un taburete con una palancana llena de agua encima y una mesa de madera, justo ante la que estaba el alquimista preparando sus brebajes, nada más. 



De pronto el sonido de los caballos se hizo más fuerte, hasta que se escuchó hablar a alguien fuera de la tienda. No reconocía el idioma, pero parecía que lo hablase de toda la vida, podía entender que los hombres que se encontraban al otro lado, hablaban de asesinar a otro hombre, un tal Temujin.
A Sam no le sonaba mucho el nombre, pero al alquimista si.



En ese momento de ansiedad, Sam regresó a su hogar, la conexión se había perdido, intentó forzar demasiado al procurar indagar en los recuerdos de aquél hombre. Volvía a estar en su casa, a salvo, pero quería saber más, necesitaba volver a ese lugar.
Sacó una nueva carta del mazo y la puso junto al mago. De repente, se fijó en algo que destacaba en esa carta, era el juicio y no podía apartar los ojos de una bandera blanca con una cruz roja en el centro. 



Instintivamente cerró los ojos y respiró hondo, poco tuvo que esperar, volvió a concentrarse y apareció de nuevo ante esas manos curtidas por el duro trabajo de muchos años y los productos químicos. Las voces se aproximaban, al fin descubriría de quien se trataba. Al instante, una silueta blanca con una cruz roja en el pecho entró por la abertura de la tienda. Era un hombre alto y fuerte, con una barba negra que le cubría parte del rostro y unos ojos negros azabache que parecían cansados y estaban llenos de arrugas. Seguido de ese hombre, de barba y porte elegante, entró otro hombre más joven, pero con la barba igual de cuidada que el anterior y los ojos color avellana. Se aproximaron al alquimista que estaba terminando de embotellar un líquido negro en un frasco de cristal. Era un veneno, seguro, había introducido un líquido hecho a base de cicuta y otras sustancias que no podía reconocer, pero lo sabía.



El hombre más alto, se quitó la capucha y un mechón de pelo negro le cayó por la frente. Recogió el frasco y se retiró el pelo de la cara sin apenas immutarse. El hombre más joven, le entregó una bolsa al alquimista, que este, esperó a abrir, cuando los dos hombres se hubieron marchado. Sam supuso que lo haría como muestra de confianza hacia aquellos hombres, se notaba que les respetaba y temía en igual medida. Cuando ambos hombres salieron de la tienda y mientras se escuchaba relinchar a los caballos y como se alejaban al galope, el alquimista abrió la bolsa y Sam pudo ver lo que contenía. Estaba repleta de piedras preciosas, rubís, esmeraldas, zafiros y perlas que relucían junto a varias monedas de oro. Sam se quedó petrificada, pero sin poder hacer nada para remediarlo, se fue alejando de todo eso poco a poco, hasta que regresó a su casa y abrió los ojos de golpe.



Recogió las cartas, pero algo no le cuadraba. Recordaba perfectamente todo lo vivido y al igual que había sabido el principal ingrediente para el veneno, sabía para quien era y dónde había estado viviendo en su vida pasada, Mongolia.
Nada de eso tenía sentido, los Templarios jamás se enfrentaron a Gengis Kahn, era imposible.
Decidió indagar en la historia, buscó en la biblioteca nacional, en los libros que tenía en su casa y en internet. Nada la complacía, sería cosa de su imaginación, como siempre creía, pero cuando la búsqueda llegaba a su fin, encontró algo bastante extraño que le llamó la atención.



"Tiempo atrás, en los últimos años de vida de Gengis Kahn, un grupo de Templarios intentó matarlo, envenenándolo. El intento de asesinato fue en vano y dichos Templearios, fueron asesinados, supuestamente por venganza, se cree que por el hijo menor de Gengis Kahn, Ogatai Kahn.
Más tarde se descubrió que la venganza, no había sido el único motivo que llevó a los Templarios a intentar acabar con la vida del comandante mongol.
Los historiadores creen que han descubierto el motivo principal de aquella disputa. En  la isla de Issyk-Kul, los Templarios habrían construido un castillo, ayudados por los nestorianos cristianos, para guardar sus inmensas riquezas, acumuladas a lo largo de los años. Gengis Kahn se enteró de aquella posible riqueza al alcance de su mano y quería apoderarse de ella. 
La batalla se dio en el campo de Liegnitz, donde la horda de Templarios que acudió, no fue rival para el inmenso ejército del comandante. Como ya dije anteriormente, por aquél entonces, se cree que Gengis Kahn no sería el que lideraría la batalla, sino su hijo menor. Ogatai estaba cegado por la riqueza y la venganza, lo que le condujo directamente a la victoria en la batalla."





Sam estaba sorprendida, nunca hubiese imaginado que esa pequeña historia que apenas aparecía reflejada en ningún parte, hubiese sido tan clara para ella. Las cartas no se habían equivocado. Nunca sabría si era cierto, que ella había sido quien fabricó el veneno en su antigua vida, no había modo de corroborarlo, pero de lo que si estaba segura, era que había podido vivir un pedacito de la historia en sus propias carnes y le dieron ganas de volver a intentarlo, no en ese momento, pero sabía que más tarde o más temprano, su ansia de saber le reclamaría y tendría que seguir retrocediendo en el tiempo. Dudaba hasta cuándo ni dónde podría llegar, pero ahora que lo había probado, estaba deseando volver a viajar en el tiempo, eso seguro.



Continuará...